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Vindicación de Lezama Lima |
Lezama Lima afirmaría alguna vez que nunca pretendió la organización definitiva y culminante de un sistema poético; lo que se ve, ya en el sólo hecho de que nunca presentó un tratado estético coherente y unitario, con una teoría racional, al modo clásico. No obstante, lo que también mostraría la respuesta, defensiva, es la mutua perplejidad entre el incomprendido y los incomprensivos, además de otras contradicciones; ya que la ausencia de ese tratado, en un autor tan prolífico y denso que puede resultar excesivo, no dejaría lugar a dudas sobre su inocencia. Las otras contradicciones, más propias de los incomprensivos, se referirían a esa persistencia en buscar una teoría donde el autor dice que no la hay; pues revela la intuición del público, que entrevé un sistema trascendente y total, y se resiente de que se le enseñe el dulce pero no se le regale, como si se tratara de una promesa incumplida. En ese sentido, y para mal o bien del autor y sus propias contradicciones, existen Paradiso y Opiano Licario; que siendo novelas, dejan claro que la trama es entre arquetipos, el Ser como Potencia y la Realidad en que éste puede culminarse como un Acto. Es decir, no existiría el tratado en los modos convencionales y escolásticos en que se espera conocer una teoría; pero sí existiría esa teoría, y tan organizada y culminante que alcanza el grado de figuración parabólica, logrando la narración mítica del drama óntico, como el más descarado Homero.
La acusación más típica al autor es de culterano, arrogante, hermético, egocéntrico y autocomplaciente; pero de todos esos adjetivos, epítetos cabe decir, el único que tiene calidad estética es el de culterano, y los otros se reducirían al rosario de improperios que desata cualquier transgresor de pacotilla. Aún, una vez aceptado el culteranismo lezamiano, se vuelve a la descalificación, acusándolo de inconsistente y encubridor de sus propias pifias en la descomunal ilustración de su verbo; pues, de cierto, pifias tiene, como aquella en que atribuye al de Tagaste una exhortación de San Pablo, al no relacionar la lectura vernácula de la Biblia con la cita latina del africano. Pero que su cultura es descomunal ya resulta obvio, cuando puede usar el latinismo y le queda bien, y pocos lo descubren, tan alegres como mezquinos; y es que en ese sentido, la crítica de literatura no rebasaría en Cuba las fronteras altas de El Juego de Abalorios, que no es poco, aunque insuficiente como afán. Aquí es donde surgiría el problema, pues no se entiende que el análisis lezamiano no es racional y clásico, según esos modos del conocimiento por meros conceptos; sino que consecuente hasta lo último con su propuesta sobre el valor analógico de un conocimiento poético, más importa en él el imaginario que la imagen. Si bien es cierto que, comúnmente, donde él pone Agustín puede poner Tertuliano, eso se debería a que tanto el uno como el otro son estrictamente secundarios en su cita; y es memorable que pueda crear un sistema epistémico, donde la importancia, por fin, no resida en el significante sino en el significado; de cualquier modo, además, donde él pone atenagórica no cabe artemisia, y donde pone apolíneo no cabe marcial, aunque sólo sea porque él lo hizo así y ha fijado un significante para el significado, que no es suyo.
Probablemente el mismo autor de Paradiso y Opiano Licario no sabría eso, ya que carece de referencias anteriores en su esfuerzo de inauguración; que como esfuerzo se frustra, pues sobrepasa la capacidad de una vida, dependiendo de la continuidad de una tradición, en que los posteriores pulan los un poco burdos primeros preceptos; tal y como, mucho antes, Plotino tradujera los principios platónicos para la posteridad cristiana, que los exhibe orgullosa de su herencia; y esa tradición no ocurre, quizás debido al anacronismo de su propósito, que es la cosmología como solución del conflicto aquel tan lejano ya de los universales. Doblemente desgraciado, por snob y por circunscribirse a la esfera nacional, el lezamismo se reduce a la epaté del culteranismo más o menos hermético, sin acceder a esas posibilidades epistémicas del culteranismo; y todavía, las conferencias y estudios de sus más cercanos se reducen al filón de su sexualidad, como que de dividendos se trata y de mediocridades, no de un sentido verdadero; y por eso el autor permanece aún, y puede que para siempre, como el enigmático Saturno tras sus anillos gaseosos, desconocido y desconcertante, aunque innegable.
Sobre todo, el culteranismo de Lezama no es snob, como sí lo es la secuela que deja, porque en su caso es funcional y rinde frutos en esa dirección; y la unidad de lenguaje y textura en toda su obra, como un cruzamiento de géneros, respondería a esta funcionalidad de su poética; que así, sienta su sentido estético y su afán abarcador, como una práctica madre del conocimiento, que es incomprensible porque como fenómeno es ajena a la estricta modernidad de las disciplinas y los géneros. Se habla aquí de cuando la historia no contradice o contradecía al mito, sino que sin el andamiaje de sus ciencias era comprendida por éste; y esa sería la razón de que no se pueda comprender al fenómeno de Lezama en su extemporaneidad, como una pirámide colosal que se resiste a las anotaciones del paleógrafo. Por su parte, una vez comprendido y no antes, se podrá estar en desacuerdo con su tesis; pero no se le puede negar la suficiencia con que llega a postularla, ya tan sólo en ese hurto finísimo y superior en que Fronesis desplaza a Cemí y pone fin a la epopeya. Nuevamente para desgracia del autor, es tan extemporáneo que en el anacronismo se hace hermético y descontextualizado; hasta tal punto que en su caso, y para más INRI, signado por el Boom del Realismo Mágico, habría que hablar más bien de Idealismo Mágico; ya desde que no propone un sistema de categorías móviles ni una gramática del sujeto, como la otra excelencia de García Márquez, sino un pascaliano esquema de arquetipos fijos.
De hecho, dada su monumentalidad histórica, es común la comparación que lo contrasta con Octavio Paz, por sólo poner un ejemplo; pero no se tiene en cuenta que esa relación es tan insólita como la que puede haber entre un verso coránico y el color de los lagartos, que sólo el fantástico efecto mariposa podría explicar. Paz, casi descomunal y obviamente genial y sagaz, es sin embargo un crítico clásico que intuye las posibilidades gnoseológicas de lo poético; y con una prosa maravillosa, en que el culteranismo es convencional y contenido por racional, expone una teoría consecuente que se fatiga en la imposibilidad de culminar las intuiciones cartesianas o de Kant, por no hablar de las de Espinoza. No es ese el caso de Lezama, que en vez de dialéctico es un teólogo y retiene para sí la originalidad junto a la suficiencia, no sólo esta última; porque si Octavio Paz es excelente y eficaz, no rebasa sin embargo los parámetros clásicos, y ha de detenerse ante las mismas contradicciones inauditas de los filósofos, lo que no es poco.
La universalidad de la mexicanología de Octavio Paz, incluso cuando analiza una institución de la prehistoria local, alcanzaría a inscribirlo en lo mejor de la crítica contemporánea, por poner un ejemplo más simple que el de sus mismos análisis estéticos; pero es justo esa excelencia que le permite relumbrar en el decadente academicismo postmoderno —porque ya la Modernidad se sienta, fatigada— lo que lo expone a la paradoja. Esta paradoja, consiste en la mediocridad como el índice de racionalidad insuperable, en que la sensibilidad cognitiva propia de una media es satisfecha; y carece así, la mediocridad, de las connotaciones peyorativas del juicio de valor, siempre excesivo, pues se trata sólo de una categoría estética. Pero es cierto que Lezama fuerza ese índice al transgredirlo, y pretende aunque inconsciente la totalidad del conocimiento puramente universal; ya porque comprende el valor excepcional y único de los fenómenos reales, que se amontonan al interior de los dilemas existenciales, y se niegan a la dicotomía de las dialécticas agotadoras.
En todo caso, la diferencia de los modos críticos de Octavio Paz y Lezama es radical y típica, porque no es sólo funcional sino que sobre todo es estructural; es decir, Paz no supone un objeto trascendente y único en lo poético —o al menos tiene el pudor de no imponerlo—; y por eso se centra en el acercamiento mismo y particular a ese objeto, como el arquero Zen se desentiende del blanco y se concentra en la flecha; mientras, Lezama asume la existencia de ese objeto como incontestable, y se concentra en ésta, aunque para ello dependa de la misma fijación del Zen sobre la misma flecha. En ambos casos, la confusión sobreviene porque describen e interpretan la trayectoria de la saeta; pero mientras Paz extrae la posible existencia de ese objeto del análisis de las obras particulares, Lezama sólo recurre a esas obras particulares para demostrar la existencia ya asumida del blanco.
Los resultados son entonces confusos por la paradoja en que culminan, pues al menos en principio, mientras la crítica de Paz es positiva la de Lezama es negativa; eso, en tanto la crítica racional de Paz, consecuente con su carácter de hito de la modernidad, con mucho cuidado y muy secundariamente resulta apriorística; mientras la crítica de Lezama, sobreponiéndose a las exigencias racional-positivas del análisis moderno, es apriorística hasta cuando se pregunta sobre la capacidad de una obra para develar su objeto, examen del que depende que le conceda validez. Pero, ¡ojo!, no más se traspasan esos principios el juego torna sus fichas, lo blanco es negro y viceversa, y la crítica de Paz deviene negativa y la de Lezama positiva; porque en sus parámetros racionalistas, en que Paz sólo reconoce a lo poético la subjetividad —él, el poeta que soñara las estructuras más inteligentes—, todas sus afirmaciones estéticas convergen improbables en la relatividad del genio individual; cuando los parámetros apriorísticos de Lezama desdeñan esa insuficiencia que siempre limita al genio con la personalidad, y accede al valor propio de la obra; ¿conviene recordar aquello de la prioridad del significado sobre los significantes?, al menos en tanto el obeso juez habanero pueda comprender las obras, que ya es muchísimo mérito.
Respecto a Lezama, la insuficiencia de Octavio Paz residiría en el mismo dilema de la ambigüedad intelectual que signa a la Modernidad; que idealizará a la locura como recurso poético desde los románticos, y otorga licencia de corso a la poesía contemporánea con el subjetivismo. Vale preguntarse, ¿cómo explicar racionalmente lo que le es dado analógicamente, sin recurrir a esa metáfora falaz de una patología?; Lezama no lo soluciona, renuncia a la contienda, feliz con la supuesta gracia, y se hace incomprensible, pues opta por respetar la naturaleza de su intuición, aunque resulte más hermético de lo deseable. No es poca gloria, pues tiene la dignidad de la poesía, al no declararse loco y recordar que la cordura no se reduce a esa vulgaridad del cacareado sentido común; resalta así como cualquier cosa menos el seguidor ilustre que es Octavio Paz, y se hace víctima para el sacrificio, que no hay dudas es tan cruento ahora como siempre.
No es entonces arrogante Lezama Lima, sino un apologeta que demuestra los enlaces internos en que se hipostasia la realidad, por más que su discurso sea tan inútil como el de Pablo de Tarso; pues como afirmara un poeta sobre el Cristo, a nadie logra redimir de su banalidad (Andrés Reinaldo), y la iluminación prueba su calidad cognitiva de experiencia individual e intransferible. Conste que, como se ha dicho ya, esa mediocridad se refiere a la convención que media en las tensiones intelectuales, para lograr un índice de racionalidad insuperable; es decir, para establecer la media en que se puede satisfacer la determinada capacidad de conocimiento de una sensibilidad dada y genérica, que así deviene en un índice de mediocridad intelectual. No es, pues, un juicio de valor sino una categoría estética, que permite la comprensión de los fenómenos intelectuales en su naturaleza cultural; pues se trata de una antropología del conocimiento, sin la cual los genios escapan a la comprensión y terminan en los ritornellos de siempre, la tan graciosa transgresión.
Todo esto sólo se podría entender con la propuesta de Borges sobre los tipos de escritor, que se refiere al problema de las sensibilidades cognitivas; en que la comprensión del objeto no está garantizada nunca por la racionalidad del discurso, sino que depende de la capacidad específica y propia del sujeto; más sensible éste a lo óntico o a lo histórico, como a los aspectos formales en que la realidad es comprensible por su reducción. Humberto Eco lo recrearía, en su devoción crítica por el ciego casi clérigo, al contraponer al bibliotecario de una abadía al fáustico renacentista Guillermo de Baskerville. En el caso del entorno intelectual de Lezama, la sensibilidad cultural, típicamente moderna, es más sensible a lo histórico, a lo anecdótico; incluso si de ello extrae máximas morales que le dan cierta textura ontologista, aunque difícilmente estética. Así, el mundo que rodeó a Lezama Lima se mueve entre las excelencias parecidas de Piñera y Cabrera Infante, en que hasta Carpentier cabe aunque sin que determine nada; y es claro entonces que al comparar el monumentalismo de Lezama se obvie su sentido óntico y se le refiera al canon clásico de la crítica moderna, que es histórico. Peor aún que todo eso, el mismo grupo que nucleó, Orígenes, tampoco fue receptivo a ese impulso óntico, sino que proveniente de la tradición modernista vagaba por la subjetividad de lo poético, sin concederle algún alcance lógico; cosa patente cuando, en un registro de sensibilidades temáticas, el único prójimo del de Trocadero, y eso mediando las más hondas distancias, es el tenue roce de Eliseo Diego, y sólo por cierta fijación simbólica. Vale aclarar, las poéticas del grupo Orígenes y la de Lezama sólo tienen una coincidencia aparente, en el imaginario católico; pero las del grupo en general todavía concluyen en el sentido histórico, en que pueden ser más o menos devocionales, pero nunca con verdaderas y profundas referencias ónticas; mientras la poética de Lezama Lima, aunque parta del mismo imaginario y lo explote, es tan poco devocional que por momentos resulta sacrílega; como un Orígenes verdadero, que medra entre los pobres católicos, temerosos de sus innegables impurezas y ambigüedades.
Por último, para agotarlo hasta en sus aristas y como ilustración de su tipología, Lezama no se interesó en recorrer el mundo como tampoco se interesaron los apologetas del Cristianismo, seducidos por la calma mística de los anacoretas; distintos en eso de los furibundos predicadores, a los que santos y vírgenes debían proveer piernas y lenguas de repuesto. Pero el alcance inteligente del acto de conocimiento reside en la capacidad de relacionar fenómenos y extraer conclusiones de ello; es probable entonces que hasta la medianía de Octavio Paz se deba a ese movimiento que expone al sujeto a un alud de información diversa y distrayente, como la que caracteriza a esta crisis neosofística en que decaen las artes y el pensamiento. Así, la calma geográfica de Lezama, que incluso se reconciliaba con la mediocridad ambiental de su entorno, pudiera ser otro guiño revisionista y contestatario; en definitiva, cuando Sócrates quiso conocerlo todo y se atrevió a la exposición suprema del oráculo, éste lo conminó tajante, conócete a ti mismo, le dijo imperturbable.
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