
Prólogo al poemario
Kansas Lounge
de Carlos a. Díaz Barrios
por Ignacio T. Granados Herrera
El poder de Carlos A Díaz Barrios para la imagen hace que leer alguna poesía suya sea como repasar las hojas de una Biblia, envenenadas del dramatismo de la belleza; es tal, que figura el cumplimiento perfecto y culminante del anhelo de los románticos; ese lirismo que puede desechar las muletas hermosas y rígidas de la métrica y la rima para apoyar las debilidades melódicas. En efecto, la imagen, en este caso, se sostiene a sí misma y discurre, se sobrepone a todo; pero es justo por ese lirismo que justifica la libertad del verso, más allá del conceptismo, y hasta puede obviar eventualmente alguna función gramatical. A estas alturas, en pleno apogeo de la prosa funcional del Realismo Sucio y la aridez intelectual en poesía, se reivindica a los románticos; y no ya temática sino formal y fraseológicamente, encauzando aquella rebelión ignorada de la simple aliteración germánica, de las tribus del norte, contra los cuerpos rítmicos latinos.
Aquel solo recurso de los bardos del norte, la aliteración, junto a su protagonismo heroico, habrían sido los que vindicaron la lírica desechada de los latinos; porque fue la incapacidad de Ovidio para reflejar la majestad hermosa mas prepotente de la estirpe augusta, la que lo desterró al Mar Negro. A este respecto, el conceptismo que prima en la poesía contemporánea se debería a la incomprensión del verso libre, de sus exigencias; porque el rompimiento del binomio rítmico (metro/rima) no es un antiformalismo, sino que buscaría en la función melódica otra racionalidad; más compleja, no simple, en que se tiente la belleza. Acaso convenga recordar aquí, sobre la contradicción del formalismo Vs anti-formalismo, la teoría de la imposibilidad del Caos; por la que cualquier rompimiento del orden, como racionalidad, se dirige necesariamente a otro orden, de otra racionalidad, no del desorden.
Desde la incandescencia de Rimbaud traficando armas y negros, hasta las no menos
violentas pasiones de Hemingway o Melville; esas serían las raíces oscuras y siniestras
de la estética revolucionaria, de su violencia grosera, y de su vulgaridad. Pero el
establecimiento de ese emocionalismo, como
convención, desenmascara sus pretensiones; y la poesía
vuelve a decaer, frustrada, como toda revolución, desde
los inicios de esa naturaleza fatal del cambio y la
evolución. Por eso, no importa el prosaísmo que parte al
verso en la arbitrariedad incontestable y subjetiva de la
emoción; la división de poesía y prosa es hoy risible e
insustancial, carece de sentido, y se justifica por sí
misma, según se logre formalmente o se frustre en su
pretensión. De ahí la importancia, incluso técnica, de
esta poesía de Carlos A. Díaz Barrios; en que se
desentiende de esa partición abusiva, y recurre sólo al
mandato lírico de la imagen pura. Esa es su extrema
calidad, la dependencia total del discurso dramático al
poder de la imagen para que se logre en sí misma, en el
sentido exacto de su libertad.
Por otra parte, fuera de este cumplimiento, no habría en Díaz Barrios una influencia formal directa; y eso lo haría muy puro y nuevo, sin homenajes ociosos por políticos. La única identidad posible, sería con los románticos, y temática; pero eso se refiere más a sensibilidades que a presupuestos puntuales, a capacidad existencial. No menos importante, entonces, con Díaz Barrios se reivindican no sólo los románticos; sino también los dioses decadentes, que desecharon los conglomerados bestiales y crueles; ellos postularon la individualidad, ya desde que la experiencia, sea mística o de conocimiento, es esencialmente incomunicable, intransferible; sólo deja su huella, que es la Belleza, para quien la pueda aprehender; que fue la angustia romántica, ahora sonriente y en paz.
En Díaz Barrios, la unidad rítmica se resolvería fraseológicamente, quedando totalmente determinada al cierre de la oración; sea ésta definida por el punto y seguido o por el punto y coma, la armonía interna se logra en énfasis dramáticos. Esa característica parece provenir del aire poético de su prosa, que en principio es funcional, pero termina por resolverse en imágenes suficientes; de modo que suple los valores estructurales de la gramática con cadencias melódicas que siempre justifican la unidad sintáctica. Si se compara este resultado con las justificaciones anti-estructurales del descuido gramatical contemporáneo, en línea con la rebelión romántico-simbolista y surrealista, se entiende la perfección de este propósito con Díaz Barrios. En todo caso, este autor, al ejercer la poesía en los parámetros contemporáneos que buscan ese énfasis en la imagen, ya lo que hace es reforzar el sentido rítmico de la oración; de modo que no necesita la partición arbitraria pero necesaria con que esta poesía contemporánea trata de suplir sus deficiencias melódicas, sin recurrir tampoco a la rima.
Como hipótesis, un poco rara, esta característica, en el caso específico de Díaz Barrios, puede provenir de una sensibilidad extrema —aunque también formal, coyuntural y circunstanciada, no grave ni a niveles ideológicos o morales profundos— a la poética simple del cristianismo norteamericano; que rezuma en toda su obra, sobre todo en Kansas Lounge, pero no sólo en su poesía, sino en la recurrencia temática, el imaginario, de una religiosidad profunda y austera; que al comunicarse al colorido y la riqueza de imágenes de su prosa, facilitaría esa unidad interna de las mismas, por su dramatismo; más fluidamente en el caso de su poesía, por las razones obvias del género. Esta facultad recurrente del cristianismo norteamericano en Díaz Barrios no será gratuita, ni mucho menos devocional, sino que partiría de su experiencia personal, crítica, en el Kansas de alrededor de 1982; cuando, además, este cristianismo, como poética, se habría resuelto a su vez en la necesidad de los negros de suplir los recursos rítmicos de su música, básicamente percutivos, con una recurrencia a los melódicos de la voz. Esa sería, de hecho, la extraña razón de la fuerza expresiva del Góspel, por ejemplo, incluso si decae seglar y suavemente al Blues y al Jazz, que recuperan los recursos rítmicos de la percusión. De modo que se entiende que, en medio de la catarsis que significa el acercamiento al cristianismo protestante de los Estados Unidos, en plena crisis existencial, se incorpore, como declinación imprecisa e imperceptible aún, esa joya que añoraron los románticos en los vahos del ajenjo.