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Otra vindicación de José Lezama Lima |
Entre las obsesiones teóricas de Lezama Lima, relumbra esa falsedad esencial de la contradicción entre Platón y Aristóteles; que sólo es entre Platón y Aristóteles para el puntualismo positivo del racionalismo moderno, pero que en realidad se refiere a sus espectros respectivos. No sólo repite la falsedad de la contradicción como tema de sus numerosos ensayos, también la llega a calificar de crisis espectadora; y de cierto, como su insistencia en la inutilidad de la aguja del escorpión contra el mármol de una estatua, así observa los esfuerzos continuos de la Razón. Sin embargo, extraño, de racionalista es acusado por poetas tradicionalistas, como por el esteticismo religioso del boricua Matos Paoli; y sus coterráneos prefieren encerrarlo en un insularismo que lo permea pero desconoce la universalidad de su teleología, filosófica como lo que más.
En verdad, asumir la poética —y, vale decir, teología— de Lezama Lima como racionalista o antirracionalista, sería reducirlo a una parcialidad que él mismo desconoce angustioso; de ahí que a diferencia de Descartes, por ejemplo, no descalifica al de Estagiria como increíble frente a Platón; pero que, sin embargo, se afilie a plotinismo agustiniano, balanceándose entre el dualismo del uno y la exigencia tricotómica del otro, el estagirio. Es una imagen cómica, su obesidad de elefante haciendo equilibrios en la fina cuerda del sentido poco común; sus piruetas de payaso de barrio, tienen la virtud sin embargo de atiborrarlo de seriedad y magisterio. Es, pues, una imagen crística, por lo crítica, y remeda un poco la displicencia con que Sócrates bebe su cianuro; después de todo, aunque menos idílicamente que en el diálogo platónico, sigue convocando a unos pocos a la alta controversia, y a unos más a la rapiña sofista de los demagogos.
Pero en realidad, sólo en esa parcialidad del mismo racionalismo no se permite reconocer la eficacia de su naturaleza; de ahí ese carácter de expectación crítica del relato con que Lezama describe el gran drama ontológico, como ni el mismo santo Tomás, de tan dramático, inmediato y urgente; porque, de cierto, sólo en la cortedad y la ceguera con que se practica habitualmente, el conocimiento no puede acceder al reconocimiento en la Razón de esa conciliación entre arquetipos que tanto disputan tradicionalmente; esto es, el armisticio en la Belleza de la estética, entre el llamado Bien y la Verdad, que pugnan por la ética. Claro que la dificultad se entiende, desde que la misma Razón se acompaña de una exigencia de positividad extrema e imposible; que de no existir, habría permitido la reflexión por analogías de los viejos mitos, en los que todo se resolvió; como una repetición, en el antropomorfismo, del propio antropocentrismo —¿Borges, por aquí?, ¡qué curioso!— de la realidad. Porque, políticas y procesos culturales aparte, lo cierto es que el mecanismo más excelente y complejo de la realidad como Cosmos es el hombre; de lo que ya puede extraerse su valor modélico, como patrón en que ocurre la realidad, y por ahí hasta esa extraña eficacia de los sistemas religiosos tradicionales. De ahí que el pensamiento moderno no haya reparado, por ejemplo, en esa vieja alianza de Atenea y Apolo, por ejemplo; la sabiduría divina trascendente y la inteligencia inmanente, y a la inversa, porque la cosa es de complementos; constantemente contradictorios, pero para los demás, para los otros, para la vulgaridad del común; no para la complacencia displicente y feliz de Don Lezama Lima, que repite la Orestiada en el tránsito Cemí-Fronesis, y que todo lo responde; increíblemente, claro, como la pobre Casandra, a la que nadie cree los garantizados vaticinios —ingeniosa venganza del dios que le concede la gracia, pero porque la obtuvo fraudulentamente—, y que terminó de esclava de los victoriosos aqueos.