El Negrismo de Nicolás Guillén, fracaso estético y crístico esplendor

©: Ignacio T. Granados Herrera      // Ilustraciones tomadas de Tipos y costumbres, por Victor Patricio Landaluce

      

Polémico hasta el extremo, por la naturaleza de su nombramiento como poeta nacional de Cuba, Nicolás Guillén es sin embargo una de las figuras más legítimas de la literatura cubana; y también es trágica, como las de los caballeros antiguos o el desfallecimiento del Cristo con la lanza de Longinos, por su valor sacrificial. El nombramiento mismo es risible, como los esfuerzos que parió el ímpetu modernista en Iberoamérica; pues no es posible, nunca, un poeta nacional, que en su puntualidad excluye grosero la funcionalidad genérica de toda otra poética. De hecho, la exaltación misma de lo poético, cuando insufla legitimidad a los procesos políticos, es algo caricaturesco; remedando la unción eclesiástica sobre los puestos públicos, hasta en esa infuncionalidad e insuficiencia que contiene hoy día, por extemporánea. Los valores de Nicolás Guillén, son entonces de valor estrictamente poéticos; no ya genéricamente literarios, y mucho menos críticos, sino en esa pequeñez gloriosa de lo juglaresco.

           

En términos estéticos, la poesía de Nicolás Guillén ni siquiera puede relacionarse expresamente con la épica modernista, su más cercano en ese estilo; porque sus preocupaciones formales son otras, aunque el esfuerzo sí haya sido épico, conformándose por el signo de la contradicción. Pervive en él una vena juglar, que lo hace pródigo en amorosas redondillas y madrigales; en eso es modernista y alegre, y excelente y dramático, pero no hierático hasta el punto del nacionalismo estricto. Ese otro valor proviene de su discurso, en el que es más intelectual que poeta, y por eso también menos creíble; pero, ¡gracias a Dios!, en lo que eso intelectual se concretaba como experimentación formal, y no exactamente discursivo. En ese sentido, su esfuerzo es sólo un empuje más dentro de la revolución experimental del Negrismo caribeño; con esa rara excepción de que él era negro, o al menos se reconocía en ello, con la tremenda dificultad de ser un mulato camagüeyano. Su negrismo, entonces, tiene un matiz poco menos teórico que el de Ballagas, por poner sólo un ejemplo; pues aunque lo que pretendió el movimiento era rescatar de la burla lo burlado, en su dignidad, sólo lo pudo hacer atribuyéndole seriedad, como en otra retorcedura teológica de las del Catolicismo, intelectual. Obvio, eso no es nunca suficiente, como no lo ha sido al Catolicismo, porque no muestra la faceta no burlesca de eso burlado; aunque esa falencia era inevitable, porque el esfuerzo mismo, más oportunista que oportuno, sólo aprovecha la casual fascinación intelectual con lo primitivo, y es un primer esfuerzo.

            

 

Sería esa contradicción la que prepare las bases de lo posterior, que encuentra lo lírico y lo formal estricto de lo negro, la negritud como verdadera estética; pero las escenas del cancionero negro de Guillén, que suenan a Cante Hondo por lo curro, todavía recuerdan al Negro Catedrático y a los cuadros de Landaluce. De todas formas no importa, porque con esa atribución manipuladora habría sido que consiguiera la legitimidad, siquiera alguna, torciendo el spot-light sobre el tramoyista; y será sobre eso que Eugenio Hernández y Fulleda León logren su arqueología exquisita; y más aún, que Martínez Furé pueda demostrar la lírica africana, incomprendida en el pésimo yoruba de los tambores litúrgicos, justo por sus antologías de la poesía africana.

Como esfuerzo poético, entonces, el negrismo de Guillén sugiere el fracaso, pues recuerda la humillación del teatro vernáculo, por ejemplo; pero eso tendría su sentido paradójico —y por tanto de alcance real—, como en el fenómeno cristiano, donde el Cristo reina justo por su derrota, y su poder proviene del significado de su humillación. Su valor es crístico entonces, y respondería a la exigencia abusadora de Caifás, el sumo e implacable sacerdote; cuya sentencia, iluminada como toda realidad, sólo es comprensible para los que practican ritos sacrificiales, con aquello de que conviene que muera uno para que se salve el pueblo.

nota::

Víctor Patricio Landaluce fue un pintor de origen vasco del siglo XIX, asentado en Cuba, donde desarrolló su carrera de pintor. Su importancia es capital para el desarrollo de la cultura cubana, por haber fijado imágenes que perdurarían como arquetipos populares; y esa importancia no sólo será etnológica, por su representación caricaturesca del mestizaje y el sincretismo cultural cubano, sino que también sería política; pues en efecto, Landaluce daría forma a la representación más persistente del pueblo cubano mismo, en su depauperación y su marginalidad económica, con la figura de Liborio. Respecto a su importancia etongráfica, Landaluce daría pie a la figuración caricaturesca de lo negro en el sincretismo racial cubano, con su colección de acuarelas Tipos y costumbres; aunque no se puede juzgar la obra de Landaluce con rigor político, dado que su trabajo, de corte costumbrista, sólo refleja lo que era realidad en ese momento, cuando los negros sólo podían acceder al área del servicio. En justicia, al retratar las llamadas Fiestas de Reyes, Landaluce da también el primer testimonio gráfico de las manifestaciones culturales y religiosas más genuinas de la población negra cubana; y según la estnóloga cubana Natalia Bolívar, parece que su estilo fue fuertemente influido por ess prácticas. Landaluce, en todo caso, provee, puede que de modo incosciente, la tipología que luego desarrollará el teatro vernáculo; que es el sentido en que se le toma aquí, por su importancia para la evolución de la percepción de lo negro en Cuba.

      

Directorio // EdItPar