¡Vaya papaya! LA DISTANCIA DOLOROSA ENTRE EL DESEO INMEDIATO Y EL PLACER DIFERIDO |
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Las frutas, desde la manzana que Eva blandía blanda, siempre han tenido un contenido (y no me refiero sólo a la pulpa) sexual; por otra parte, las frutas han sido objeto pictórico, como naturaleza muerta (aunque se vean bien vivas en el cuadro), o como bodegones, donde une pera rubia aparece al lado del chorizo más prieto. Algunos pintores, como Jan Brueghel el Terciopelo, parecen pintar sólo flores y frutas; otros, como Cézanne, reducen las frutas a formas geométricas puras; mientras que otros todavía, como Arcimboldo, hacen de las frutas inquietantes trompe-l'œil: visiones fantásticas, que son paranoia pura. Las frutas componen una cara, la cara se descompone en frutas.
Es un verdadero placer hablar de la pintura de Ramón Alejandro, y ese placer (siempre sensual, nunca literario) viene de la sorprendente sexualidad de su pintura. Es un placer que se lame con gusto el rabo, como hacía siempre la sierpe en su paraíso; este paraíso de ahora es un vergel, un jardín de frutas. Pero entre tanto fruto y disfrute, quiero repetir las palabras liminares de Fernando Savater ante "La escuela de Platón", pintura a la que dedicó un sexudo estudio. Dice el sabio Savater como comienzo: "Agrava la tarea mi ignorancia fundamental en cuestiones de historia del arte y el rechazo a la prosa estética: nunca he soportado leer la crítica ‘técnica' de una exposición de pintura". Sigo solamente porque sé una o dos cosas acerca del arte de Alejandro que Savater no sabe. Creo, sé, que Alejandro se acercó a esta selva cultivada de su última fase, no por una fruta particular sino precisamente por una sola fruta; la papaya, cuyo nombre está prohibido en Cuba, la tierra donde Cristóbal Colón la vió, la olió y la comió por primera vez. En Cuba, en La Habana concretamente, la papaya se llama fruta bomba; este nombre aparentemente explosivo, la sirvió a un escritor francés, ignorante, para declarar que en Cuba fidelista hasta las frutas podían defender a la isla de una agresión extranjera. Lo cierto es que esta bomba en la fruta no estalla, pero es de una connotación sexual |
| mayor que la primitiva papaya; bomba es la cubanización de uno de los nombres del exo femenino en yoruba, embomba; la palabra también quiere decir, en Cuba, tibio. Así, el "agua bomba" tiene dos sentidos: agua tibia y agua para lavar las partes con arte. El agua bomba servía, en una palangana, de ducha de bidet como ejercicio de una sola mano. Bomba, curiosamente, quiere decir en el español de Cuba lo que tiene poco sabor; a esta última definición se acogieron a sagrado aquellos filólogos fútiles, a los que molestaba no ya la papaya, sino su sinónima fruta bomba. |
Wilfredo Lam, llamado el Chino, fue el pintor que pintó primero la papaya; la vió como una planta, mitad árbol, mitad hierba, de la que cuelgan innumerables pechos. Es la papaya pechosa, no lechosa; pero Lam ve tetas como un esteta, puras formas. Ya desde su Luz del Campo (¿nombre de mujer?), de 1942, se ven las papayas, más bien papayitas, que cuelgan entre hojas bajas, y en sus ojeras se ven las palmeras borrachas de son. En La jungla, de 1944, de pronto hay papayas con pezones y tijeras dispuestas en un bosque; es una imagen de un sadismo extremo, como conviene al surrealismo durante la guerra. Pero en 1945, en Desfile antillano, a las papayas les crecen cuernos y dientes aguzados, y ahora se ven más malévolas que maduras; son, de hecho, versiones del elegguá de al santería, religión con ritmo de tambores. De ahí en adelante, la papaya pierde interés erótico para Lam, y la geometría sexual de la fruta se le convierte en innúmeros enemigos malos con cuernos: diablitos; a veces reaparecen las tetas, como teticas estéticas, mitad Bardot, mitad verde, para desaparecer para siempre en la pintura de Lam, mito mulato. |
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Hay que decir que Alejandro comenzó cultivando un sadismo surreal, hecho de puyas y de pullas, que en Cuba son sinónimos absolutos; pero de pronto, el pintor vió la luz, y abrió la papaya que Lam siempre encontró cerrada, sus grandes labios sellados, para no decir esta boca es mía. Las papayas de Alejandro son francas, abiertas, y presentan lo contrario de una infabulación: una ofrenda de amor y de humor. ¿Usted me cree tonta? ¿Yo, señora? ¿Por qué y cómo? Toda esa historia de papayas. Llamada para colmo científicamente Carica papaya. Por favor, no siga, que tonta no soy. ¿Aceptaría usted a una autoridad en papayas? ¿Sí? Sigo. Dice el Novísimo Pichardo, diccionario cubano de 1836 nada menos: |
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Papaya. — N.s.f. — Voz ind. — El fruto del Papayo: e casi del tamaño del Melón de Castilla, algo parecido en su exterior, oblongo, poco deprimido hacia la cabeza, donde tiene el pedúnculo que le une al tallo: cuando verde es de este color y entonces abunda en leche, que le ha merecido en otras partes de América el nombre de Lechosa, y sirve para dulces: en su madurez es amarilla y por dentro la carne color anaranjado, acuosa, dulce, suavísima, fresca y en el hueco central infinitas semillas redondas, blandas, envueltas en un líquido viscoso. El fruto del Papayo Macho o Cimarrón es mucho más pequeño e inferior en todos sentidos. — El vulgo del Departamento Occidental por una gazmoñería imprudente dice Fruta Bomba para excusar la voz Papaya, que su misma malicia aplicó metafóricamente al pubis femenino, llamado también Papo. Obscenidatos. ¿Qué es el Departamento Occidental? Esa era La Habana en tiempos de la colonia. ¿Eso es todo? ¿Le parece poco? Creía que usted ofrecería más material. Allá usted. Dice un comentarista del Novísimo Pichardo, tratando de hacer serio al más divertido de los diccionarios: "La mayoría de los autores, para advertirle, señora, "desconoce la forma Abaya como nombre caribe", es decir de los caníbales, "de su apreciado fruto... Tan poco que casi todos decimos papaya, o fruta bomba con acierto", con concierto, "eufemismo". (A. Bachiller y Morales en Cuba Primitiva). |
Un poeta popular, José Nápoles Fajardo, a quien siempre había que llamar "El Cucalambé", con acento en la E para evitar obscenidades, tiene un poema titulado "La Papaya", que comienza así: En el monte i en la playa, Como se vé, todo es delicia delicada. Otro poeta popular, Liborio Libre, compuso (con aucilio de un tres, guitarra cubana de seis cuerdas pareadas y un laúd del enterrado vivo) unas cuartetas a la papaya, de las que desgraciadamente no queda, como de Safo, más que un fragmento: A Soraya Mientras servero Sarduy, en las antípodas (léase París de 199o y se leerá Corona de las frutas), canta claro para leerlo oscuro: Qué bien hiciste, Ramón, |
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Y es verdad, hay un cantar de gesta papayesca, en el que se inscriben los textos citados y los dibujos de Alejandro; que han culminado, en 1991, en una versión de Eros y Afrodita, que es un mundo muy colorado: ella tiene todo, cabello, axilas y pubis de ese color de gengibre que hizo famosa a Ginger Rogers, toda roja; a su lado hay una papaya abierta, que es de un subido punzó que punza, y la Venus es blanca con carnes marmóreas. Este cuadro sin duda habría aterrado a Ruskin, esteta, que l noche de bodas con la famosa belleza victoriana Effie Gray conoció que si las estatuas de Venus eran como mujeres, las mujeres no eran como estatuas: todas tienen vellos en su vellocino. Ruskin, ay, se enteró tarde; debió, como Lewis Carroll, adorar a sus ninfas rubias mientras eran niñas; Alejandro las adora mientras las dora ahora. Sé, creo, que Ramón Alejandro comenzó a ordenar su nuevo paraíso partiendo de la papaya cuando, logró un maridaje de su manera sadista concibiendo una trampa para atrapar papayas vivas. Su último aparato ya sostiene entre dientes de acero una tierna papayita; la máquina paradisíaca parece operada por claves barrocas, que sugieren una invención del divino Marqués en una jornada de Somorra; es decir, de más Gomorra que Sodoma. Cuando en La Manigua coexisten una papaya abierta con una guanábana y dos o tres bananos (también de distinta connotación sexual en Cuba) o cuando en Larga Distancia, una hembra que pliega y despliega sus encantos nudos, hay en primer término una papaya abierta. La fruta prohibida (al menos oralmente) es más sexual que los sexos al sol. En La Traición, otra papaya abierta enfrenta a una máscara golosa que amenaza: "Larvatus Prodeo" como un deporte de la naturaleza. Eso que los romanos, siempre sexuales, llamaban lusus naturae, y que nosotros en la Cuba popular llamábamos fenómenos, con una cierta fe en los fenómenos. En In Principio, como en los fines, hay otra papaya abierta, desplegada, hecha casi más para el ojo que para la boca, con sus lúcidas mejillas negras en proclive profusión, que remedan un pubis nada angelical pero que anuncia, ya, un cuerpo divino. En A la tierra, no hay papaya sino varias viandas, que exponen al sol tropical sus blandas partes pudendas; en El patio de mi casa (l'Arrière-Cour), que queda entre arrière-corps y arrière gorge, hay una papaya, central, que se ve redonda y gorda, y grande y refulgente como un angelote, allí donde los boteros no se atreven. En Diálogo de filósofos en el jardín de las delicias, la papaya queda enmedio y es el centro de atención de un perro lascivo (sato) que desdeña otras frutas, otros cuerpos, y a la vez es el objeto olfatorio de otro can cabe las bananas pintonas, esas que se llaman leopardo cuando más maduras, más manchas. Hay papayas peludas, como la boca del amante ansioso en "Un perro andaluz", en El Orgullo; y papayas hastiadas en La mala sorpresa, y papayas relegadas, porque un día fueron regaladas ¿En qué otro momento?, La Conquista. A papaya regalada no se le mete el colmillo. Hay otras, muchas, papayas. ¿Dice usted? ¿Que este es entonces un paraíso de papayas? Precisamente. Londres, Junio de 1991 |