Gritos de Georgina Herrera, testimonio de una poética

por Ignacio T. Granados Herrera

 

Cuando conocí a Georgina Herrera, yo cursaba el difícil tránsito de la adolescencia, y ella el no menos difícil de ser mi madre; lo que junto al axioma de que toda familia que se respete ha de ser disfuncional, ya brinda un panorama más o menos fiel de la situación, cruel para ambos bandos. Además, como si faltaran elementos naturales para la disfuncionalidad, entre Georgina Herrera y yo no mediaban sólo abismos generacionales, como es lo propio en las relaciones de esta naturaleza; sino que, de hecho, mediaban inmensidades estéticas, por nuestras mutuas referencias; pues ella, amén de las diferentes calidades, era poeta de primera generación, y yo de segunda; además de que ella se enmarcaba, o enmarca aún, en la vilipendiable generación del cincuenta; y yo no sólo pertenecería a la del ochenta, sino que incluso respecto a ésta sería muy marginal y extraño. El caso es que a lo largo de la vida, la relación natural fue la de mi rechazo de su poética; que centrada en la idealización sentimental, sublimaba experiencias que yo hubiera preferido que ella realizara en praxis. Además de que, por ser escritor de segunda generación, ya mis referencias estéticas eran muy intelectuales; mientras que las de ella, por ser de primera generación, ¡y de la generación del cincuenta!, eran más sensibles... sensuales cabría aquí.

Sin embargo, como la imaginación de Dios es tan infinita como la del Chapulín Colorado, y nadie cuenta con su astucia, hubo una situación en la que yo me reencontré con mi propio panorama de negro; esto es, cuando después de tomar votos con la Iglesia Católica Tradicional (lefebrista), como fraile agustino, y fallido en el intento, terminé viviendo en un gueto negro de los Estados Unidos, el Overtown de Miami. Justo en ese momento, Georgina Herrera daba los toques finales a una recopilación de poemas quedados al margen de sus libros; poemas marginales, porque estéticamente estaban centrados en el imaginario espirito-religioso de los negros cubanos; es decir, que no cabían en sus apasionados libros de poeta de la generación del cincuenta, que suele recrearse en la sublimación de sentimientos que sus prójimos preferirían que realizaran en praxis.

La experiencia de vivir en el Overtown, como es lógico, provocó una profunda crisis existencial, de identidad; que resultaba en una suerte de esquizofrenia, por la que reconocía en cualquier esquina del barrio el pueblo natal de mi madre, Georgina Herrera, y que era Jovellanos, y donde único recuerdo haber sido completamente feliz. Cualquiera en Cuba sabe que Jovellanos es el viejo "Corral de Bemba", antigua zona de barracones y actual pueblo de población predominantemente negra; los que no sean de Cuba, igual lo pueden saber por esta breve descripción, que probablemente sea muy exacta. Recibir en ese momento el poemario Gritos, de Georgina Herrera, no tuvo nada que ver con una historia de reconciliación familiar, sino estética en sentido estricto; porque, por primera vez, y probando los impensables recursos de Dios, Georgina Herrera, la reina del sentimentalismo cincuentista, y yo, el más acérrimo intelectualista marginal de los ochenta, habíamos coincidido; y eso, más allá de la permanente disfuncionalidad, que como familia respetable seguro que mantendremos; más allá de eso, la estética nos brindó un espacio real para coincidir y descansar; en tan solo un grito, que es como el sueño del tigre que culmina el libro.

Georgina Herrera nació en la localidad de Jovellanos, de la provincia de Matanzas, Cuba, en 1936; y se daría conocer publicando sus primeros poemas en el periódico El País, en 1951. Vinculada al suplemento Novación Literaria, del periódico Prensa Libre, se incorpora en 1961 al Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRTv); donde se estrena como escritora de programas dramáticos desde 1966. Vinculada también con el malogrado proyecto de Ediciones El Puente, en 1978 gana el Gran Premio de Poesía de un concurso especial convocado por la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC); y en general ha merecido críticas y afectos de figuras como Onelio Jorge Cardoso y Eliseo Diego. Como parte de la llamada Generación del 50, Georgina Herrera es sin dudas otra de las posibilidades de reivindicación de la literatura popular, por desarrollarse al margen de los impulsos intelectualistas que la habrían llevado hasta su decadencia actual. Con la publicación de su primer poemario, GH, y a partir de su trabajo como escritora de soap óperas de radio, ha sido criticada precisamente por su falta de pretensiones intelectualistas; lo que probablemente sea su mejor galardón, desde que la pone a salvo del falso trascendentalismo épico a que son tan susceptibles esas corrientes intelectualistas. Pero, aún, esa definición de su poética y su personalidad desde su relación con la radionovela, aparte de irrespetuosa y arrogante, puede ser reductiva y excesiva; pues, en ese sentido, tiene trabajos sumamente interesantes, como la serie de Francisco Miranda, el libertador; así como, también, las adaptaciones de El dios de la lluvia llora sobre México, La tribu de los gitanos, y El maleficio, entre otros muchos.

En todo caso, como en la mayoría de los casos cubanos, su personalidad artística es contradictoria, llena de contrastes, paradojas y rarezas; quizás por que, como en una cita atribuida a Whitman, todo hombre contiene muchedumbres; pero en unos casos más que en otros, sin dudas, como cuando el entorno inflige la disociación de personalidades, y ya las personas concretas no logran conciliar sus intereses y prioridades. Recuérdese, por ejemplo, el proceso por el que no más se estrenaron las flamantes instituciones culturales revolucionarias, se encargarían de realizar los esplendorosos planes enciclopédicos; ahí mismo, los marmóreos salones de la burguesía se llenaron de los rostros graves de los soneros, invitados a exhibir el prodigio de sus pasos de tornillo; y los cultores del filing, la verdadera bohemia, rebajaron el tono aguardentoso de sus tormentos para ser apreciados como clásicos. Fue como si Marsias, listo anque bestial, zorruno, no hubiera retado al magno Febo sino que le hubiera serruchado del piso; una especie de usurpación, más eficiente aunque no menos arrogante, a la que habrían tenido que someterse las asombradas musas. La solución habría sido una venganza del iracundo Zeus, que acudiera en socorro de su hijo secuestrado; restaurando el prestigio de las élites con la ayuda de Atenea, que en definitiva fue la que dejó la flauta en la selva agreste, al alcance del fauno. Pero esa solución es imposible, porque Zeus fue vencido por esa dialéctica fatal que sucede a los dioses, la consecuencia de su desmesura; y en verdad, fueron los grandes literatos, sacerdotes de los cultos fébicos, los que provocaron la insolencia de Marsias, el inefable pueblo.

Georgina Herrera sería el prototipo del poeta popular, constreñido a una imagen de cierta intelectualidad en aras de su propia credibilidad; parte, consciente y voluntariamente o no, de ese extraño fenómeno que carcomió la espontaneidad de lo más genuinamente popular con el hieratismo convencional de las academias. Una de esas contradicciones —contrariedades cabría decir— es la de la maldita circunstancia racial, en que los negros no pueden darse el lujo de la inconvencionalidad; el padre de sus hijos lo hizo, y lo pagó caro, cuando el mundo —su realidad particular—, se negó a reconocerlo en planos de igualdad. Hija del Toro, Georgina sería más pragmática, y no se permitiría semejantes despilfarros; cuán factible y legítima puede ser su opción, será cosa que sólo a ella le concierna, porque al menos aquí se le reconocerá la individualidad. Pero si a su condición de mujer simple, y no precisamente en el carácter, se la provoca con semejantes exigencias, es lógica la contradicción; es sencillamente práctica, y en todo caso combativa, aunque su combatividad no sea la inútil de los héroes premodernos, que siempre contaban con el favor de sus dioses, y por eso eran heroicos y no patéticos. No es extraño, genuina y brillosa, fue sin embargo opacada por figuras de destellos más exportables y explotables, porque rendían más dividendos; tarde y mal le llegan reconocimientos que en principio no esperaba, pero que le fueron endosados como propios de la lógica simple y de primer grado, la racionalidad, de la intelectualidad contemporánea.

Gritos puede ser, o no, otra clase de protesta, más allá de la racial, que le serviría de base; podría ser, también, la rebelión de la persona que se niega al traje impuesto como orden natural pero que no le es propio, cualquiera que sea. Curiosa y tristemente, cuando otra poeta negra, Nanci morejón, también más o menos convencional, se expresó en esos términos de la intelectualidad contemporánea, con Y Richard trajo su flauta, la criticaron por falta de color, étnico, por afrancesada. Porque el espacio definido era estrecho, pero sobre todo era insalvable, como una fatalidad, como un destino de esos dioses antiguos sin su socorro salvador; ambas se descolocaban como mujeres negras, que era el único papel que se les permitía, dado que eran mujeres y negras, y los papeles estaban muy claros en el libreto. Los intelectuales contemporáneos, sobre todo los cubanos, pero todos en general, gustan de creer en la objetividad, en axiomas tan irracionales y compulsivos como "la gente hablando se entiende"; son tan idealistas, y no precisamente del idealismo objetivo, que creen que el hombre —Ser en praxis, quiere esto decir— puede lograr el equilibrio y la armonía; ser universal en la concreción de sus casos, ignorando sus compulsiones, que por eso son más poderosas y fatales. De ahí que sea tan difícil lidiar con sus handicaps mentales, y peor si se trata del mundo irreal de su intelectualidad; porque más fanáticos que un cristiano renacido, porque al fin y al cabo la Razón es otra fe, sólo que más aburrida, no pueden reconocer las tan humanas mezquindades que determinan sus preferencias, y las defienden con más fervor que Pablo, el anticristiano de Tarso. Gracias a Dios, Nanci siguió siendo tan afrancesada como quiso ser, y Georgina tan cincuentista y auténtica como pudo; lo que no es un elogio de la tendencia, sino de la autenticidad de la persona, fuerte y descollante, incluso en el escándalo de su silencio, mudez que resuena en la perpetuidad de un grito.