Función de la poesía

    por Ignacio Theodoro Granados Herrera



El carácter filo o pseudoreligioso del arte en sus prácticas tradicionales, suscita cierta perplejidad cuando acude a la cultura contemporánea; que sin embargo, determinada por los esquemas racional-positivos y funcionalistas desde la Modernidad, no duda en subordinarla a sus propios supuestos. Doblemente perplejo, pues responde con perplejidad al cuestionamiento moderno, el arte tradicional se somete sin embargo cuando combate; es decir, se asume en una función necesaria que se prodiga como experiencia de conocimiento, no como un posible excedente gratuito de las prácticas trascendentales y tremendas de la religión. Claro que ahí recomienza el ritornello, pues el valor cognitivo de la experiencia que asume el arte tradicional como su función propia, también es filo o pseudo religioso; trascendentalista en todo caso, se niega a reconocer que participa de la dicotomía en que el mundo moderno es simplemente inmanentista y racional-positivo. Si la experiencia poética fuera de conocimiento, en un sentido estrictamente funcional, cómo no reconocer entonces la pertinencia del conocimiento por meros conceptos; si fuera así, por ejemplo, a qué ese paralelismo de un conocimiento analógico, tan incomprensivo de su opuesto y complementario como a la inversa.

El racionalismo positivo, como textura cultural lógica al inmanentismo moderno, tiene sus propios postulados estéticos; tan válidos y parciales como los que impuso el trascendentalismo premoderno con su textura extrapositiva para las formas de conocimiento. Pero aún esto es sumamente relativo, puesto que la positividad como convención para el conocimiento es de valor relativo; es decir, por ejemplo, que la cultura premoderna se manejaba en términos de positividad, en tanto todos sus postulados eran demostrables; según sus propios parámetros, claro, tal y como funciona el positivismo moderno. La condición inmano-trascendente de la realidad y sus fenómenos propios, incluso los poéticos con su realidad derivada y no propia, exigiría alguna conciliación; pero el arte tradicional habría de asumirse entonces en esa complementariedad que la relacione al funcionalismo moderno, con alguna suerte de estructuralismo. El problema, así, radicaría en que el arte tradicional se traiciona a sí mismo y se postula como funcionalista; en una variación sutil, es cierto, pues proviene de asumirse como necesario y no gratuito. El problema entonces retrocede a los orígenes mismos del trascendentalismo premoderno y sus funciones políticas; que en una progresión negativa, no se habría postulado como extrapositivo sino como máxima positividad posible para las convenciones cognitivas. El problema entonces radicaría en ese carácter filo o pseudo religioso del arte tradicional; porque, siquiera en un relativo funcionalismo político, negó su gratuidad primigenia y prefirió postularse como necesario. En definitiva, los tradicionalistas suelen ser muy proclives a la prostitución académica, justo en ese ámbito del racionalismo positivo contemporáneo; si no, no habrían permitido ese secuestro alevoso del ensayo literario, la especie más precaria de la literatura, por los ímpetus ilustracionistas de las Universitas. Eso indica que la contradicción es falsa, que no existe, que ambos se asemejan en la cortedad utilitaria de su funcionalismo; pues no hay manera de que una imagen no se corresponda con su opuesta reflejada en el espejo, es cuestión incluso de identidad profunda; lamentable cuando el espejo es la preponderancia política y sus pobres dividendos, que es así la que verdaderamente los determina a todos.

En principio, esa necesidad en que se postula el arte tradicional no tendría que ser problemática, pues describiría la espontaneidad con que se desprendió de las prácticas religiosas en un sentido lúdico; pero esa necesidad, ontológica, no es suficiente al pragmatismo de los intereses de las estructuras políticas, que así la reducen al funcionalismo social. El problema sería así más viejo que el racionalismo cartesiano, y se incorpora al trascendentalismo cristiano a través de las sistematizaciones clásicas de Platón y Aristóteles; por eso, cuando la cultura contemporánea impone sus cánones propios, como el anecdotismo, la crítica social y el testimonio, no sería más funcionalista que en el caso del arte tradicional y su moralismo recurrente; en ambos casos se trata de un pietismo genérico, alrededor de una divinidad implacable y omnipresente hasta en su ausencia; pues anverso o reverso, el Dios tradicional no se diferencia del género humano en estado de perfección que pretende el ateísmo, y que no es otro que el escéptico superhombre de Nietzhe.

Más allá de ellos, si el arte tradicional asumiera su gratuidad necesaria, legitimaría su propia pertinencia en esa gratuidad; por la que, por ejemplo, la alternativa del conocimiento analógico y extrapositivo complementaría al que se da por meros conceptos y como positivo, por su falta de beligerancia; pues, desde que la realidad y sus fenómenos tienen un valor inmano-trascendente, y toda estructura lo que hace es organizar relaciones funcionales, cualquiera de estas opciones es insuficiente por sí misma. La Belleza, como objeto propio de la experiencia poética, adquiere la consistencia de la racionalidad; cuando ésta, sea dada en la razón como objeto o en la racionalidad como capacidad para el conocimiento, es de hecho el objeto indiscutible del racionalismo moderno. Aún, la condición de positividad de la experiencia, como la de filo o pseudorreligiosa, sería relegada al problema secundario de las predicaciones; pues, por relativa en un caso, habría sido de suyo esa naturaleza que trata de legitimarla como sucedáneo del objeto religioso.

La Belleza, incluso, como tercer atributo de toda tricotomía religiosa, en la armonía, es de ese modo la tercera categoría aristotélica, la de relación, tanto como el tercer arquetipo platónico; y la opción de Descartes por el protoidealismo platónico sería superflua e inconsistente, como toda postura radical. Claro que la controversia es superflua, no ya absurda, por el sólo hecho de que subordina un tipo de conocimiento al otro; y eso cuando es razonable y acepta alguna complementariedad necesaria en el opuesto, aunque sea en el desdén y la distancia aristocrática. Pero aún eso es inevitable, pues otra cosa sería el absurdo mayor de un alcance efectivamente universal de los fenómenos y los objetos concretos y humanos; imposibilidad que nos brindó la maravilla primera del conocimiento mismo, cuando los niveles abstractivos se dieron a la representación. Es claro que aún tocarán los enfrentamientos típicos de sensibilidades peculiares, como aquel de neoclásicos y románticos; que sin embargo, desconoce en su parcialidad los oscuros orígenes de la controversia, en la formación singular de esas respectivas sensibilidades. No es culpa entonces de Jove ni de las viejas Parcas, es la femineidad belicosa que lo rodea filial; a su hija, la Sabiduría, la contradice su esposa, el Orden doméstico y la Política, y ambas se alían en chanchullos contra su tía abuela, la Belleza. Son dos mundos en oposición, Aquiles y Paris, el heroísmo y el hedonismo de los tiempos premodernos y modernos respectivamente; pero de ellos es Paris el que decide, aunque también sucumba y sólo permanezca corporativamente, en el futuro eneido que protege agradecida Afrodita.