El cortador de la rama dorada
por Ignacio T. Granados Herrera
Ariadna sería el deseo inefable y compulsivo en que consiste la Utopía; tierra deseada y por concretarse como necesidad a satisfacer con el esfuerzo heroico, que es Teseo, el héroe por antonomasia. Por ello, siendo que el Ser participa por adelantado de su finalidad, en el sólo hecho de encaminar sus pasos hacia ella, Teseo logra vencer la complejidad del laberinto; en su relación con Ariadna, que es a su vez lo único que puede auxiliarle en el tremendismo de su propósito. El Minotauro, fruto de una unión abominable, sería la dificultad necesaria al esfuerzo del héroe; incluso como el corolario fastuoso y el apogeo de esa dificultad comenzada en el pórtico del laberinto; y por eso, al vencer al Minotauro, el héroe habría vencido sobre su dificultad, siendo por ello el escogido; el que va al tálamo, su barca, con la Imago perfecta que está siendo Ariadna como incidencia en su destino. Sin embargo, Teseo ha de abandonar a la doncella que le premia la vida, porque esa fuerza que le inflama es el titanismo del problema óntico; ella es la soberbia del hacer humano, por un débito comprometido que ignora los hados, que se trazan en el palacio de oro de las parcas; el hacer humano, como única solución al marasmo del azar, identificable con la rebelión de los titanes, donde siempre triunfará la divinidad; Atlas y Prometeo eternamente vencidos y castigados por su soberbia, únicamente salvados por la probable gracia, como Fausto en el amor de Margarita.
Cuando Teseo abandona a Ariadna, ella es desposada por Baco, convirtiéndose de facto en la reina de las bacantes; el exceso de la teluridad, que es el esquema primario de los poderes que viabilizan lo mágico. Esta reina de las bacantes, por simple traslado de significantes, sería la Eurídice de Orfeo, el epítome de la representación báquica, realización máxima y por ello apoteósica de toda sensualidad e inmediatez; lo que ocurriría porque Eurídice sería el mismo punto culminante del sistema órfico, como parábola de la Teseada; igual que ambas se apropian de la significación de Dafne, la pretensión de Apolo, frustrada por la soberbia con que éste se burla del insospechablemente poderoso Eros. Apolo es la inefabilidad misma de toda trascendencia, y con ello de las artes; marcado por su propio nombre, que lo hace inconmensurable, ya que no tiene polos, puntos a los que referirse para medirlo y así conocerlo. Pero Dafne-Eurídice-Ariadna desdeña a Apolo, comprometida con Orfeo; la otra punta de la vertical en que es posible alguna trascendencia, y que es así la ejecución concreta de las artes que determina Febo con su excelencia propia. Ese destino de ella, Orfeo, determinaría la opción del aedo como ejecutor real y último del arte; pues, o se sublima en la contemplación parnasiana del excelso, o se realiza en lo telúrico, dando lugar a su existencia real.
El matrimonio, para ser perfecto y así viable en la superioridad de las determinaciones trascendentes, habría de ocurrir entre naturalezas idénticas; como lo son Apolo y Dafne, que sería por lo que el primero busca a la segunda. De lo contrario, como en el caso de Ariadna, de consumar su opción por Teseo, o en el de Eurídice y Orfeo, que se consuma de hecho, la naturaleza inferior degrada a la superior, con la penetración contaminadora de las estructuras imperfectas que se mejoran a sí mismas; pues sería esta abominación la que mejore a una naturaleza, aunque sea en detrimento de la otra, como la paralela que se niega a discurrir infinita y rompe ofensiva y soberbia el resguardo del maniqueísmo en la solución dialéctica con que se vence a la dificultad. Por eso Amor es un extrañamiento, un misterio anterior a la dinastía olímpica, nacido del mismo Caos que pare a la Tierra y al Cielo; a los que une en su atracción compulsiva y asombrosa, aunque es adoptado maternalmente por la Venus homérica. Así, Amor imposibilita las uniones más lógicas con su flecha argéntea de la indiferencia, como en el caso de Apolo y Dafne; y combina las más estrambóticas e inimaginables, con la flecha dorada de su propio nombre, como en el caso de Orfeo y Eurídice, cuya pasión los une más allá de la lógica e identidad de las naturalezas; para que así nazca el fenómeno órfico como un misterio en el lecho poético, cuando se consume esta relación gloriosa en que lo divino desciende hasta lo humano.
Mas no se puede culpar de disparatado a Eros, porque una divinidad es una función de los absolutos en su determinación de las armonías; y ésta específicamente, es la tercera categoría del estagirita, no la menor, aunque sea el tercero en los trascendentales. Es que de realizarse el matrimonio perfecto, uniendo las naturalezas iguales, en la carencia de dificultad se realizaría entonces la suma perfección inmediata de lo divino; deteniendo el tiempo en su totalidad terrible, como la manifestación excelsa del Órganon, del que Aristóteles sólo tuviera una vaguísima intuición. Recuérdese la curva en que esto casi se realiza, con la amenaza sobre el reino olímpico del fruto de los amores de Zeus con Tetis; felizmente conjurada con la conflagración de Troya, donde se sacrifica la heroicidad de Aquiles para salvar el orden de los crónidas. Así también, casada Eurídice con Orfeo, cuando opta la inspiración poética por la realización inmediata de lo telúrico, se hace execrable en su degradación de la gloria a cotidianidad y transcurso; por lo que la misma divinidad, contraída a esa gloria suya, deja fluir la confabulación azarosa de los hados, tendiendo una trampa a este compromiso tan denigrante para las aguas de Aretusa, que no las de Castalia. Es así que fallece Eurídice, con la aparición intempestiva de Aristeo, y es llevada al Averno como Prometeo al Caúcaso y Atlas al cansancio perpetuo de su espalda encorvada; pero el poeta, Fausto sin el cuerpo prepotente y guerrero del titán, sabe su genealogía heroica y lleva en su interior el mismo deseo de realización apoteósica; enfilando su acto al heroísmo, sin el trágico esplendor con que Aquiles se ofrece al martirio, inspirando hasta a Alejandro de Macedonia; y en vez de eso, desciende al dramatismo suplicante con que Orfeo deposita la áurea rama a los pies de Proserpina, adulador, después de adormecer los mil ojos del Can Cerbero con la adormidera de su lira.
Incomprensible ha de ser a la pura deidad del hermoso Apolo esta obstinación que incuba al Renacimiento y aventura las plantas del mortal por las cavernas lúgubres del fiero Averno, repugnantes a su jerarquía; y es tanto el dramatismo de Orfeo, que arranca lágrimas increíbles a la hierática Proserpina, que interrumpida en la preparación de la próxima primavera accede a devolver la prenda perdida y reclamada. Pero hay que tener cuidado, pues cuando el poeta dice del Orfismo que se define como la búsqueda incesante de la luz, el querer salir de las tinieblas, a donde fue en busca de su inspiración, para realizarse(Sic), no hay dudas que lleva razón; sin embargo, también así el poeta se hace acreedor del pecado órfico, ya que la condición impuesta sobrepasa sus fuerzas dramáticas, y para ello es necesaria la constitución trágica que posibilite el heroísmo puro de los atletas que sitian la inescalable Pérgamo; no son sus hombros los hombros endurecidos de Teseo, no es su espalda la espalda poderosa de Atlas, ni es su corazón de la fibra indómita del de Prometeo, y aún estos fueron vencidos y castigados por sus pretensiones. Orfeo se ha amanerado, ha sido mimado por las bacantes, que le hacían cosquillas en las axilas y le besaban los cabellos perfumados con eses de vino mientras los faunos acompañaban su lira con las siringas; es decir, Orfeo se ha afeminado, en ese juego de los poderes telúricos buscando accesis que circunvalan la dificultad necesaria con la magia, gastando la gratuidad de su existencia; y por eso, la exigencia de santificación, no volver la vista, como con la esposa de Lot, resulta excesiva y desmesurada para su constitución viciada, ansiosa y débil.
Así, cuando el poeta bebe en vasos órficos el manantial de lo mágico, va a su propia irrealización; como Orfeo, que volvió a la vida pero solo, sin el afecto que había ido a buscar, triste y desgarrado, incomprensible para las mismas bacantes que le amamantaron y peinaron con sus dedos finos y sus senos maravillosos. Ahora, al contrario, estas mismas sólo gritan ¡más música!, ¡más música!, terminando por matarle enfurecidas, erínnicas, ante el llanto con que les responde el otrora amigo y hoy extraño; que con ello las induce a un destino más funesto que el suyo propio; ya que sólo su condenación perenne del héroe verdadero, que fue Orestes, las expuso a esa pureza de la gracia con que la pulcra Atenea las torna en bendiciones; pero ya alejadas en nueva poética de la pasión telúrica, como a esas pobres santas que se empolvan en las sacristías y suspiran su pasado con rosarios.