De Pitagórica Ludicae*

Fra. Erasmo de la Cruz

I. Acerca del Problema, o Sobre la necesidad

Como una dialéctica del pensamiento, la Historia de las Ideas se resolvería en la contradicción de diversas escuelas (X) entre sí; figurando geométricamente la espiral de los dialécticos, el círculo de los platónicos y la linea recta de los evolucionistas. Todo simultáneamente, porque la apreciación de cada figura de éstas dependerá del punto de vista desde el que se observe el fenómeno, que permanecería más allá de estas formas en que es apreciado; pues estas formas dependerían de la capacidad del que observa para apreciar el fenómeno, la realidad en sí misma y como tal; de la sensibilidad del mismo como sujeto de conocimiento, y no del objeto que sería la realidad en sí misma y como tal. Esto se refiere entonces al conocimiento en sí de la realidad, que como tal es universal, al darse como un fenómeno único de relación, que existe en una totalidad, como Cosmos; reuniendo todos los fenómenos, en tanto reales, en una condición suya de simultaneidad; ya que la historia o lo histórico sería un fenómeno en sí, pero sólo en tanto naturaleza estructurada por elementos propios y atributivos; es decir, el nivel de existencia en que se conocen los sucesos como históricos.

Por ello, entonces, la realidad quedaría planteada como una totalidad en sí misma, en la que todos los sucesos o fenómenos ocurren simultáneamente, por la unidad trascendente de la misma; siendo que, para el conocimiento de ésta, la realidad en cuanto tal, como un fenómeno de suyo universal, surge una situación de conflicto práctica y virtualmente insoluble. Esto es que, como ente real, el ser que conoce a la realidad en su acción de pensamiento, es de hecho parte de esa realidad, pero no la realidad en sí misma como totalidad; surgiendo el conflicto al relacionarse, por el conocimiento, el ente parcial que conoce a la realidad, como sujeto de conocimiento, y el ente universal que es ésta, como objeto cognitivo. Dicha contradicción se resolvería en un convenio gnoseológico que abstraiga la realidad a sus dos aspectos fundamentales o últimos; para así hacerla inteligible en su parcialidad al ente parcial que la conoce, ya que entonces éste la percibe en sus partes, que serían respectivamente estos dos aspectos fundamentales. Vale aclarar que la proyección formal de la realidad, ocurriría a dos aspectos formales y no a un número indeterminado de estos, porque esa proyección es económica en tanto necesaria; es decir, siendo una proyección propia de la realidad, en tanto fenómeno, no es gratuita, y se restringe a las formas en que es susceptible de ser conocida; que serían su inmanencia y su trascendencia, en tanto estas son las condiciones o determinaciones primarias de todo fenómeno. En esto, además, como abstraída o separada en sus aspectos, la realidad perdería entonces su condición universal para hacerse de hecho parcial, es decir, comprensible al ente parcial que pretende conocerla; sin embargo, paradójicamente, a causa de esta abstracción suya, la realidad perdería entonces su condición esencial de universal; al permanecer en la naturaleza formal de las particularidades en que se dan los casos específicos como fenómenos, y en los que entonces se la puede conocer, aunque sea parcialmente.

Eso se debería a que la realidad, en sí misma, habría dejado de existir en la unidad fenoménica que la estructura como tal, al menos en lo que respecta a su conocimiento posible; pues reducida a sus aspectos fundamentales, y sólo parcialmente cognoscible a través de ellos, sería únicamente por la relación de los mismos que se acceda a un conocimiento efectivo y culminante de ella. Esto sería lo que, en definitiva, postula la Dialéctica en todos sus sentidos, ya sea éste el histórico (físico-sensible) o trascendente (ontológico-metafísico), relacionados en el valor trascendental de los fenómenos reales; esto es, en los respectivos postulados, que a través de las escuelas conoce a uno u otro aspecto fundamental de la realidad, en sus respectivas lucha de contrarios, contradicciones u oposiciones, etc. El error se daría a nivel filosófico, al circunscribir la realidad en sí misma, como tal, y que es lo que interesa, a ese aspecto por el que se la percibe en cada caso, por más fundamental que éste sea; que sería además lo que ocurra generalmente, dando pie al surgimiento necesario e inevitable de una contradicción que desarrolle el conocimiento y comprensión del aspecto contrario; redundando así en una corrección epistemológica del análisis en sí de la realidad, de modo que éste se corresponda del mejor modo posible con la realidad del fenómeno concreto que se analiza; es decir, con un mejor y más efectivo alcance epistemológico del análisis, como relativo a los convenios gnoseológicos de la acción de pensamiento en que se conoce a la realidad, y que es el hecho filosófico.

II. Acerca del Teorema

Teóricamente, esto sería lo que ocurra en la oposición lógica de las escuelas de pensamiento, que dialécticamente conformaría la Historia de las Ideas, como desarrollo efectivo del hecho filosófico; en la práctica de unas tradiciones de suyo filosóficas, en que aparece la figura zigzagueante de la dialéctica, en que se va de un punto A a un punto B, como superación de una escuela por otra. De ahí, contrario a lo que normalmente se supondría, no se iría al punto C que sería una tercera escuela, y que cumpliría la exigencia rectilínea del evolucionismo; sino que se iría a un punto A1, que será efectivamente una tercera escuela, pero como recurrencia de aquella primera (A), sólo que ahora en una nueva dimensión; esto es, al ser conjugados sus postulados propios, en un mejoramiento de los mismos, por una comprensión de las contradicciones que le planteara la segunda (B) en su superación. Aquí surgiría otro problema, ya que la conjugación (n) de las diversas escuelas (X) entre sí, supondría alguna participación de B en A1; lo que cuestionaría acerca de la constitución de las otras escuelas (X), que existentes en sí mismas, siempre se darían por una participación relativa de A en B, de B en A1, y así sucesivamente; sin que sea X una superación real de éstas, por darse exactamente entre las mismas.

Esto se solucionaría, en tanto esas otras escuelas (X) serían las llamadas menores, por no alcanzar en sus propuestas epistemológicas las dimensiones de A y/o B; mayormente dedicadas a la cuestión ética, así como se diferencian los números enteros de los otros; y por lo que, ciertamente, la constitución de X no sería nunca una conjugación (n) de A o B, sino que se entiende que X= A/B, es decir, A+B o A-B; donde, según sea la proporción participante de éstas, como su preponderancia mayor (>) o menor (<) en X, cada caso (X) se entendería como A >/< B. Es decir, la definición de las diversas escuelas (X) distintas de A y/o B, como c, d, e..., sólo se trataría de un convenio formal, en función de su ordenamiento histórico, en tanto fenómeno cultural; pero como conocimiento convencional, su efectividad sería relativa y condicionada, al decir sólo de su relación con la dimensión histórica del fenómeno, el conocimiento en su propio carácter evolutivo, y no a su dimensión ontológica o estructural. Es que, en esta dimensión ontológica, toda escuela distinta de A o B, es tan sólo una escuela X, en la que A es >/< que B, según sea el caso; y cuya relación con A y B se ilustraría decimalmente, siendo A = 1 y B = 1, como X = 0.3, 0.5, 0.3, 0.5, etc. Para esta diferencia tan importante, dígase que las escuelas fundamentales (A, B) son N, y en cada caso se entenderían como N1(A) y/o N2(B), en sus valores de 1 y 1 respectivamente; y en lo que, también, siendo X=N1 +/ N2, necesariamente, N 0, como también N X, y X 0.

III. Definiciones Marginales.

La desigualdad de N y X respecto a 0 ocurriría porque N sería la abstracción de la realidad en sus formas, como N1 y N2 respectivamente, y 0 sería la realidad en sí, no abstraída en su valor universal y fenoménico. Así mismo, existiendo una correspondencia de A a B, y de B a A1, habría alguna de A1 a B1, y de B1 a A2, y así sucesivamente, aunque la secuencia sería más compleja que su simple representación; porque entre B y A1, B se transmuta en A, y A1 se transmuta en B, así como A1 y B1, A1 se entiende como A y B1 como B, explicando la movilidad y relatividad de los distintos postulados formulados por las diversas escuelas; porque, de lo que se trataría es de que, como correspondencia, es una relación funcional y de valor relativo, siempre entre A y B, y no de la secuencia infinita (n) que es el orden numérico; que sólo representa al fenómeno histórico en su carácter natural, como un entero; sin entrar a definirlo en las funciones ontológicas en que es posible, como una ecuación fraccionaria con variables propias. En todo caso, eso es comprensible si aceptamos que la abstracción de la realidad es siempre a uno de sus dos aspectos fundamentales, que son los que se entienden como A y/o como B; y que serían, en términos estrictamente filosóficos, su Inmanencia (I) y su Trascendencia (T), como proyecciones formales suyas en las que puede ser percibida por el sujeto de conocimiento, según la sensibilidad cognitiva del mismo; y en lo que no se trataría de que uno de estos aspectos sea efectivamente preponderante en la constitución de la realidad, como afirman estas diversas escuelas en su contradicción aparente; sino que se trataría de la capacidad específica del sujeto cognitivo para la actividad de pensamiento, que priorizaría subjetivamente uno de estos aspectos sobre el otro; y que sería en lo que se hace tan difícil acceder a un conocimiento efectivo de la realidad en sí misma y como tal, es decir, como objeto dado.

IV. Acerca de los Problemas

Como ejemplo de este teorema, con una aplicación sobre el análisis dialéctico de la Historia de las Ideas como praxis del pensamiento en tanto fenómeno cultural, la figura recurrente sería la de la filosofía clásica, por tener los contornos más definidos. Eso supondría recurrir a la relación entre las escuelas platónica y la aristotélica, como la contradicción más evidente en su universo epistemológico; sin embargo, eso es engañoso, pues restringe la Historia de las Ideas a este período, sin observar sus precedentes necesarios en la filosofía arcaica, que de hecho cumplen hasta más perfectamente esta determinación. En verdad, habría que partir del antropomorfismo, en la mitología tradicional, como un primer acercamiento sistemático al conocimiento de la realidad, siquiera de su aspecto trascendente, y que sería el punto A; luego se iría al fisiologismo jónico, con Tales de Mileto, como B, y el matematicismo pitagórico como A1, en tanto replanteamiento de la trascendencia posible de la realidad; esto último, en tanto ya el matematicismo pitagórico habría incorporado la crítica fisiologista al trascendentalismo antropomorfista, que en tanto primer acercamiento no puede haber sido perfecto; al menos si se tiene en cuenta que dada la naturaleza cultural del conocimiento, el antropomorfismo habría sido el principio de la acumulación evolutiva del mismo; así como el mismo fisiologismo habría sido un primer acercamiento sistemático al aspecto inmanente de la realidad, producto de la evolución lógica del acercamiento anterior en el antropomorfismo.

Así se habrá comprendido al antropomorfismo como A, al fisiologismo como B, y al matematicismo pitagórico como A1; en una distribución de N que, como se ha visto, dista de ser arbitraria; ya que corresponde a la precedencia histórica de una escuela sobre la otra, y sus respectivas repercusiones en la organización estructural del conocimiento como fenómeno cultural; siendo en un caso la primera percepción organizada de la realidad, y en el otro su análisis en un principio crítico que la corrige, en tanto evolución misma del conocimiento. En esta secuencia, se entendería a Heráclito como B1 y a Parménides como A2; esto es, en una correspondencia propia de cada escuela, en que Heráclito conjugaría el problema fisiológico en su desarrollo post-matematicista, y Parménides replantea el trascendentalismo matematicista luego de su corrección heráclitea; pues en ambos casos, ya la acción de pensamiento asciende en un poder mejorado de abstracción que lo hace más eficiente; esto es, desde la preocupación primera por la trascendencia como determinación interna (hipóstasis) de la realidad a la preocupación por su naturaleza externa (phisis), y de ahí a la reformulación de su determinación interna según la ciencia matemática, etc. Dígase que el estaticismo unificiente de Parménides se correspondería con el número pitagórico y la figuración mitológica, como el movimiento herácliteo se corresponde con el fisiologismo; en una proporción que resultaría como A/B - A1/B1, resaltando incluso la práctica simultaneidad cronológica de estos opuestos; que resultan más complementarios que contradictorios, y a los que el ordenamiento lógico de los números naturales sería como una ecuación impropia e inefectiva.

Desde este punto de vista, más que al momento en que surge una escuela o es contradicha, la relación más importante sería la que se establece entre las escuelas que conjugan sus propios postulados a diversos niveles; es decir, más que la relación entre A y B, o entre B y A1, aquí lo importante sería la relación entre A, A1, A2, etc, así como entre B, B1, B2, etc, en tanto suponen dos órdenes simultáneos; esto es, dos perspectivas intrínsecamente relacionadas en sí mismas por su mutua determinación, como comprensión de los aspectos a que se abstrae la realidad para su comprensión; esto es, como el desarrollo perfectivo de la estructura ontológica el pensamiento, en que A y B son conjugados (n), resultando distintamente como A, A1, A2, A3, B, B1, B2, B3, etc. No obstante, para entender esto es necesario o hasta imprescindible eliminar la transmutación que concatena las escuelas N entre sí, y por la que B deviene en A como A1 se transforma en B; eso, al menos eventualmente, y no porque ese orden sea inadecuado en sí mismo, sino porque lo que se busca es la correspondencia de los órdenes de A y B en sí mismos, como valores paralelos. Aunque no obstante, si no se busca esta relación en la simultaneidad misma de la realidad como objeto de conocimiento, se observaría dicha transmutación como queda establecida por sí misma; lo que no se debería a una rotura del orden lógico, sino a que ambas apreciaciones son dimensiones singulares del mismo espectro, aunque en una conjugación excepcional.

Esto sería sumamente importante, pues introduce el elemento de la relatividad, en tanto la condición misma de realidad de los fenómenos se establece por las relaciones en que estos no sólo se estructuran internamente, como una hipóstasis, sino incluso se proyecta en una naturaleza externa, como física. Como ejemplo, uno de los casos más ilustrativos por su excelencia sería el de la carrera de Aquiles y la tortuga, según lo plantea Zenón de Elea; en un certamen en el que la tortuga vence a Aquiles, porque Zenón no incorpora a su análisis el factor de relatividad que condiciona a los competidores en la capacidad individual de los mismos, en tanto un paso (X) de Aquiles equivale a más de uno (Xn) de la tortuga.

V. Acerca de los Problemas-II

El sentido de esta propuesta, en todo caso, no es la solución de problemas concretos y prácticos de la filosofía en una reducción al absurdo, como sería hallar la raíz cuadrada del aperión, por ejemplo; incluso si eso es posible, o incluso si permite descubrir la variable que relacione los números Pi y Fi, que explicarían una de las determinaciones más importantes de la realidad como orden posible. En todo caso, el sistema ni es realista ni pretende serlo, pero permite comprender genéricamente el movimiento natural en que se desarrolla el pensamiento como una evolución acumulativa y perfectible; explicando, por ejemplo, el valor 0 que adquiere el rompimiento de Sócrates con los sofistas, así como su repotenciación con la intrusión del Cristianismo en el espectro reducido del estoicismo y el hedonismo romanos; es decir, el carácter inaugural con que se expande el conocimiento en los diversos niveles que provee el decursar histórico de la cultura como arte de vivir en su producción de conocimiento.

Vale destacar que, aparte de una comprensión del alcance siempre relativo del conocimiento posible, con esto se comprendería también la excepcionalidad que afecta siempre a la práctica filosófica; como en el caso en que se rompe este orden binario, por la reclusión política del realismo a la clausura dogmática del catolicismo, en la Escolástica, impidiendo su desarrollo posterior a una comprensión de lo trascendente; que complementando el desarrollo del idealismo trascendental con Enmanuel Kant, habría evitado la sobredimensión de esta tendencia del pensamiento a un valor absoluto con Hegel; que resolvería la necesidad de algún realismo, siquiera como referente, con los propios excesos idealistas; en diversos pseudorrealismos, como el materialismo histórico de Marx, o propuestas más éticas como el neocinismo de Sartre, con su existencialismo. Esto podría explicar la dificultad del alcance teleológico del pensamiento, propia de las tendencias trascendentalistas, y que las hacen increíbles para las inmanentistas; esto es, al diferenciar las proyecciones del pensamiento en una ecuación de primer o segundo grado, según tengan su objeto en la inmanencia o la trascendencia de la realidad. Aún puede revisarse toda la tradición idealista, desde el trascendentalismo preplatónico de Pitágoras hasta el exceso marxista del Materialismo Histórico; que sólo va de plantear la realidad inmediata como ilusoria, incluso con Platón, a reconocerle alguna consistencia necesaria, pero en sentido lógico.

El caso más ilustrativo sería éste del Marxismo, que se contrae a una teoría política del tipo La República de Platón, o La Utopía de Moro sin literatura; a partir siempre de este reconocimiento de una consistencia necesaria de la realidad histórica, como demuestra su apotegma mismo de que materia es aquello que existe independiente de la consciencia sobre ello; con tanto peso lógico como el ergo sum cartesiano, pero no más, y sin aportar pruebas directas, es decir, no referidas por la lógica; que desconoce siempre el imponderable cifrado en la inexactitud de las constantes (Pi, Fi) como una variable (X). Esta posibilidad de demostración, es probable que ni siquiera pueda establecerse en un desarrollo continuo del realismo hasta el nivel de trascendental; ya que siempre se trata de valores inexactos, como esa imponderabilidad de la vida misma que exige una creatividad constante de los entes vivos, y que los aboca al comportamiento cultural. Pero, tal vez, este desarrollo habría permitido un valor más aproximado, como el que en definitiva se obtiene en toda ecuación que trabaja cifras constantes; ya que el análisis cuantitativo aportado por la lógica estricta del idealismo como valor positivo, y recuérdese que el positivismo nace en el seno del naturalismo racional moderno, se corregiría con el análisis cualitativo de la experiencia misma como valor negativo; lo que tendría incluso consecuencias éticas, resolviendo el estoicismo que compulsa al ser humano hacia la rigidez del deber Ser en una comprensión más hedónica, al determinar su realismo en la comprensión de lo que en efecto puede Ser.

Debe recordarse que, en definitiva, ordenando en su valor histórico y funcional las distintas escuelas de pensamiento, más allá de sus respectivas pretensiones de absoluto, las correcciones finales serían sorprendentes y maravillosas como toda ecuación matemática; resultando en la contracción del realismo tradicional al valor cosmológico que prioriza, y resolviéndolo éticamente con el vínculo epicúreo, más centrado en las cuestiones prácticas con su Pharmacopea; así como el idealismo tradicional se contraería al valor ontológico que de hecho prioriza, dejando su resolución ética a las exigencias estoicas, que tanto se escandalizan hasta con su propio y secundario ontologismo.

En cualquier caso, la propuesta de una aplicación del análisis matemático a la comprensión de la realidad podría basarse en principio en su racionalidad, pero sólo en principio; como en el caso de Descartes, que llevando la intuición pitagórica a niveles de práctica filosófica, trascendiendo el culto místico, sienta las bases últimas de la lógica como necesidad actual. Pero precisamente, el trascendentalismo kantiano descubre la insuficiencia cartesiana, en su restricción a planteamiento de primer grado, para una comprensión suficiente de la realidad en sus fenómenos primeros y/o últimos; ya que ésta permanece elusiva en su propia grandeza, por esa inefabilidad por la que se realiza en fenómenos concretos de modo incluso facultativo y en última instancia incomprensible.

Así, esta propuesta se basaría más bien en el valor universal de la naturaleza en sí como extensión en que pueden ocurrir los fenómenos propios de la misma, cualquiera que ésta sea; como resolución en una inmanencia de una tensión anterior, que como determinación trascendente suya la resolvería con esa inmanencia como el fenómeno concreto que de hecho se realiza. Eso entiende entonces varios supuestos, el primero de los cuales sería ese valor universal de la naturaleza como fenómeno en sí, determinada de modo trascendente en lo sobrenatural; que a su vez, aún como fenómeno no sería una naturaleza sino la tensión anterior en que se relacionen las condiciones que harían posible el fenómeno concreto en que siempre se realiza la naturaleza como real; y eso, a su vez, explicaría la necesidad de que el primer motor aristotélico, postulado por Santo Tomás, sea culminante y no se continúe en una determinación anterior que haría infinito al mismo proceso ontológico; toda vez que esa necesidad no se explicaba más que por sí misma, como la suficiencia absoluta de Dios, y no en virtud de su propia diferencia funcional.

De ahí se entiende un segundo supuesto, que sería el del carácter convencional de lo trascendente y lo inmanente como tales en los fenómenos reales y concretos; esto es, que la separación entre substancia y forma, o una estructura y determinación interna (hipóstasis) y una resolución externa (phisis) sería tan sólo una necesidad cognitiva, resuelta en la propia naturaleza formal del conocimiento mismo. Obviamente, el substrato de éste último supuesto es abiertamente nominalista, mas como corresponde al carácter nominal del conocimiento, resuelto en representaciones sin otra substancia que la que pueda comunicarle el sujeto cognitivo, como idoneidad para la significación de su objeto; y de hecho, sería obvio que las cuestiones cognitivas se resolverían más o menos nominal (potencial) y no realmente (actual), dado este carácter formal suyo; aunque ésta sea en sí una realidad de valor relativo en su consistencia, ya que la tomaría del sujeto de conocimiento y nunca de su propia objetividad; dado que esta se refiere a su propio valor cognitivo, y en tanto el conocimiento es una proyección formal (representación) propia del sujeto de conocimiento, éste es el único real, con consistencia necesaria.

En este sentido, el problema provendría del carácter evolutivo del conocimiento, en tanto fenómeno cultural él mismo, por el que en principio se habría resuelto en sistemas independientes y con pretensiones de suficiencia en cada caso; lo que respondería a la misma dialéctica enunciada sobre la realidad y las naturalezas en su determinación trascendente como inmanencia; al relacionarse al principio contradictoriamente entre sí, para irse distendiendo paulatinamente en una relación funcional, por su complementariedad. Así, en sus inicios histórico culturales, tanto los sistemas inmanentistas como los trascendentalistas se habrían postulado con un valor absoluto y culminante, sin atender a la inevitable parcialidad de sus alcances; según la ampliación del margen de credibilidad de la cultura como fenómeno en sí les otorga y resta preponderancia en su propio aspecto político y económico, es decir, en su más pura inmanencia.

De ahí, entonces, que toda naturaleza, como extensión en sí, sea análoga a toda otra naturaleza, diferenciándose sólo por el fenómeno concreto, que es el que de hecho se realiza; entendiendo a la naturaleza en sí como estructuralidad en que el fenómeno puede organizarse como ya dado en Potencia, más o menos susceptible de culminarse en Acto. Este sería, pues, el valor del número que deslumbrara a los pitagóricos, como posibilidad de comprensión total de la realidad, siquiera como principio; ya que, por otra parte, el carácter continuo de la realidad en las naturalezas, y propia la condición de real del sujeto cognitivo, impedirían esta comprensión última y culminante de la misma. En este sentido, y ya en lo que se propone como pensamiento de segundo grado, la fórmula que permita una comprensión de la realidad en su determinación formal, como naturaleza, debería ser el producto de alguna operación de las constantes Pi y Fi; ya que Pi sería la constante centrípeta que resuelve una cohesión ordenada del fenómeno en su realización excelente, como la perfección y continuidad de la esférica; mientras que Fi sería la constante centrífuga que compulse al fenómeno en una expansión externa, incluso disgregante pero que en ello fuerza alguna evolución, en la resolución de las dificultades que lo impiden. La misma inexactitud, incluso infinita, de estos valores (Pi, Fi) correspondería a esa inefabilidad o fuerza facultativa, el Elán de Espinoza, por la que la realidad se expande y es siempre continua e ininterrupta, imposibilitando el Caos; del mismo modo que la tensión entre los aspectos inmanente y trascendente de los fenómenos en su resolución formal sería estructurada y tensa, no sólo en sus principios sino continuamente; ya que al momento en que el fenómeno dado se resuelve de modo culminante en Acto, o incluso antes de ello, ya desde su postulación como Potencia, es también una determinación trascendente de otro fenómeno, que sería la concatenación en que se da la continuidad de lo real como naturaleza.

De ahí entonces la diferencia entre la realidad en cuanto tal (R) y una realidad en cuanto humana (R1), como categoría esta última que afectaría a la primera exponencialmente (RR1); ya que la realidad en cuanto humana puede conocerse en cuanto tal, pero sólo porque este valor de suyo es relativo; y permaneciendo siempre como consistencia propia de la realidad en cuanto tal (R), que lo comunica al valor logrado por el exponente (R1). Esto ocurriría, además, al introducirse la humanidad como valor activo que de hecho extiende su valor primero (R) en una virtualidad que es así su propio exponente (1) en cuanto fenómeno él mismo; al lograr en su carácter culminante introducir la reflexión como determinación otra que revertida en su propia realidad la afectaría verticalmente. Esto sería entonces otra fórmula, por la que aquella primera de I(Pi) x/ T(Fi) = R, resultaría elevada en (Ipi x/ Tfi)R1, alcanzando las posibilidades específicamente humanas de la realidad; en lo que puede parecer una fantasía poética, y de hecho es una representación, pero establece hasta el margen de lo real como praxis, entre los excesos de Compte en el positivismo como Fi y de Murfi en el negativismo como Pi --żo a la inversa...?--, en otra analogía de la misma realidad.

Obviamente, este análisis produce a su vez problemas que de hecho son inconsistentes si se tratan filosóficamente, aún si este tratamiento filosófico incluye a la teología; ya que la fe cognitiva que exigen las prácticas filosóficas no tiene los mismos efectos sobre la psique humana que la fe religiosa, más propia además del común de las personas; desinteresadas éstas de las complejidades y sutilezas de la filosofía, a la que reducen a su valor utilitario y meramente funcional. Esto último se debe a que el planteamiento de un carácter absolutamente convencional (cultural) de la abstracción, en esos casos de la substancia y la forma, conduciría directamente al problema de Dios; lo que es filosóficamente inconsistente, porque Dios, o la divinidad como determinación trascendente de la realidad en sus naturalezas, no es el objeto propio de la filosofía sino uno más, esto es, en cuanto valor estético y no moral. De hecho, el reconocimiento de una determinación trascendente de la realidad como lo de suyo sobrenatural, incluso en su mismo ser inmanente, es una postulación directa y clara --Ħoh!, belleza inmarcesible de los cielos que se abren para mostrarnos la gloria en que resplandece el que permanecerá por siempre en la misma nimiedad de las cosas!-- de una existencia de eso sobrenatural; en la que sólo habría que hacer las traslaciones necesarias de terminología, posibles dado el valor relativo de los significantes por su convencionalidad. Cómo se entienden en este contexto las narraciones sagradas, sería por demás un problema religioso, no filosófico; que cada religión debería resolver en la medida en que una mejor comprensión de la realidad y sus determinaciones permitiría incluso comprenderlos mejor; pero teniendo en cuenta que anteponer teorías como el creacionismo y el evolucionismo es un sin sentido mayor, ya que más bien complementarían sus objetos propios como resolución inmanente de una determinación trascendente y viceversa

VI-La curva dialéctica del Finis Terrae

Como plus, este tipo de comprensión de la realidad permitiría alguna postulación sobre la evolución de su valor humano; es decir, del devenir histórico de la cultura como naturaleza específicamente humana, en tanto arte (Tekné) de vivir. En ese sentido, se aceptaría que los valores obtenidos son siempre aproximados y convencionales; en lo que además, se partiría, también convencionalmente, de que en este momento la cultura se define como cristiana; al originarse en la misma formación del Cristianismo como cultura, incluso si secular y no religiosamente de modo necesario. Así, se partiría del año cero con el nacimiento de Cristo, que no tiene que ser inevitablemente cierto; puesto que su consistencia es lógica y referencial, y lo que sí es real es ese carácter cristiano de la cultura como fenómeno a comprender.

De ahí, se puede seguir una constante evolutiva, en una suerte de curva que cumple apoteosis cada 1000 años, con hitos a los quinientos poco más o menos; esto es, desde la conversión de Constantino, en el siglo IV, hasta la primera apoteosis del Medioevo hacia el siglo X. Posteriormente, la primera gran apoteosis de la Modernidad, en el siglo XV, y su conclusión con la post-modernidad en términos históricos, con el siglo XX. A su vez, este proceso se iría haciendo cada vez más tenso y crítico, pero acercándose a una distensión conclusiva; puesto que se trata de una espiral, dialéctica, y no de una continuación infinita, si se trata de una evolución. Por eso, desde el simple planteamiento primero de la cultura como potencia de la realidad en cuanto humana (0), en la antigüedad; se iría al planteamiento y realización de su estructura trascendente (1), en el Medioevo; y de ahí al de su realización culminante, en su inmanencia (2), con la Modernidad. La Postmodernidad, entonces, supondría alguna conclusión efectiva, que debería ocurrir entre los siglos XXV y XXX; lo que como adecuación del milenarismo tradicional, concuerda con el hecho de que todo planteamiento sobre la historia y la realidad tiene sentido; aunque éste sea incomprensible en algún momento, y permanezca como intuición o revelación, misterio religioso, hasta que la evolución misma del conocimiento permita su comprensión....

...pero Dios es siempre y todavía más grande,

bendito su sólo nombre


Nota: Este artículo es un primer intento de acercamiento teórico al valor sistemático de la realidad desde un prisma matemático; de ahí su carácter intuitivo, sujeto a posteriores correcciones, que no se han querido cometer en el texto para respetarlo como referencia concreta. En ese sentido, el texto desconoce momentos capitales para el desarrollo del sistema, como la Hipermetafísica de Alfred Harrys; así como contiene corrupciones provenientes de su mismo origen literario, como el mismo nombre original [Ludricae], una fusión espuria que en algún momento se hizo de los conceptos latinos de Ludicae [juego] y Lubricae [lujuria]; para resaltar por analogía su carácter juego de valor erótico, en tanto se trata de la experiencia de realización intelectual.

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