El notable crecimiento de la población latina en los Estados Unidos, atrae naturalmente la atención de los grandes productores y distribuidores; sobre todo porque este crecimiento estaría mayormente asociado a la baja clase media, que por sus condiciones mismas es la más económicamente activa; es decir, la que menos puede retener el dinero, y por ese mismo hábito de consumo está más dispuesta a gastar en productos de entretenimiento. En ese clima, de franca euforia, la editorial Planeta, uno de los productores más grandes del mundo, aterrizó en Miami; pero el problema estaría en que el libro no es un producto de entretenimiento tradicional, sino especializado, y bastante; y esa población latina estadounidense, proveniente en su mayoría de la inmigración, no posee esos hábitos de entretenimiento especializado; al desplazarse justo por la precariedad económica en sus países de origen, que les impedía incorporar tales hábitos. De hecho, justo por sus condiciones económicas, esa masa inmigrante sólo integra la baja clase media en una segunda o tercera generación; pero ya entonces incorporaría los hábitos que provee la cultura norteamericana, cuyas especializaciones son temáticamente distintas de la latinoamericana.
La dificultad podría haberse solucionado con un acercamiento estratégico, que tuviera en cuenta ese problema de los hábitos de consumo; toda vez que el mercado está ahí, pero no es ni siquiera virgen sino potencial, y precisaría del impulso que lo establezca como un nicho real. Miami está poblada de proyectos editoriales, de los que sólo uno ha logrado cuajar en una empresa factible; que es la de Ediciones Universal, pero justo por haber aprovechado un nicho temático, como es la contradicción política que vive la población cubana de los Estados Unidos. Planeta fracasó en Miami, por lo mismo que fracasa la multitud de proyectos editoriales que se generan en la ciudad; por la arrogancia intelectual, en que los autores, que normalmente son los mismos productores, se distancian de los hábitos de consumo de la población local; con lo que pierden la ocasión de influir en ellos y lograr alguna determinación del mercado, como lo logró Universal, a la que tanto critican.
Los problemas del elitismo en la creación artística no son privativos de Miami, pero sólo aquí los autores quedan tan expuestos a la indiferencia del mercado; ya que sólo aquí la contradicción es tan crítica que los autores carecen del apoyo institucional que les tape la realidad con la cortina humeante del glamour y la visibilidad. En definitiva, los autores son gente normal, y como ellos, no son los entes abstractos que trabajan las teorías racional ilustradas desde la Modernidad; pero la precariedad económica de la población local las abocaría al gasto en productos de valor inmediato; es decir, que posean un valor práctico, incluso el placer, pero propio, y no en función de una imagen más o menos festinada de intelectualidad.
Planeta no trazó una estrategia ni comprendió al mercado local, que no es el mismo de Colombia, México o España; sino que se compone de una depauperada masa inmigrante, carente de elementos de estabilidad económica y legal, base imprescindible para el desarrollo de hábitos especiales. De hecho, en el contexto de la cultura occidental, si esos países gozan de un mejor ámbito para el comercio literario, se debería a cuestiones de masa crítica; es decir, que por sus propias dimensiones demográficas y su complejidad socio-cultural, estos países gozan de una tradición de consumo en este sentido; que sin embargo, sólo logra ralentizar el desarrollo de los nuevos hábitos de consumo cultural; pero que no logrará evitarlos a mediano plazo, cuando el proceso de sucesión generacional reduzca el peso de esta tradición ante el avance de los nuevos hábitos. Después de todo, se trata de mercados ya existentes y aprovechados en su factibilidad; pero que no son estimulados, a partir del mismo nivel de especialización elitista que distancia a los productores de arte de sus potenciales consumidores.
Preguntado Eugenio Roca, director de Planeta en Miami, sobre por qué penetrar en los Estados Unidos por Miami en vez de por Puerto Rico, no dio una respuesta terminante; como si se hubiera tratado de dos plazas más o menos iguales, con la diferencia de que Miami estaba en territorio continental. Pero entrar por Puerto Rico habría posibilitado la mediación de un público con hábitos y estratificación afines con el público tradicional de Planeta; y aún, establecer una relación directa o personal con el público, habría logrado sensibilizarlo ante un producto que les es desgraciadamente ajeno. En vez de eso, Planeta prefirió sellar acuerdos pantagruélicos con productores norteamericanos como Harper Collins y Random House; sin tener en cuenta que el público de los productores norteamericanos no puede ser el mismo que el de los productores latinos; justo por la fuerte estratificación política, socio y económicamente determinada. El fracaso, todo fracaso, es aleccionador; el problema es si hay estudiantes en esa escuela. Cuando la mafia dio inicio al magnífico emporio que es Las vegas hoy día, su idea no era enloquecida sino visionaria; pero lo fue porque tuvo visión, identificó un público y tenía un producto para ese público; es decir, podía darse el lujo de pedirle su dinero a la gente, porque estaba ofreciéndoles algo que ellos valoraban, no los subestimó.
¿La crisis del libro es de consumo o de producción?
La preocupación de las políticas culturales por la crisis en los hábitos de lectura exigiría alguna ponderación; aunque se hace evidente, a partir de estudios estadísticos e índices de ventas, que afectan hasta a la industria de medios. Sin embargo, es probable que el problema esté inflado a partir de su inclusión de la industria de medios; cuyo problema es distinto, en tanto su objeto propio es la noticia, no la literatura; y que tanto por la saturación directa como por la simultaneidad, se ha convertido en un objeto irrelevante, y por tanto crítico en su valor de intercambio. De ahí que, al interior de esta industria de medios, se dieran exploraciones y experimentos que tratan de romper el impás; desde el llamado nuevo periodismo, que introduce elementos dramáticos y casi de ficción, hasta el perfil editorial que personalice a los medios concretos por una especialidad. La confusión es factible, en tanto el periodismo como la literatura dependen de la actividad fundamental de la lectura; ¿pero es acaso el hábito mismo el afectado?, ¿es así el mismo problema para ambos fenómenos, a pesar de todo lo que los distancia?. La irrelevancia de la noticia es posible por su inmediatez, en un mundo cada vez más vertiginoso y abierto; no así en la literatura, cuyo valor nunca es inmediato, puesto que es un bien de consumo diferible; y que por tanto no tendría que ser tan afectado por problemas como el de la simultaneidad y el libre acceso.
La evidencia estadística y de índices de venta, también sería relativa y de dudosa exactitud; toda vez que, dados los niveles actuales de educación y su carácter cada vez más popular, esos índices no pueden haber sido antes más altos. Es decir, siempre habría habido una clase media, más o menos especial, que es la que consume literatura; y esa clase media no podía ser mucho más amplia, toda vez que los índices de educación eran muy inferiores a los actuales. Por más que los desarrollos históricos no son necesariamente sincrónicos y obedecen a múltiples determinaciones (Compte), esa proporción no puede haber sido muy distinta en otros momentos. El problema, entonces, parece provenir de las preocupaciones institucionales de la cultura moderna; que habrían distorsionado la espiral de desarrollo, al inflar desproporcionadamente los índices de educación. Eso, en principio, debería haber afectado positivamente al mercado del libro, ampliando el margen de consumo; pero en la realidad, distinto de los esquemas teóricos, las gentes no se comportan racional sino volitivamente. De ese modo, y convertido el prestigio intelectual en un bien intercambiable, la gentes así educadas en la institucionalidad moderna habrían optado por producir antes que por consumir literatura. Eso ni siquiera es tan simple, ya que respondería a otras determinaciones; como el interés de las instituciones en capitalizar el prestigio intelectual, ofreciendo la especialidad de producción literaria y de arte como otra oferta; que estimula la capacidad de producción en este sentido, con toda una red integral de talleres, maestrías y otros grados titulares. De ahí que contrario al esquema perfecto, antes que en un estímulo de la demanda, las políticas educacionales modernas condujeran al estímulo de la oferta, hasta el punto de saturación.
Otro elemento importante, sería el coste relativamente alto del libro como bien de consumo; cuya importancia, sin embargo, es más bien sesgada, ya que iría más o menos pareja con el alto coste de la vida en general. Además de ello, el alza de costes en el libro, como de todo bien de consumo, se debería sobre todo a la pérdida de valor del dinero; debida a su vez a que el nivel de manufactura primaria, base de la estructura total del mercado, debe subvencionar los cada vez más especializados y caros niveles superiores. Al interior mismo de la industria del libro, incluso la artesanal, el precio incluye servicios cada vez más técnicos y especializados; la manualidad de la tipografía móvil y la litografía, por ejemplo, ha sido sustituida por la alta tecnología del software; y así por el estilo, el precio final cubre hasta servicios marginales de información y mercadeo, como el código de barras, seguros e impuestos de importación y exportación; e incluso la especialidad de que se han graduado los distribuidores, con ciencias tan casi ocultas como la Bibliotecología, etc.
Curiosamente, las culturas en que se logró un equilibrio suficiente entre producción y consumo de literatura, fueron aquellas en que distorsionaron artificialmente las estructuras del mercado; subvencionando la actividad productiva hasta el nivel de la insolvencia, de modo que esta esquivaba la presión del consumo necesario, elevando los índices de almacenamiento; pero absorbiendo así el excedente de producción en las políticas de promoción cultural. Es, pues, al interior de los países suscritos ideológicamente al llamado Socialismo Real que se da este fenómeno; y fuera de ellos, en círculos ideológicamente comprometidos con esos mismos principios; como los basados en la institucionalidad política de la cultura moderna, de tendencia socialista, como las universidades y los medios de prensa. En realidad, la industria del libro, como tal, sólo sufriría los problemas de su sobresaturación de oferta; que en buena lid, el tiempo y la rigidez misma del mercado deberían poder corregir de forma automática, aunque lenta y traumáticamente. Lo que sí no podrá corregir la eficacia mecanicista del mercado, es la sobrepoblación de productores potenciales (creadores); toda vez que estos provienen de las prácticas paralelas, masivas y populares de educación desde la Modernidad, creando el cuello de botella en el ingreso a la estructura misma.
A eso se añadiría el otro problema de la especialización temática y de estilo, por el que los creadores como productores potenciales se desligan de los intereses del consumo público. Problema creado también artificialmente, por el interés profesoral y pedagógico a que se reducen sistemáticamente las artes; como proceso de estandarización, para ajustar el producto al índice de mediocridad intelectual de la estructura misma, en la atribución de valor inmediato o utilidad evidente al objeto de arte. Ese problema se soluciona en la misma medida en que los autores logran participar de la gran industria; que canalizando capitales suficientes, puede manipular la demanda, estimulándola de modo artificial con la publicidad. Sin embargo, dada la sobrepoblación de productores potenciales, es difícil que esa industria pueda satisfacer este otro tipo de demanda; que sería la crisis donde se crea todo un nicho comercial para las pequeñas casas productoras, con tal que tengan la visión y el genio necesarios para proponer desarrollos alternativos en su marginalidad. Para eso, el valor primordial sería la modestia y el pragmatismo, que permitan actuar en un sentido estratégico y no táctico; de modo que aprovechando su limitada capacidad de producción, crearían pacientemente el espacio crítico en que se fundan siempre las nuevas estructuras culturales.
Tomado de la plaquette del mismo nombre
Sobre la mesa desnivelada, que esconde las mataduras de su viejo pino disecado con un mantel plástico no muy limpio, como un pájaro que cubre su muerte con vergüenza en el desván de la escuela primaria, los escogidos del epígono han puesto las viandas; y dícese bien de las viandas, porque en el sentido actual del alimento, estos platos desvanecen su suculencia en un régimen de estricto verde que sólo perdona al pollo hervido con lentitud en su adobo. Al verde variado y genérico de los platos de peltre desportillados, se opone entonces el rojo anaranjado de la salsa del pollo, que contiene zanahorias nadando en la sanguinolencia del tomate, un poco más alegre en su metáfora posible que los versos homéricos; y hace bien, pues esto advierte la vocación superficial con que puede adherirse y permanecer en las ropas de los comensales, que aunque ya desastradas se resentirían por un átomo más de mugre.
Alrededor del pollo, que en su salsa se dirige a la ingestión final, como Agamenón sobre la roja alfombra que le tendiera Clitemnestra, se forman las ensaladas en un protocolo de coristas off-Broadway con sombreros de espárragos y tutús diminutos de lechuga; algún tomate cortado en panderetas, que recuerdan el arrebol de las viejas arruinadas de la Habana, proclama una fidelidad de espía con el pollo, que así desdice del tinte anaranjado de las zanahorias. Después, en una tercera fila que expande en óvalo el redondo perfecto del centro, algunos peroles de arroz tratan de atenuar en armisticio la prepotencia del pollo y la combatividad del verde, saltando en un intento de brillo desalentado por el escaso aceite de la cocción; y además de ese desaliento, padece el asalto chusma de las sopas de verdura con sus colores inciertos y transparentes, que terminan el cortejo orbital del pollo, como las chinescas de una bombilla de pocos wats. Como otra dimensión que extiende la sobrenaturaleza con que determina la concreción de lo real, son en definitiva los vinos los que con su sola altura imponen el tono sin ser tan varios; pues como corresponde, son todos de marcas populares que evidencian su procedencia colectiva; y tampoco aportan mayor colorido a la escena, pues el sabor intermedio lo transparentan en el rosáceo algo subido de los blancos de Zifanderl; eso sí, avispantes y deliciosos en la espumosa sensación del achampañado.
Los comensales, reducidos arbitrariamente a diez por el furor del epígono, siempre fiel y escriturístico, para sumar la docena contándolo a él petrino y al maestro, charlaban sin imaginarse el carácter definitivo de la cena. El maestro, nuevo Judas que delegaba su cristología en el esfuerzo del epígono, mostraba la indiferencia habitual que le enajenaba la atención del resto cuando volvían a su estado natural de sensualidad, abandonando el amaneramiento con que se autoinfligian la imagen de dialogantes parnasianos; y sólo el epígono, mereciendo aún más el protagónico de su pasión, escondía su estado sombrío de escolarca cogido en el delito del falso expediente con la minuciosa atención con que mantenía los hilos entre el Tricornio, mal acomodado en su papel de Cristo, y el resto, carente de otro discípulo amado que el tramoyista angustioso. Alguien, quizás sin darse cuenta, por hambre verdadera o por burla, inquietó el lago de alegre sangre en que reposaba el pollo su majestad, amputándole un muslo de los varios con que contaba, como un engendro de las empacadoras asépticas. Las manchas cumplieron su amenaza sobre el mantel, que acorazado plástico sin embargo se burló del intento, con más indiferencia aún que el maestro; para humillación de la salsa que tuvo que contentarse con algún estrago en los dedos del hambriento, hasta donde la buscó una lengua sabichosa de su poca grasa. No hubo estupor en la mesa, sino que aquel ataque fue como la corneta del ataque verdadero, en que la tropa de examanerados abandonó sus últimas maneras y se llovió sobre los platos con desorden y bulliciosa; sólo un oportuno juicio del epígono salvó un muslo con encuentro para el maestro, que ojeaba un libro por debajo del mantel de la mesa, más interesado en sus profundos que en la colectiva superficie.
De pronto se dio cuenta del paralelismo, que de tan evidente había traspasado las cotas de su inteligencia sensible; y sólo como una lejana metáfora pudo retornar en un destello que golpeara su poder abstractivo, aludiendo a su propio alcance metafórico. Aterrado de que la providencia no cumpliera su promesa de hacer paradojal toda circunstancia, relegando el mesianismo más verdadero del epígono, temió ser el protagonista de la cena; pues eso habría desatado sobre él la secuencia aluvial de las estaciones flagelantes que su propio sentido místico rehuía por vulgares y populistas, pues él no era un redentor sino en los límites de su propia catarsis, ajena al conflicto del extraño microcosmos fabricado por el epígono; y en verdad, éste, el epígono, tuvo que asistir a su frustración, abandonando también su hábito protocolario con un Abba de mano hundida entre las verduras, de entre las que extrajo una pandereta roja que goteaba su sangre de attrezzo y se la introdujo en la boca, más o menos feliz consigo mismo. No, no había allí otra carne de nadie que no fuera el epígono sacrificado para el maestro impasible; y los vinos que descendían por los gaznates tampoco eran tan sangre como su pobre espíritu epigónico; y era eso lo que hacía más misterioso y metafísico el sentido que había buscado. El maestro se había retirado de la mesa sin que nadie lo notara, tras su pureza incontaminable, como Judas tras sus monedas; y el mantel de plástico fue el sudario en que el epígono sudó su propia divinidad, desconocida por él mismo como por el maestro y los otros comensales y los no escogidos; y renaciendo a su más plena humanidad, simplemente eructó.
—¡Oh!, una cena lezamiana —había dicho el joven.
—¡Bah!, tonteras —respondió el epígono cuando el otro se aprestaba a enumerar los implementos que necesitaban—; una cena es una cena, y la maravilla se la pone el epicúreo que la transmite en sus sentidos propios, pues el objeto trasciende siempre la minucia del instante en que consuma su grandeza.