| Antonio José Ponte |
Hay un cuadro de Ramón Alejandro que demora ya en venderse. Se trata de una pieza magnífica, su autor no parece encaprichado en conservarla, y a menudo la saca de la casa con deseos de que algún coleccionista se apasione por ella. Pude verla por primera vez, aún sin terminar, en fotografía; la encontré luego en casa de su autor, donde gobernaba el estudio; y he tenido referencias suyas de vez en cuando, en cartas en las que me cuenta cómo el cuadro sale hacia las galerías y regresa. (Se hace entonces preciso devolver a la gran pieza su espacio, toda una pared que la figura del lienzo defiende con muelas y tentáculos y espinas, con boca de dos lenguas). Pero cuando he preguntado a Ramón Alejandro por el apego terco que ese cuadro parece tenerle, le ha restado importancia: a todos los pintores les ocurre la surte de una obra de salida difícil, y ni siquiera ésta sería la más demorada de las suyas. Me ha contado, en cambio, la vida que hacía durante los meses que la pintaba. No voy a ponerme a relatar la historia del pintor y el cuadro, tampoco me propongo denunciar el título de este último; pues cualquier pintura de Ramón Alejandro, incluso las más plácidas, parecen encerrar algo secreto y terrible. Y cuando no pinta lo tremendo, es porque se encuentra pintando el momento que antecede a lo tremendo. Sus máquinas y sus frutas poseen, cada una a su manera, naturalezas peligrosas, y él trabaja en ellas con el mimo de quien consigue destilar muy dulces venenos. Con las máquinas de su pintura más temprana, Ramón Alejandro ha dotado de moblaje e instrumental a los sótanos vacíos que el Piranesi dibujara; consideradas en funcionamiento, tales máquinas trabajan por torsión; o dicho tan claramente como fueron delineadas, resultan ser aparatos de tortura. (Que se torturen a sí mismas, que sean emblemas de autotortura, cabe en lo posible). Desprovistas de fondo, apenas sin plano sobre el que reposar, parecen sacadas de un catálogo de venta para torquemadas. Son obra más de un escultor que de pintor, y más de artesano que de escultor; flotan, listas para el ejercicio de traslación que las condenará al final a las cárceles. Ramón Alejandro resulta en ellas el ebanista de Piranesi. En algunos dibujos suyos más recientes, donde junta máquinas y frutas, puede asistirse al espectáculo de cajas dentadas prestas a despedazar papayas, aparatos muebles que encerrarán la fruta hasta que alcance pudrición. Las clavijas de los aparatos de tortura (que dan la más extraña de las músicas) alcanzan correspondencia con las semillas del mamey y de las anonáceas. No demora, pues, en comprenderse que máquinas y frutas vienen del mismo árbol, han salido de idéntica madera. |
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Abiertas a la vista, como los abrazos en la pornografía, ningún insecto o pájaro aparece para picar las frutas. No conocemos siquiera quién las abre, quién saca de ellas tajada para que el ojo entre hasta lo último. Parecen conservarse en aire idéntico al de las máquinas torturadoras, y es dable suponer que sobre ellas pesa prohibición. Puestos frente a la obra de Ramón Alejandro, cabría preguntarse entonces a dónde llva el Piranesi de sus dispositivos y a dónde el Arcimboldo de esas frutas; pues Piranesi y Arcimbolo han venido a reunirse con él. Uno escapó de dibujar arquitecturas palaciegas, para hacer arquitecturas de palacios de la muerte, cárceles o ruinas; el otro, que elevó al cuadrado el retratismo, amontonó con la maña de un vendedor de limones, y pintó rostros apilando vegetales, tarecos. Ambos (y con ellos Ramón Alejandro) dejan sospechar un fondo de esterilidad amenazante, vencido con labores extremadamente artificiosas; existe en ellos una desesperación acerca de cuál puede ser el tema de la pintura; y los tres son prófugos de la cárcel de la invención, huyen de la pintura con pintura, con pericia sobrada. Colocadas sobre un mantel, las frutas de Ramón Alejandro no arrojarían más que hermosas naturalezas muertas, bodegones; Ramón Alejandro se ha convertido, sin embargo, desde el pensamiento sumamente frígido de sus primeras obras, en un pintor extremadamente imaginativo, fecundo en variaciones sobre un mismo tema. Los sótanos del Piranesi permanecen vacíos, de vez en cuando alguna figurit sin interés permite que nos hagamos idea de lo alto de las bóvedas; una polea y un grueso rollo de cuerda se esquinan, y quien tortura en ellos ha de ser individuo ordenado, meticuloso al recoger los instrumentos; Piranesi nos ha dado espacios vacíos para hacernos esperar. Arcimboldo, por su parte, entrega el ápice en que las cosas e juntan nerudianamente, forman el equilibrio de una igura caleidoscopio; un toque, un estornudo, y se romperá todo; una reja que se abra, y estará roto el silencio de tumba de los sótanos; no hay persona confiable en el muñeco de nieve, ni cárcel sin prisioneros. Del mismo modo que ellos dos, Ramón Alejandro se ocupa en pintar difíciles momentos de equilibrio; lo peligroso del instante de equilibrio pudiera ser su tema. Pinta ofrendas, y es por ello artista de lo terrible, del misterio; ante un cuadro suyo se está a punto de entrar al tiempo prohibido, al momento en que dejadas las ofrendas encima del escaparate, o en una esquina del cuarto, nos perderemos siempre. (Una lengua invisible rebañará el almíbar, un soplo venido de no se sabe dónde sorberá el corazón caliente de paloma). Asumir la comida de un rey es un honor grandísimo. (Ramón Alejandro es pintor de ciertas cotes dadas a estudios herméticos, a pinturas de visiones y jardines mecánicos. Un tondo, un monstruo suyo, compuesto por mamey y unos espejos, habría sido muy del gusto de Rodolfo II de Praga). Tener a la vista la mesa de los dioses es el honor máximo, y la pintura de Ramón Alejandro está repleta de esa posibilidad. |
Más allá de las frutas a la espera, cargadas, imposibles de tanta responsabilidad sobre sus cáscaras, se ha atrevido alguna vez a los dioses comiendo. (Lo convierte, decididamente, en pintor mitológico). El cuadro del que hablaba al principio, el que guarda en su estudio, es prueba de ello; la devoración, la carnicería, la lucha, lo sexual, están frente a nosotros: está ante nuestros ojos un dios. A menudo, cuando pienso en el trabajo de Ramón Alejandro, pienso en la convivencia que esas dos figuras intentan dentro del espacio no muy grande de un estudio; calculo la voracidad lenta de un dios y la calma, la complacencia, con que un pintor contornea el peligro.
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