Leonora, de Elena Poniatowska  /  Viñeta  /  Life of Pi  / 

Inestable, de Pablo de Cuba Soria  /   La divina tribulación de Juan Cueto Roig    /   El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura [expedientes I y II]  /   El sueño del celta, de Mario Vargas llosa    /    Lágrimas en la lluvia, de Rosa Montero

        

El Manierista Productions

Miami, Julio 2011                   Ediciones Itinerantes Paradiso en youtube

Antes, cuando las estructuras no eran científicas sino culturales, la muerte del rey llegaba con heredero designado; por eso, el grito de anuncio era ¡El rey ha muerto, viva el rey!, como en este caso. Porque El submarino amarillo fue una etapa de juventud que se apresura, como El tonto de la colina fue apenas infancia; y hoy, Miami Crítica pretende alzarse como muestra de aunque sea mayor madurez. El cambio es seña también de otros más estructurales en todo el concepto de Ediciones Itinerantes Paradiso; pero sobre todo, y como un plus, permitirá el diseño de números temáticos, sin esa generalización no direccionada de la crítica. Los cambios incluyen una mejor adaptación a las condiciones reales del mercado contemporáneo, incluso en la cuestión tecnológica de acceso a la literatura; y aunque persiste la obsesión de los libros artesanales que emulan la producción industrial, estos quedarán realzados en su condición boutique de Vintage. Así, pues, queden con la nueva Miami Crítica.  

Leonora, de Elena Poniatowska [Planeta]

La primera mitad del siglo XX fue pródiga en personalidades fuertes, que extendieron su arte por sus propias vidas; de modo que desde la segunda mitad de ese siglo, la Historia del Arte ha desarrollado la nueva modalidad de historiar esas personalidades. La novela Leonora trata de eso, de una de las personalidades más intensas y atractivas del movimiento surrealista; esbozada por una Elena Poniatowska que es a su vez una de las escritoras más interesantes del México contemporáneo. México es, din dudas, uno de esos lugares especiales de la literatura latinoamericana; a la que ha aportado desde tópicos y estilos completos, hasta autores que colocan su tradición entre las más importantes del mundo.

Viñeta

por Ignacio T. Granados Herrera  

Cualquier antropología del conocimiento desmiente con descaro las más sólidas afirmaciones de la praxis; no es posible imaginar lo que no existe, concluye el pensante sin detenerse en apariencia en la calidad irreal de lo imaginado. Una mujer con alas de abeja y patas de cabra no existe, espeta el escéptico concluyente; pero existen la mujer, las alas de abeja y las patas de cabra, le guiña el pensante al escéptico. El silencio es un algodón de oro, horadado por la suspicacia del pensante; lo que no existe, aclara, es la relación clara entre ellos, y esta no es imaginada sino encontrada, por lo que existe aunque no sea obvia. El oro se torna de algodón en líquido, para petrificarse en hielo lumiscente; una mujer así no es inteligente sino absurda, pero no menos real por ello, e inteligente es la relación que la conforma.

 

De ese modo, en esta novela se da la situación perfecta, con un objeto situado y una mano maestra para narrarlo; Poniatowska, de hecho, es de esos pocos que puede cruzar seguro el puente colgante entre la literatura y el periodismo, en el que se despeñan no pocos. Leonora Carrington fue no sólo una más entre los surrealistas, lo que ya hubiera sido bastante; sino que fue también una de sus figuras más descollantes, y gracias a su condición de género pudo ver las falacias sublimes que corrompieron al movimiento. Resulta curioso, cuando menos, esa visión sobre la objetualización del sexo y el género por parte de los surrealistas masculinos; que significaron otro convencionalismo, ante el que protestaron figuras más débiles que creyeron en principio en la liberación anticonvencionalista. Esa es una de las maravillas de este libro, como un testimonio inusualmente desapegado; un panorama de la situación, que contrasta con el paisaje idealizado de la experiencia latinoamericana en ese París que fue supuestamente festivo.
Está bien, se toca el Diablo la barbilla, pero entonces el absurdo existe; en efecto, esgrime el pensante su crucifijo y su rosario de ámbar, aunque sea absurdo. Pero, se torna el Diablo de un azul violeta y mira al oro, ¿no es ella un añadido a la realidad?; no, murmura el pensante sus conjuros, porque la realidad es la cosa extensa en la que todo está. ¿Dónde está esa mujer en la realidad?, se burla el Diablo tratando de hurgarle al pensante bajo los hábitos; en la condición de irrealizada, esplende el pensante, incluso de irrealizable, insiste, en la potencia que se realiza o no.

    

En realidad, Poniatowska logra mostrar que no pasaron de ser una pandilla más o menos facinerosa y camorrera; no ya que Bretón era autoritario y Dalí un burgués interesado más que excéntrico, eso ya se sabía; pero no era tan claro que el peruano César Moro —o!, les vices— no pasaba de ser un pusilánime e inconsecuente, ni que la misma esposa de Bretón desconfiaba de su tan sublimado ego. Eso sí, de todas formas, porque el genio es genio, Poniatowska no juzga sino que observa; por eso puede accederse al meollo de ese grupo, que con todo y sus defectos sí fue iluminado y más o menos auténtico en sus pretenciones. En todo caso, y más allá de ellos mismos, desarrollaron y aportaron una nueva sensibilidad; de eso es de lo que se trata, y Leonora Carrington es la espina dorsal perfecta para armar ese esqueleto, por el contraste mismo entre su fuerza y su debilidad.

—¡Bésame el culo, y serás el dueño de todo dominio! —se rinde

        el Diablo—.
—¡Atrás, embaucador!, que todo dominio es mío —y retírase el pensante a medir la prisa de la tortuga que reta a Aquiles—.

               

   

A lo largo del libro, entonces, desfila un prontuario de todo el que fue algo en el Surrealismo; y los retratos son descarnados, sin tanto miramiento innecesario, por uno de ellos mismos. Quizás se deba a que la misma procedencia de la autora no palidece en excentricidad frente a la de su protagonista; de modo que la escritura discurre serena, haciendo gala además de un manejo magistral de la lengua y sus recursos, al punto de lo poético a veces. Esto en particular, que generalmente está muy bien logrado, resulta un poco forzado al principio; cuando el dibujo de la infancia pasa con facilidad de la ternura a lo empalagoso y lo artificial, felizmente corregido hacia el segundo tercio del libro. Especialmente dramático e impactante el tratamiento de la locura en la Carrington, que por tratarse de un caso concreto ni se teoriza ni se sublima; de modo que se asiste a ese contraste entre el tópico estético más habitual al Surrealismo y la realidad de quien lo vive, y que justo por eso desconfía de tanto genio. Leonora es, en fin, un magnífico acercamiento a una personalidad compleja e igual de magnífica; con mucha ganancia colateral, como el establecimiento quizás definitivo de esos elementos que hacen aún incomprensible a ese movimiento, aunque muchos no lo reconozcan. Después de todo, el movimiento mismo ya es un clásico que se aleja difuminándose en el tiempo; así que tocan estos acercamientos que lo despojen de su propia mitología, para apreciarlo mejor en su más cruda belleza.

Life of Pi
Vida de Pi
[en inglés]

 

 

Con un elogio sobre su gran carga metafísica, Vida de Pi sin embargo no está relacionada con el irracional matemático; ni le hace falta, como tampoco el comercial descarado de una historia que te hará creer en Dios, en lo que ni se esfuerza. Se trata de las increíbles vicisitudes del improbable Piscine Molitor Patel, que contrae su nombre a Pi para evitar asociaciones fonéticas con el acto de orinar [inglés]; en lo que se convierte en un ocasional juego dramático bastante divertido, que ni remotamente anticipa la intensidad del drama al que antecede.

Esa última contradicción —paradoja más bien—, es otro recurso del autor; que en un manejo magistral de la ironía más cándida consigue sorprender con el alcance del más despiadado horror. En verdad, la historia de Pi Patel consta de dos historias, una con animales y otra sin ellos; en que la primera es a todas luces una metáfora de la segunda, pero esta no se conoce hasta el final, y es atroz. En el entretanto, el autor consigue rescatarnos la experiencia de la lectura inocente; una lectura asombrada e ingenua, como de aquellas aventuras juveniles de Robinson Crussoe o las de Salgari. De hecho, en algún punto el libro recuerda incluso a la majestuosa fábula de Simbad el marino y al clásico que lo inspira —según Borges—, La Odisea. Esta historia de pi Patel tampoco necesita la incomprensible intrusión de pasajes dramáticos, con que trata de reforzar su estilo documental; pero estos son tan leves y esporádicos, además del buen juicio con que se despliegan en forma paralela, que se pasan con facilidad y se perdonan.

Inestable [Ed. Silueta, Miami],

de Pablo de Cuba Soria [Poesía ]

En arte el experimento es siempre legítimo, y el discurso suele ser irrelevante; pero es el discurso el que presiona hasta la determinación de la forma, que sería a su vez la que lo substancie. La decadencia inevitable no es achacable nunca a la convencionalidad de la forma, que sólo la muestra; prestando el poema al experimento, que puede abusar de su legitimidad en una nueva sublimación del pedestre discurso. A la molestia con el temprano decadentismo moderno, se debe el abuso experimental; cuando las vanguardias explotaron el vasto y fresco campo de la posibilidad aún inexplorada, para agotarla en otro convencionalismo.

No obstante la convención también es susceptible de esplendor, según el genio que la realiza; que es el caso de Pablo de Cuba Soria, intelectualista en exceso que accede misteriosamente al esplendor poético. En Pablo como en todo arte, el experimento es legítimo y el discurso tiende a la irrelevancia; sólo que es ese discurso el que le presiona y compulsa al experimento, cuando —puede que por intelectualizante ingenuidad— se niega a replegarse a la banalidad habitual a su ser discurso. En definitiva, la postmoderna popularidad de las formas del arte desmiente la especialización de la sensibilidad artística; pero la construcción es otra cosa, y Pablo no surge de la nada sino en medio de un valle fértil, donde la experimentación y el retruécano ya son el canon; un resultado que responde a la progresión del más auténtico surrealismo, con figuras canónicas como Don Lorenzo García Vega y José kóser. Vega, para su bien tiene otros derroteros [la narrativa] en que se hace más fresco, pero no así Kóser; de modo que entrambos resultan como los preparadores de esta nueva esplendencia que es la poesía de Pablo de Cuba Soria.

    

El libro está pautado para estrenarse en versión cinematográfica en el 2012, con Gerard Depardieu en un papel que promete reivindicarlo después de tanta tontería; y de cierto, la novela es tan cinematográfica que no tiene ninguna posibilidad de ser traicionada por el filme, como es lo habitual. Esta historia de un nuevo Simbad trae buenos y merecidos premios desde su salida en el 2002, incluido su reconocimiento como un Best-seller total; y los premios en todo caso son del mercado anglo, que es mucho más racional y confiable que el hispano; explicando además los altibajos del mercado en de ficción en español en los Estados Unidos, que exhibe con impúdico academicismo su desconexión del público real.

El poder secreto de Pablo reside en el estilo, que accede al intelectualismo feroz sin concesiones; ya desde una sintaxis que impone la lectura a trompicones, obligando a ese extrañamiento [Brecht] que distancia y objetualiza. A partir de ahí, en un efecto que no es sorpresivo pero sí alevoso, el autor logra comunicarse; es decir, despliega la experiencia dramática de una áspera realidad, que en este caso es lo que importa, aunque justo por su aspereza. Lo que hace banal a la crítica de poesía es lo habitualmente que se recrea en esa banalidad del discurso, como si este fuera original; es por eso que —se dijo— resulta preferible la frescura de la forma, que en Pablo es inusitada por sobre lo trillado de los caminos que sigue. Así, la tremenda originalidad de sus formas se hace única; esquivando incluso los guiños tentadores de Maese Piñera [Virgilio], para asentarse por sí mismo; y el desconcierto de tales atrevimientos es otra arma a su favor, reconociéndolo secular pero determinante y único en su eficiencia causal.

Divina

tribulación

de Juan Cueto Roig

Si hay un oficio tan azaroso como ineludible ese es el de traductor, que Cueto Roig ejerce con graciosa alevosía; y al todavía reciente revuelo que causó su polémica traducción de Kavafis, añade más recientemente una reincidencia explicativa. Esas divinas cosas es un compendio de traducciones suyas, en las que además expone las dificultades del ejercicio, sin que la justificación resulte quejosa ni con melindres. Del oficio, en definitiva, pueden emitirse innúmeras opiniones; pero siempre tendrá que regirse por el pulso del traductor, su buen juicio y su capacidad

     

A Pablo se le ha criticado la intrincada puntuación, como si respondiera —estos brutos inevitables— a una sintaxis regular; lo que es el detalle que le hace
más auténtico, y adensa su afán por el experimento, que no pretende forzar la forma pero esta resulta irrevocablemente forzada; ¿pero no dijo Paz que Picasso exaltaba la forma con su destrucción?, ¿a qué tan pacatos escándalos?. Hay diferencias entre la pretensión, que suele ser snob y banal como un discurso, y el hecho innegable de lo ya dado; esa capacidad para la desazón ajena es su mejor recurso lexicográfico, e impone la textura asombrosa de sus poemas. No es una lectura fácil, pero no le interesa serlo; se enfoca en el abalorio que le entretiene los dedos, y bendito el escogido que accede a ese deslumbramiento. Eso sí, ha de repetirse, es una lectura que viene condicionada; más allá incluso de la propia expectativa del autor, que de tan intelectualizado quizás ni comprenda la profundidad de su analogía, como Eros repartiendo irresponsablemente sus flechas de oro y plata.
ponderativa, que en su caso hace honor al calificativo de juicioso. Ejemplos pone que justifican su liberalidad, pocos —puede que por modestia— aluden al caudal de referencias por las que toma una decisión; develando el sanctus misterioso por el que no puede ni debe negarse al atribulante ejercicio, que es el placer más enajenante del mundo. Al fin y al cabo, y hablando en propiedad, traducciones hacemos todos y en todo momento; desde que la más simple lectura responde a una compleja decodificación de signos no tan convencional sino muy aleatoriamente establecidos.
El hombre que amaba a los perros, expedientes [de/sobre/con] Leonardo Padura

Expediente I

El hombre que amaba a los perros, como advierte el autor, no es la increíble historia del revolucionario Trosky y su fiel ejecutor Ramón Mercader; por el contrario, en uno de los más hábiles enroques dramáticos, se trata de la agónica catarsis de una generación, que se sostiene en esa patética parábola. El problema es que resulta muy difícil sobreponerse al monumento histórico del asesinato de Trosky, con un lánguido drama sobre el miedo y la impiedad; aunque eso le permite al autor una estructura muy original, en que hasta la segunda parte Padura escamotea el verdadero drama y su leit motiv. De cualquier modo, la primera dificultad con esta novela no es esa, sino el lenguaje; que en sus primeras cien páginas hace gala de una prosa excesivamente poderosa, plagada de florituras artificiales, rebuscadas e innecesarias; imponiendo con sus descripciones de superproducción cinematográfica un tempo que no casa con la historia, como una tendencia de escritores enclaustrados en la necesidad de escribir como los ángeles. Afortunadamente, ya a la altura de la página cien el word issue is pass on, y Padura cae en un lenguaje de seco realismo que le viene como guante a la mano a esa monstruosidad a la que se atreve; porque hasta la altura de la página doscientos, el autor lleva las tres historias paralelas de Trosky, Ramón Mercader y el triste escritor Iván.

Si el drama central es la sinfónica agonía del escritor Iván, de todas formas no logra imponerse hasta la segunda mitad; pero el problema es que precisamente el asesinato de Trosky es lo que sostiene a esta segunda parte, como especie de overtura de trescientas páginas. La dificultad es real e inevitable, y debió ser tan ardua para el autor como lo es para el lector; pero Borges —el Santo— advirtió que las deficiencias del Quijote soportaron toda adversidad, mientras la perfección de Góngora no sobrevivió a ninguna. El resultado es grandioso, aunque apartado de las grandes catedrales de Lezama Lima, Carpentier y hasta Cabrera Infante; porque esta novela recupera en su violencia el latido catártico de su tiempo, con la parca agudeza del mejor realismo crítico since Emile Zola y Balzac.

Toda representación formal —y el arte lo es— es necesariamente simbólica, incluso si no se formula con ese propósito expreso; que es lo que valida la suficiencia de la reflexión analógica sobre la fáustica insuficiencia del pensamiento moderno, eminentemente mediocre y convencional. Es en este simbolismo, y por sobre toda politically correctness que el Iván de esta novela se relaciona con Ana como Adam [Eu] con Eva [Eua]; que siendo su propia extensión [a] como Bien [Eu], dice la última palabra sobre su destino. Nada más patético que el planteamiento de este drama, en que se narra la vaciedad del hombre que es Iván con la muerte de Ana; una mujer corroída por el cáncer, debido al debilitamiento de la osteoporosis, debido a su vez por esa amenaza nacional que fue la polineuritis periférica.

    

  

Ana, como la Glasnot soviética sobre la Cuba de los 90's, llegó a la vida de Iván "cuando más la necesitaba o menos [me] convenía"; y llegó para secarlo como un empujón por la inopia de su vida, el más descarnado espejo. Saber la verdad demostró ser tan traumático que no se le pudo sobrevivir con un espíritu débil y envenenado como el de la generación de Iván; que es lo que resalta el personaje de Ana, rescatándolo del eventualismo puntual para abrirlo en su verdadera dimensión ontológica. Nada menos emotivo que el comienzo de este romance, en que ella [¿Naturaleza?] lo enfrenta con la verdad que esquiva; en una aventura menos optimista que la egoísta fascinación de Bretón con Nadja y el escritor de Cortázar con la Maga, esa difusa novia que persiguen los artistas.

Expediente # II

La facultad del arte sobre la filosofía no residiría sólo en el poder reflexivo de la metáfora, que en definitiva no es más que una contracción a la función primaria del antropomorfismo; también en el sentido del pensamiento racional retendría esta relevancia, en tanto su falta de compromiso le permita una mayor y objetiva ductilidad. El caso del Marxismo y esta novela de Padura aportan un buen ejemplo, en tanto la crisis del héroe aboca a una revisión existencial; que no es del objeto en sí sino de sus circunstancias, y con ello permite otras ponderaciones. Marx en este caso refleja las contradicciones del intelectualismo moderno, cuando el mismo carácter cuasi revelado y carismático de sus intuiciones en filosofía política es lo que lo empuja a atropellarlas; con una exigencia de fractura que termina por distorsionar y retrasar lo que obviamente debía resultar de una evolución natural, como la creación de una base económica y de madurez intelectual previa.

Al final, Iván muere aplastado por el techo bajo el que había aceptado mal vivir; e independiente de la maestría del autor para esta finta dramática, es en ello que esto significa el testamento de su generación. Si las teorías del estagirita resultan ciertas en lo que respecta al conocimiento agente, como ya parece ser, esta novela acusa graves interrogantes sobre el momento histórico con su valor testamental; como un rescate del espíritu crítico, con el que se supera el convencionalismo moderno para llegar a un humanismo más moderado y efectivo. En definitiva, la revolución rusa fue el estrechamiento de la amplitud marxista a la supuesta necesidad histórica; urgencia no menos irracional que la necesidad teológica que postuló la virginidad y el tránsito de María, no menos supuestos. Con la pérdida de su valor utópico, el Marxismo se acerca así a su máximo esplendor crítico; curioso que la reflexión la provea un arte obviamente postmoderno, que adecua la feroz incandescencia intelectual del racionalismo al aportarle la dolorosa experiencia vital.

En ese sentido, es interesante descubrir las reservas de Rosa Luxemburgo respecto a la urgencia política de Lenin; cuya visión de liderazgo intelectual del proletariado sería la que produjo una inevitable élite política, con su consiguiente alienación bajo presiones coyunturales, como ese manto falaz de la necesidad histórica que alimentó la impiedad. En todo esto parece especialmente importante el elemento cultural, por el que la estructura política del zarismo pervivió en el modelo programático de los revolucionarios rusos; tal y como la del imperialismo chino terminaría por determinar el modelo represivo de su revolución, y la del Tiwantisuyo pervivió [¿dialécticamente?] en el virreinato del Perú; permanencia que también Octavio Paz criticó en la cultura política del México contemporáneo.
 

El sueño del celta

[Alfaguara]

Los entresijos de la condena de Roger Casement con los conflictos del Ulster como fondo, eso es una buena trama de por sí; más en este caso, en que un escritor magistral y desaprensivo en ello se adentra parco documentalista en el asunto. De ahí la estructura funcional y serena, en que los penosos días en la prisión de Peton Ville sirven como espina dorsal en que colgar el pasado de Casement en instantáneas de retrospectiva, que alumbran el presente con su memoria fragmentada del pasado. By the way, este libro parece la ocasión perfecta para reconciliar a Vargas Llosa con su destino de clásico indiscutible; que parece no haber encajado muy bien de principio, a juzgar por la suerte desigual de La fiesta del Chivo.

En este sentido y como ejemplo, con El sueño del celta el autor dibuja el humanismo [la filosofía] de Casement de forma relativamente objetiva; sobre todo porque lo separa de ese gran mito del Humanismo anglosajón, que aunque sin mayor crítica se reduce a su pragmática determinación económica. No por gusto su marco es el auge del industrialismo inglés, y una de las claves más sensibles es la esclavitud y la explotación como ejes de la máquina magna; también la grave contradicción política que es el Ulster, esa superposición de irlandas católica y anglicana, que Casement reproducía en sus propios padres. Como plus, aunque es obvio que el autor opta por su protagonista, es lo bastante objetivo como para tener en cuenta la complejidad de la situación; aquellas razones de estado que revolvían el estómago del estadista, y que llevó ese Humanismo suyo a los límites mismos de la confesión: "Gran Bretaña aliada de Bélgica no quería echar a esta en manos de Alemania", un entramado como para enloquecer a un humanista convencido con los recovecos de la diplomacia tradicional.

No hay que buscar aquí la emoción romántica de las historias de la selva, pero sí se encuentra la seca descripción del adelantado místico Henry Morton Stanley que había cautivado a Casement; y tampoco se trata de la lujuria que aflora en La casa verde, aunque sí esa no menos seca descripción de la brutalidad y la rudeza que despliegan los hombres adentrados en la selva. También la intermitente aparición de David Livingstone, el patriarca de aquellos aventureros y probablemente el más verdaderamente humanista; sobre todo al acentuar el aura tétrica de cinismo que ensombrecería a Stanley a los ojos de Casement, que curiosa y hermosamente son los de Vargas Llosa. A tal punto serían límite las experiencias de Casement en los tres escenarios en que desarrollo su carácter, que en todos tuvo quebrantos físicos y psíquicos; de los que asombrosamente lo sacaba la férrea convicción sobre la trascendencia de su objetivo.

Particularmente interesante la madeja de conspiración, espionaje y provocación que envolvió a Casement en tratos con la Alemania nazi; sobre todo por la angustiosa ambigüedad de la situación en que los irlandeses se debatían entre uno y otro lado del frente, siempre en lineas ajenas. Lo más curioso de todo esto, y ahí tiene mucho que ver el olfato de Vargas Llosa, es que Casement no tiene nada que ver con el típico héroe estoico que se esperaría; tan pusilánime para tomar sus decisiones como arrebatado y firme para seguirlas, es en las selvas del Congo donde perfila el anticolonialismo que lo lleva a enfrentar a Gran Bretaña y enredarse con Alemania; y sus trastornos son quizás el fresco más efectivo, mejor que cualquier ficción, para comprender la complejidad de ese tiempo suyo. De hecho, la maduración de Casement como nacionalista brinda aquí un nuevo conflicto muy contemporáneo; y es el del culturalismo [antioccidental] por rechazo a la estandarización imperial. Un caso de Civilización Vs Barbarie, en el que Vargas Llosa no opina [Hummm]; sino que, por el contrario, penetra en las causas mismas del conflicto, revelándolo en su complejidad y sutileza.

Es también muy intensa, casi a niveles de thriller, la parte dedicada a la revolución irlandesa; una aventura rebosante de escenas dramáticas por su densidad histórica, que nos acerca a uno de los conflictos más singulares de nuestros tiempos. Eso sí, la cereza del pastel queda rebajada a soporte explicativo, gracias a la fina mesura con que el autor se adentra en la nebulosa sexualidad de Casement; primero porque deja claro que los límites del arrebato filosófico [humanista] son difusos, y segundo porque pone el escándalo en su modesto lugar cuasi literario desde su origen mismo.

Eso, por ejemplo, explicaría la impronta del machismo carismático y oportunista de los comunistas cubanos como un producto de entera manufactura nacional; que heredado de las bases mismas del proceso de independencia [Maceo Vs Martí] no dudaría en el temprano aventurerismo con que Fidel Castro llega a intentar una invasión de Santo Domingo.

Volviendo sobre esta facultad de la literatura para la reflexión histórica y no sólo ontologista, eso se debería a su capacidad para comprender las estructuras culturales; justo el handicap del racionalismo moderno, dado su apego a fórmulas abstractas [racionales], incluso como dogma con un alto nivel de suprematismo intelectual. Nada de eso debería sorprender a nadie, si el Comunismo sólo sería una secta —la más virulenta quizás— de esa nueva religión que fue el Humanismo moderno; a cuya corrección inmanentista debemos no sólo este horror, sino también virtudes como el Capitalismo industrial [Vs Slavitude] y una filosofía del Derecho como inherente a la misma Humanidad. Basados en este sustrato religioso, los tempranos comunistas cubanos habrían actuado como correas transmisoras equivalentes a la prédica de San Pablo; explicando las contradicciones subyacentes, de origen y naturaleza cultural, pero no más divergentes que el politeísmo práctico griego y el mesianismo iluminado judío. Curiosamente, la revelación de San Pablo [Hechos 9.4] apunta a una experiencia espirito-intelectual y no ffactual como la del resto de los apóstoles; y su prédica apunta a esa urgencia de la necesidad teo/lógica [1Cor.14] que se revierte como histórica ante las vacilaciones de Pedro [¿Rosa Luxemburgo?].

A todo lo largo del proceso ruso hay sutilezas que explican estas contradicciones evidentes, que más tarde atentarían contra el propósito mismo del desarrollo trascendente como en el caso mismo de la Iglesia; tal y como el carácter oportunista del bolchevismo ruso [¿Constantino?], en cuya urgencia carismática capitalizó la transición rusa al Capitalismo; comprometiendo en una proyección internacional su endeble base popular, con el expediente supremacista de su propio carácter iluminado. Esta precariedad del oportunismo de los comunistas, se vería especialmente en el auge y caída del Comunismo en la Hungría de Bela Kum, por el vacío de poder con la rotura del imperio Austro-Húngaro; demostrando ese extremo coyunturalismo, que sólo podría conducir al caos [Bela Kum] o a la dictadura [Stalin] luego del triunfalismo evangélico y carismático [Lenin].

Curiosamente, esta capitalización leninista de la revolución rusa, que conduce a una guerra civil y la intrusión previsora de la Entente, se asemeja en Cuba a la manipulación de Fidel Castro sobre el gobierno transicional de Urrutia; revelando un problema de carácter universal en esta manipulación, que finalmente siempre se revierte como una suerte de pecado original. La insistencia de la disidencia externa cubana en este tipo de manipulación, antes aún de cualquier logro efectivo, explicaría su imposibilidad de estructurarse en una alternativa efectiva y consistente; como una marca [¿Caín?] de que, al momento de la transición, estas contradicciones podrían resultar insuperables.

Como en todos los otros casos, entonces, ese sentido intelectual de urgencia lógica sería el que impida sistemáticamente cualquier ponderación filosófica; pero que no alcanzando a eliminar ese mismo elemento intelectual del proceso revolucionario, lo concentra a su vez en la élite especial, que termina a su vez por desconectarse de las necesidades reales. Ese sería el proceso de alienación que tipifica a las élites en su carácter representativo, incluso en las democracias tradicionales y el empresariado capitalista; explicando el proceso inevitable de la institucionalización burocrática, en que las cúpulas ejecutivas son las que ponen en peligro la función institucional misma.

La oposición actual al Marxismo es reactiva y de principios, lo que avisa de su estado transitorio; y en ese sentido, quizás sea válida la decisión de Padura de no incluir en su crítica las acciones decisivas de Lenin y el propio Marx. En definitiva y primero que todo, no se trata de un tratado de historia sino de literatura; en una suerte de posposición ponderativa del objeto histórico, que invita en forma pasiva y gentil a una revisión no programática del fenómeno. En definitiva también, el público natural de esta novela no es la Humanidad sino esa generación humana del escritor Iván; es decir, esa multitud que del Marxismo conoce lo que suplieron las batidoras estandarizantes de la Lomonosov, también naturalmente descalificada. Ahora, esa generación tiene a su disposición toda la literatura especializada producida por la crítica occidental; que aunque menos histriónica que la primera línea del Manifiesto Comunista, puede iluminar los intrincados senderos de ese laberinto que nos legó el siglo XIX. Si alguien recuerda que a las incandescentes distorsiones leninista algunas vez se consideró añadir los esperpentos fidelistas, ya puede imaginarse la pertinencia de esta depauperación de contenidos; porque más allá de la fausticidad —propia de su tiempo—, Marx sí fue un avanzado del pensamiento político, y tuvo intuiciones notables. En algún lugar entre Marx y Weber se esconde el fragmento de la verdad real, y quizás el inspector Mario Conde pudo evitar la demoledora desesperanza del escritor Iván; aunque para eso, claro, el divino Conde requeriría de otro drama conmovedor, que bien puede aportarle esta tragedia del amigo Iván.

Lágrimas en la lluvia, de Rosa Montero [Planeta]

Rosa Montero es una buena escritora, como suele serlo un escritor contemporáneo y de la editorial Planeta; sin sobresaltos espectaculares pero sólida e interesante, con suficientes referencias y obra personal, aunque sin mucho atrevimiento. No obstante, esta novela suya deslumbra con un juego tramposo y simpático; una trama inesperada y fresca, que habla mucho de esos recursos que la hacen interesante. Se trata de un drama de ciencia ficción, que narra los conflictos sociales y políticos entre la especie humana y los ya predecibles androides; en realidad, la trama es detectivesca y de espionaje, pero el paralelismo espeluznante logra explotar muy bien esos conflictos, haciéndolos impactantes y agudos.

[Cont.]

 

 

Está claro que hay un discurso un poco sesgado, que debe mucho al humanismo de los siglos XIX y XX; pero quien pueda sobreponerse a los prejuicios disfrutará de una buena lectura, entre lo mejor del mercado actual. Eso es quizás lo más sorprendente, que sea sólo literatura, sin pretender otra cosa; es decir, sólo un marco instrumental para un experimento de ficción, que deslumbra por su eficacia. Como literatura, no se pueden negar a la Montero imágenes bellas y un tempo perfecto, en un pulso mesurado que se regodea en formas inteligentes; como si un tratado de estética explicara el sentido del ritmo y la densidad, incluso la ralentización de la historia en elípticas, en una época de franco funcionalismo periodístico —la autora misma es periodista—.

  

El título no aporta muchas pistas, es apenas una línea reflexiva e incidental; escogida obviamente por la necesidad imperiosa de un título sin mejores propuestas, lo que no importa mucho. También, una escueta explicación al final del libro resta impacto al maravilloso final; pero es obviable, como otra imperfección de las ya habituales al mercado contemporáneo con sus raptos de emocionalismo intelectual. Si el origen del exergo, que explica, hubiera quedado relegado a la intimidad a la que pertenece, el homenaje hubiera funcionado igual; sin dudas lo habría hecho más auténtico, menos exhibicionista e integrado perfectamente a la trama.

La novela rinde culto a la tradición cinematográfica y literaria del género, desde el mismísimo Julio Verne; e incluso a la especie androide se la conoce como replicante, aludiendo expresamente al filme Blade Runer, además de otros muchos elementos. Pero sobre todo, es una novela original en la concepción misma del conflicto; y no es ocioso recordar que incluso ciertas teorías religiosas atribuyen el origen de la humanidad a la aplicación tecnológica de una especie cósmica, a la que identifican con los dioses primitivos. En un momento, por ejemplo, la protagonista, que es un androide, discute con otra congénere; una menciona el peso del azar, la otra acosa "...el azar y la ingeniería genética"; ¿qué tal entonces el azar y esa conciliación teológica del llamado diseño inteligente?

Todo eso se hace creíble, hasta el punto de presentarse como un drama históricamente posible, y eso es maravilloso; de ahí es que se desprenden observaciones agudas sobre la actualidad misma de la especie humana, haciéndose más interesante aún. Montero, además, es ducha en el manejo del humor, que en ella no es objetivo sino instrumental y oblicuo; por eso le sirve para mesurar el complejo dramático, rehuyendo lo hilarante pero aportando giros sorprendentes y ponderativos sobre la naturaleza del drama. En todo caso, el conflicto se presenta en términos históricos, y a veces hasta asusta el valor con que replica sobre la realidad humana; desde la que se puede criticar el sentimentalismo obtuso de la etnopolítica contemporánea, e incluso la crudeza de los problemas internacionales. No es muy esperanzador, en todo caso, que el mundo se aboque a otra lucha por derechos civiles, además de otra guerra fría; de ahí lo espeluznante, como otro recurso que la autora añade al manejo medido y elegante de la violencia y cierto sadismo.                  [Cont.]  

Ese tempo de la novela, curiosamente, no es de thriller, a pesar de ser una investigación criminal y volverse ocasionalmente vertiginosa; sino que es más bien de novela clásica, algo decimonónica, con la tensión provista por el alcance existencial de la trama, no por el leguaje ni el ritmo mismo. En un mundo de androides y aire artificial, eso nos recuerda que se trata siempre de la Comedia Humana; cuyo drama es repetitivo pero no menos impresionante por eso, sino probablemente más. Es particularmente simpático y funcional que la protagonista sea una mujer androide, en la mejor tradición del investigador antiheroico; que no es otra cosa que la adaptación moderna del heroísmo clásico en su lucha contra el orden vigente, y que aquí alcanza cotas de sublime humanismo.

Hacia la segunda mitad del libro ya se agotó el recurso del mundo futuro perfectamente construido; se han conocido todas las especies que pululan en esa civilización y sus escarceos, pero todavía hay fuerza dramática. Es en el último recio del libro donde el interés decae sensiblemente, a pesar de que es donde se dan los giros más inesperados a la trama; que sigue siendo perfecta, pero que sólo se sigue por cierta curiosidad, y si algo interrumpe la lectura es posible que no se la retome; con lo que se perdería un final exultante de frescura y humanidad, con una escena de sublime amor y erotismo que envidiarían los mismísimos escritores de Bolliwood.

              
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