| Mr. Mapplethorpe: The Photographer | ![]() |
| Mr. Robert Mapplethorpe no es sólo un icono del pop norteamericano, sino que lo es por su fotografía; lo que parece ser lo más natural del mundo, desde que Andy Warhol estableció el canon de la gráfica Pop. No obstante, el estatus de clásico difumina un poco las dificultades; que son las que hacen que los clásicos sean clásicos, por el tremendismo de un esfuerzo que hoy parece displicente y natural en su espontaneidad. Mapplethorpe no sólo fue un gran fotógrafo de su momento, sino que ese momento no poseía el despliegue tecnológico de hoy día; y en aquella época no bastaba con imaginar la fotografía, también había que hacerla, atravesar la incertidumbre del cuarto oscuro. Es decir, la posposición del culmen, con un tempo en que se podía variar la perspectiva pero no el resultado; el misterio de la impresión, que recuerda en algo la oscuridad legendaria de la alquimia. En medio de todo eso, la iluminación de Mapplethorpe es asombrosa e imponente; sobre todo por la sencillez y la naturalidad que imprime a sus objetos, haciéndolos parecer así de displicentes. La contradicción del poder tecnológico contemporáneo conduce inevitablemente a equívocos y reducciones, como el énfasis dramático; porque Mapplethorpe, por ejemplo, es dramático, pero justo por su énfasis en la sencillez; que es la contracción impuesta por la parquedad de recursos, pero como posibilidad donde se ceba la imaginación verdadera. De ahí que esas esculturas que lograba no se basan en la distorsión del cuerpo, sino en su reducción al gesto; gestos incluso simples, cuidadosamente descuidados, imbuidos de una inmediatez que sin embargo requiere la calma y el tesón más árido. El resultado tiene que ser sorprendente, con cuadros que se sobreponen fácilmente al cliché del wall oscuro; porque aún consistiendo en pura e iluminada iluminación, sus cuadros soportan la claridad del wall blanco. Más allá, aún, su incursión en el desnudo parece natural por el despliegue plástico del cuerpo humano; sin embargo, Mapplethorpe no se reduce al desnudo mismo, y aún sin distorsionarlo lo imbuye de sexualidad hasta lo ríspido y lo grotesco; y no obstante sigue siendo impactante, ¡todavía hoy, después de tanto desnudo y la banalidad del porno! Las figuras de Mapplethorpe existen por sí mismas, como objetos suyos, sin el support de lo ya conocido; y cuando enmarca un rostro con las mismas manos del modelo —es otro ejemplo— no es por hacerlo dramático, que es en lo que resulta más dramático. Se trata probablemente de una de las fotografías más emblemáticas y copiadas del genio de Queens, pero con el equívoco estos de simplemente resaltar el rostro; no como el original, que nos obliga a la concentración en la belleza incuestionable de un rostro sin igual, perfecto. No importa si esa perfección él la resalta con su iluminación, no menos asombrosa; se trata de un rostro que hay que ver, aunque sólo sea porque él lo vio, que es donde reside lo dramático. De nada vale la concentración si el rostro o la iluminación son otros, que es lo que resguarda a los clásicos en su genio; hasta el punto incluso de imponer el estilo y la manera, y tras él todo es sólo manierismo. Eso es lo que separa al Maestro del Epígono, en que el segundo resulta en reducción del primero; no porque esté mal, sino en que como intérprete ha de entenderlo, y el genio es siempre incomprensible. Como diría Bretón, la Belleza será compulsiva o no será. |
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