El imaginario homosexual en José Lezama Lima, nuevo elogio de la complejidad

por Ignacio T. Granados Herrera

El universo, cuyo primer atributo

es la complejidad

JL Borges

El tema de la homosexualidad en la literatura de José Lezama Lima habría sido ya suficientemente tratado por la crítica contemporánea; pero más en el sentido anecdótico de la propia sexualidad del autor que como valor estético válido y suficiente, destacando la inconsistencia y el snobismo de la transgresión en los críticos. Esto se debería a que las prácticas contemporáneas de la crítica, desconocerían el objeto que es el atributo principal de la literatura de Lezama Lima; y que es el alcance teleológico de las representaciones en la reflexión estética, y la idoneidad del imaginario usado para su comprensión. Estaría claro, no obstante, que el uso de ese imaginario sólo es posible por la sensibilidad especial del autor para el mismo; y que igualmente, la comprensión del mismo, su receptividad, estaría también condicionada de algún modo a una sensibilidad de este corte; que se formaría justo, aunque no únicamente, a partir de la propia sexualidad, como un recurso intelectual para el conocimiento de las cosas. Obviamente también, atribuir una mayor o menor calidad estética a determinada sexualidad, es una reducción abusiva y hasta ofensiva; y ejemplos se sobran de superficialidad en todas las sexualidades que en el mundo han sido, por cualquier motivo y de cualquier modo; pero también, y al menos en el caso específico de Lezama Lima, su fuerte intelectualidad le habría permitido extraer valores epistémicos a la representación. De hecho, la presión psico-social y política, cultural, sobre los comportamientos sexuales, habría condicionado la percepción de un imaginario sexual propio de la homosexualidad; que tradicionalmente habría recurrido a subterfugios como la ambigüedad de situaciones, personajes y lenguaje, creando a su vez un vasto campo de conflictos dramáticos, susceptibles de representación.

En el caso de José Lezama Lima, además, el conflicto sería más complejo, dado que la crítica contemporánea tiende a desinteresarse de ese alcance teleológico que daría sentido a su imaginario; por lo que éste quedaría, virtualmente, sin otro sentido que el valor inmediato de la anécdota, vinculada de ese modo al problema de la transgresión sexual, ya bien vasto e intenso. Pero más allá de eso, el uso de este imaginario habría permitido a Lezama Lima el desarrollo de una tesis ontológica, precisamente con el desarrollo de una drama existencial; algo que no puede ser percibido por esa crítica contemporánea, justo porque esa crítica no tiene interés en lo ontológico como objeto reflexivo, y mucho menos si es de naturaleza estética. Pero nuevamente, más allá de eso, el vigor del uso de ese imaginario por Lezama Lima no tiene precedentes, y se remonta a los principios gnoseológicos de la mitología como comprensión del Cosmos; aunque, claro, no en tanto problema de sexualidad, sino de resolver las dificultades de una representación más o menos adecuada y suficiente del Cosmos.

Que la metafísica clásica sea más o menos consistente, o que no lo sea en absoluto, no sería algo importante a este respecto; lo cierto es que existe como un modo dado para el conocimiento y la comprensión del Cosmos, y sólo Lezama Lima entre los contemporáneos habría logrado una reflexión estética adecuada para ello. Antes, hasta el apogeo del Cristianismo católico, fue la forma habitual de comprender el mundo como tal, como Cosmos; pero con la dificultad de que nunca se postuló como una mera representación cognitiva, sino que siempre lo hizo como una doctrina, políticamente convencional e incluso de alcances morales. De ese modo, Lezama sería el primero en postular una reflexión estética suficiente y eficaz sobre la realidad como Cosmos; organizando, justamente, las comprensiones tradicionales sobre lo trascendente, sin condicionarlo con el principio de la necesidad, que tanto tergiversa esas comprensiones desde la perspectiva religiosa y política. Antes también, el alemán Herman Hesse intentó ese tipo de comprensión estética, pero no llegó a sus valores de funcionalidad y suficiencia; ya que, aunque logró sobreponerse al condicionamiento moral de la religión, lo hizo trasladándolo a la política; que es el error típico del Racionalismo moderno, al reproducir los defectos que critica en las filosofías tradicionales, ya desde que no las reconoce como racionalizaciones de valor tan relativo como el suyo.

Sin embargo, a diferencia del caso de Hesse, Lezama resuelve una comprensión del Cosmos como tal, sin atribuirle un sentido ya dado, ni religioso ni político, ni mucho menos moral; justo por atenerse a la comprensión de la propia estructuralidad del Cosmos como objeto, con un planteamiento del Ente como Ente, a la manera parmenídea. Como referencia, habría que tener en cuenta que al momento de la tensión entre las cosmologías de Parménides y Heráclito, es la aparición de las prácticas filorreligiosas de Pitágoras la que reintroduce el condicionamiento político y moral; que distorsiona toda comprensión del Cosmos, hasta las postrimerías de la discusión de los Universales, cuando el pensamiento moderno se desinteresa de lo trascendente como objeto; y corrompiendo entonces el logro de los fisiologistas, que aunque un poco erráticos dado su carácter inicial y primario, habían logrado sobreponerse a las presiones morales y políticas de la religión; en un proceso que se mantendría incluso durante el intenso período del postsofismo socrático, por la fuerte impronta filorreligiosa del Pitagorismo.

Por otra parte, aunque paradójico, sería ese desinterés lo que habría liberado a lo trascendente como objeto susceptible de alguna comprensión suficiente y eficaz; ya que al convenir parámetros de credibilidad (verosimilitud) para la comprensión de los fenómenos, dada la propia naturaleza evolutiva del pensamiento, la misma práctica del conocimiento produciría esa distorsión; al postular la comprensión como necesaria, y evidente, según la perspectiva que plantea dicha comprensión, sea religiosa o propiamente política. Al margen de todo eso, el imaginario homosexual de Lezama Lima le habría permitido la transferencia de alcances y significados desde la filosofía tradicional al orden meramente estético; comprendiendo, conforme a una lógica antropomorfista, al Ente como Ente, al abstraerlo en arquetipos, cuya relación más o menos crítica produciría la realización en praxis del mismo. La eficacia del recurso resaltaría en su contraste con el único precedente contemporáneo de ese esfuerzo, que sería el ya citado de Herman Hesse, con su novela El juego de abalorios; en la que la realidad es abstraída a la tensión, político-existencial, entre sus aspectos inmanente y trascendente, con la relación crítica de sus dos protagonistas.

Sin embargo, ya El juego... deviene en un esfuerzo insuficiente, y sobre todo ineficaz, puesto que no hay una verdadera comprensión de lo trascendente; que así se representa en una forma inadecuada, con el comportamiento emocional y esquizoide del coprotagonista, Fritz Tegularius, como contendiente destinado al fracaso. Las mismas falencias del personaje, indicarían sin embargo que se trata de la misma incomprensión prejuiciada del inmanentismo moderno (racional-positivo) sobre lo trascendente; de modo que su falencia fundamental, el fracaso como destino manifiesto en su origen romántico, es inconsistente y políticamente condicionada. Ese es o sería, de hecho, el problema de los conflictos políticos, y de todo conflicto en general; desde que las discusiones suelen ser diálogos de sordos, en que las partes sólo escuchan a quienes concuerdan con sus principios dados para el conocimiento, sean estos de origen político, moral, religioso o propiamente cultural.



El acceso de la reflexión lezamiana al conflicto ontológico por vía del antropomorfismo, no indicaría mayor objetividad, desde que ya en sí mismo implica una suerte de creencia en su idoneidad; pero sí indicaría una predisposición a la comprensión de eso trascendente sin el prejuicio de la necesidad supuesta por el condicionamiento político y religioso; justo porque, como convención sobre el conocimiento, la sensibilidad contemporánea, tanto religiosa como políticamente, no condiciona dicho fenómeno a ningún parámetro de credibilidad o verosimilitud; puesto que lo da como increíble por principio, por su propio carácter extrapositivo, es decir, subjetivo, y por tanto relativo al ámbito privado, siquiera por la misma naturaleza incomunicable de la experiencia de conocimiento.

Ahora bien, como recurso, una vez sobrepasada la tendencia inmanentista de la crítica moderna, el imaginario homosexual puede desplegar su eficacia; primero, por desatender todo condicionamiento político (externo(1)), desde que desconoce incluso las relaciones de género como prioridad, y las reduce a referente secundario; pero además, desde que plantea la representación del Ente como Ente, en tanto relación más o menos crítica entre sus arquetipos, con esa misma reducción del conflicto a un solo y mismo género. En este punto, la importancia del erotismo, claramente, pierde sus connotaciones anecdóticas, y retorna a su significado tradicional, de nivel de relacionalidad como valor metafísico; por el que se organizarían los panteones clásicos en una genealogía, que así podía comprender al Cosmos como un complejo sistemático y continuo, en las diversas dinastías deíficas.

No se desconoce aquí que la literatura lezamiana, al menos en sus novelas, está llena de anécdotas eróticas, política y moralmente transgresoras; cuyo significado, al menos en principio, era ese sentido político y moral, y no alguna abstrusa postulación sobre el Cosmos. Tal es el caso de Falarruque, que blande su falo escandalizando a la beatería pseudorrevolucionaria de la intelectualidad contemporánea; pero, nuevamente, más allá de eso, hay una coherencia y una sistematicidad asombrosa, que parte desde el encuentro del coronel Cemí y Opiano Licario, y la transferencia entre este último e Inaca Eco Licario; y que se extiende hasta el encuentro de Fronesis con Lucía en las costas africanas, que transfiere al arquetipo la calidad existencial del protagonista inicial; indicando su realización en praxis como plenitud y apoteosis del Ser, con su aceptación del deseo de Foción. En eso resalta, primero, el hecho de que la calidad negativa de Foción, como arquetipo se resuelva en esa apoteosis como recuerdo del Ser en plenitud; que es Fronesis, a quien se ha transferido el protagonismo de Cemí, que es el Ser en potencia (Ente(2)), el dios que va a ser, en alusión al valor protodeífico (animista) de las representaciones religiosas indocubanas (Cemíes).

También, que lo más original de esa apoteosis no ocurra con el nacimiento del hijo de Fronesis y Lucía, como sería lo lógico, necesario y tradicional; sino en que Fronesis se masturbe recordando a Foción, aceptándolo como dificultad superada y asumible, y paradójico cumplimiento de sí mismo. Esto, siempre ha significado el desperdicio del semen, y por tanto motivo de condena desde el origen bíblico de la cultura occidental (Onán); pero aquí explica la naturaleza indefectible aunque paradójicamente moderna del pensamiento lezamiano, incluso moral y política, religiosamente. Porque precisamente en ese acto, el Ser, incluso en plenitud, no se vuelve hacia su praxis sino hacia sí mismo; es decir, desconoce la connotación estoica del Idealismo en términos morales, mostrando el propio sentido hedónico del pragmatismo moderno(3); que, contradictoriamente, no llega nunca a resolverse en términos filosóficos, y por ende en una ética suficiente y funcional, justo por sus filiaciones idealistas; que lo refieren fatalmente al estoicismo ético que lo determina con sus presupuestos sobre la necesidad, de carácter político y religioso, desde el mismísimo imperativo categórico kantiano. Habrá que tener en cuenta, sobre la metafísica clásica, que el estoicismo subyacente en las filosofías filoidealistas siempre tiene su objeto en la realización del Ente como Ser en plenitud; por eso, sus poéticas son grandes dramas cósmicos, en que los héroes están dispensados de todo patetismo, e incluso cuentan con la salvaguardia de los dioses; que a su vez, como recursos existenciales, tienen el valor alegórico de alguna virtud más que los poderes fácticos de le magia(4). El José Cemí de Lezama Lima, así distinto del Rastignac de Balzac, por sólo poner un ejemplo, es similar al Jasón del vellocino de oro, al Ulises de la Odisea, al Aquiles de la Iliada, al Eneas de la Eneida y al Orestes de las Orestiada; porque se trata siempre de la realización excelente del Ente como Ser, es decir, del tránsito desde el Ente como Ente al Ente como Ser; un drama olímpicamente desconocido por la dramaturgia moderna, que incomprensiva trata de constreñir la lezamiana a su propio anecdotismo inmediatista e histórico, desconocedor de ontologías y androcentrismos.

Como plus, e ilustrativamente, la propuesta de Hesse en El Juego... no termina con una apoteosis sino con una crisis de desintegración, en que los arquetipos se rechazan inevitablemente; de modo que no sólo nunca se llegó a un planteamiento del Ente, ni siquiera en la nebulosa y genérica Castalia, que es una naturaleza pero no un objeto; sino que incluso el Ente no tiene posibilidades de realización en praxis, puesto que los arquetipos no resuelven nunca el conflicto básico de su relacionalidad, su eros, demostrando la falencia en que su postulación de la metafísica clásica era espuria y prejuiciada. Pero que no se entusiasme nadie, o descansen todo en paz, porque eso sería otro abstruso ensayo sobre historia de la filosofía; en todo caso complejo, porque como rezara Borges, parece que inspirado Caifás ante el nuevo juicio del Ente, el primer atributo del universo sería la complejidad.




1. Entiéndase que relativo a la naturaleza externa o Phisis.

2. Ente es el término latino para referirse al Ser, y es obvio que la diferencia entre Ente y Ser es artificial, convencional y necesaria; prefiriendo el término de Ente para referirse al Ser en Potencia, y de Ser para el Ser en praxis; lo que facilitaría la distinción en un área susceptible de confusiones, y se remite al énfasis distinto que pusieron los clásicos (Parménides y Heráclito) en su respectiva comprensión del Ser/Ente.

3. Debe destacarse que la paradoja, como el sofisma, se originaría en la retórica; en tanto el sofisma es un error, y la paradoja un valor propio suyo, que siempre se refieren al carácter conclusivo pero aparente de las simplificaciones lógicas.

4. Esto se refiere incluso a la historia de Dido y Eneas, y a la intervención de Hera y Atenea ante Afrodita en favor de Jasón, o al conflicto entre Ulises y Circe; ya que aunque aquí la magia cumple un papel fáctico, se refiere siempre a la intervención de Afrodita como facultad del ente receptivo para la relación, en tanto el héroes es susceptible de satisfacer una necesidad anterior a su propia presencia.