León de Greiff, la larga noche de Gaspar

Uno de esos descubrimientos felices que depara la literatura a quien no lo sabe todo es la del feliz descubrimiento, como ese de la obra del colombiano ilustre León de Greiff. Figura más o menos opaca fuera del círculo cerrado de sus cultores, es capaz sin embargo de darle consistencia a los mismos como a una élite de entendidos. La sorpresa viene de un libro que no es ni siquiera el más importante; unas Prosas de Gaspar, que eventualmente lo llevarían a adoptar el seudónimo de Gaspar de la Noche, junto a otros. Aquí es donde refulge la perla, como la moneda en la boca del egipcio muerto; porque Gaspar de la Noche, y eso lo sabe cualquier pobre filólogo, es el libro cumbre de uno de los padres del Romanticismo, Aloysius Bertrand. Entonces viene el interés y el hilvanado, que hace del lector una parca a la inversa, porque teje el destino ya cumplido de León de Greiff; aunque con la misma sorpresa que habría embargado a las griegas.

León de Greiff, Gaspar von der Nacht, Leo Le Gris y Matías Aldecoa, o todas las combinaciones posibles de todos esos nombres mezclados; era, al menos en principio, un modernista con suerte en el estilo, cuya vida se extendió de 1895 a 1976. Es entonces otra figura de esas que transitó por todo el espectro de la estética literaria latinoamericana; sin embargo, historia tan simple se adensa cuando se sabe que el Modernismo colombiano abundó en vanguardismos, como el movimiento Panista, al que perteneció de Greiff. Es decir, más allá del alabastro importado, la violencia virgen e ingenua del Simbolismo; ese adentramiento en la Selva Oscura, más que un juego floral un rito sangriento y cruel, sanguinolento. La publicación de su primer libro en 1925, lo ubica en ese abanico que va de Lugones a Borges en la Argentina, antes aún de que Urtecho regrese a Nicaragua y funde su Vanguardia (1929). Como los grandes de América, en lo que ya parece una tradición, su sombra se irguió sobre la Europa fría y casi antártica; mejor aún, fue más allá y creó el espejismo de la ciudad/país de Korpilombolo; que es real, existe, pero sobre todo porque es el perfil de este escritor el que la señala en el mapa.

Ahora, que sea el personaje siniestro de Bertrand el que le otorgue parte de su identidad, explica la fuerza con que se escapa de la tumba marmórea que se pagaban los buenos burgueses en América y que devino en la escuela modernista. Su pluma posee entonces esa oscuridad que resulta de una retorcedura de la luz, que fue lo que los modernistas no entendieron de los románticos; de ahí que ni tan extrañamente, su Modernismo no le impida la fascinación con la Vanguardia, pero con la original, no con sus ecos regionales. De hecho, por eso puede desandar la ruta de sus abuelos, y regresar allá, a las llanuras de la luz amable y el silencio. No por gusto su poética se libera desde ese personalismo apático y encendido que aportara la Germanía a la lírica latina para romperle las estrecheces; de ahí la identidad con el Romanticismo, pero el verdadero, el profundo, el de la angustiosa experiencia de vivir que se desea, y que es morboso y bello. León de Greiff maduraría del Modernismo estricto a una poética personal, suficiente y eficaz; algunos lo identificarían como una evolución al Postmodernismo, pero más parece una retracción a las raíces más puramente románticas.

En todo caso desigual, como todo poeta que peque de ser real, sus mejores luces son una tensión entre el claro oscuro del Modernismo y la torcida oscuridad que parió a esa Vanguardia. Es decir, fue modernista por defecto, por circunstancia, por tiempo y por lugar; pero su espíritu lo rescató hacia su escuela intemporal y propia, la de la autenticidad y la literatura como performance visceral.

En lo personal, él asumía que era poco popular, no creía que la gente lo entendiera, y pensaba que era un músico fracasado que recalaba en la literatura; todo eso sería anatema hoy de soberbia, pero él vivió aquellos tiempos en que los autores podían ser honestos, incluso si snobs. Este libro suyo, Prosas de Gaspar de la Noche, es en realidad una larga reflexión existencial que culmina en otra localidad de nombre extraño, Bolombo. Pero esa existencialidad de la reflexión estética, recuérdese, no se refiere al contenidismo moralista y exhortativo de la mediocridad modernista; es la otra posibilidad de la forma que intentaron aquellos románticos con su nostalgia y los surrealistas con el rompimiento sistemático del extrañamiento y el vitalismo. Hay que reconocer en todo caso que desde los titanes, Europa existe porque la nombran americanos, extraña pero válida venganza para la diversión. Es la mano de los grandes, de León de Greiff, ¿de Gaspar von der Nacht?

El ndrome de Groenlandia

A su espalda, una ráfaga de aire helado borra la traza. Los dedos contractados en las botas, se adentran en el blando suelo y dejan agujeros para los conejos que inundarán la pradera en la próxima primavera. El talón tambaleante forma  cráteres, como si ella tuviera un peso descomunal o fuera de una profundidad de abismo.

Se funde con el hielo. Si abriese los ojos sabría que está encerrada en un cuartito pestilente a cigarro negro, en un edificio de bajo alquiler, postrado en la esquina de una ciudad con las aceras cagadas por perros.

Ha transcurrido un cuarto de siglo y comienza a desperezar. Una mirada al igloo convertido en colina del horizonte y Maola decide acercarse a la temida aglomeración de casitas en madera donde cazadores, buscadores de pieles raras, aduaneros cabreados, abortadores, muertos endomingados, regidos por el espectro de un dictador defecador, juegan una partida interminable de cartas, junto a hombres y mujeres que zurcen retazos de piel.

Maola entreabre sus ojos rasgados y se arranca la epidermis de la mejilla. Indiferente al dolor, abre los ojos, desmesuradamente abiertos a las luces de las casas. Maola está aterrada de miedo, pues poco a poco es habitada por Marga, quien cobra forma ante el insistente zurcido de los inuitas.

La noche comenzará en breve y los abrigos, las capas de pieles pesan, no corresponden al clima más suave que le invita a penetrar en la civilización, esa que abandonó unos quince años atrás para convertirse en silencio.

No recuerda como marchar sobre tierra y menos sobre un lecho de piedras, que rápidamente se aplana en una calle de asfalto negro, extendida en línea recta más allá del apreciable horizonte.

Los árboles espaciados, empercudidos de siena, en escasez de hojas, se agrupan en un bosquecillo. Apenas ha marchado unos veinte metros y las rodillas le flaquean bajo un pánico abrupto.

Maola se detiene jadeante y se esconde en los arbustos. Bastante ha andado, demasiado ha andado, para salirse de esa marea de noches, meses, lunes o sábados idénticos, pero aún no está preparada para escuchar voces humanas.

Quizás la noche le aconseje. Inútil desvestirse de todas las pieles. No sabe si llegará a empuntar la callejuela o si volverá al país de las tinieblas, si volverá sin desearlo a pasar la frontera de ese lugar.

—Tengo miedo— dice, mordiéndose las manos hasta sangrar.

Como una loba chupa el hilillo de sangre que corre a su muñeca. Alimentándose de su sangre, de ella, la única persona a quien hace confianza, pues sabe que es capaz de abandonarse sin una explicación.

La idea de partir a Groenlandia se instaló rápidamente. Jamás podría regresar a su tierra, la habían borrado definitivamente. Los calmantes espesaban el  hilillo de baba que descendía a la comisura de los labios, nadie aparecía, el muerto era una ruina de huesos, su ángel había dimitido y su hija se defendía en una lengua desconocida.

Maola merodeaba con aire salvaje, y lanzaba arpones a su cervical;  su nuca horadada provocaba un zumbido agudo en los oídos. Marga tiembla frente a esa mirada. Si amansa su desesperación y espera que amaine el temporal, podrá llegar hasta un lugar civilizado.

Hierve agua,  delante del humillo esta el vacío total de una existencia. El antártico ganaba plaza. Maola se impuso y desbarató las neuronas que la ligaban a cierta reconciliación. Maola acuchillaba sin distinción las ideas, las esperas, los pedidos, la infancia, y gritaba su poderío. El reinado de Maola comenzó con treinta años y un enorme cansancio. Maola la  mataba para que pudiera sobrevivir.

Ahora Marga ha regresado con la misma rapidez que se fue. Un golpe seco la expulsó del abrigo.  En el bosquecillo suelta sus cabellos untados de orine y sonríe. Se ha salido del encierro blanco,  aún no sabe que su piel se ha arrugado, sus mejillas caen desgajadas y si no define sus uñas es porque su vista ha mermado, al punto de volverla ciega a los colores.

Si un aviador holandés no hubiese extraviado la correspondencia, jamás Maola hubiese pensado que su país cambiaba después de su ausencia, y todos sus conocidos habían publicado libros, emigrado, tenido hijos, mientras el salón del té de su puerto en Matanzas desaparecía, dejando sin patio de conversación a la ciudad.

Marga no está  lejos. Parapetada en la esquina de la última calle del mundo, con el corazón ocupado por un glaciar, rodeada de abedules enanos, musgos, los líquenes impedían que montaran las ambiciones de sus contemporáneos, y el inusual estancamiento de aquella isla donde todo se desmorona para dar paso a un derrumbe mayor.

En dos enormes huesos de ballena ha dejado que la ventisca transcriba su destino. Marga olvido la poesía, la palabra por obscena, por no aliviar, ni encontrar justeza.

Acostada en la tundra, habitaba junto a los caribúes, recogía champiñones y  arándanos;  tallaba anzuelos y pescaba. El sol reluciendo en lo alto del cielo, a medianoche.

En esta zona de desproporcionada belleza, cuando a alguno le agarra un espíritu maligno o se siente perseguido por el mal ojo, opta por cambiarse el nombre. Maola está segura de despistar el maleficio y le da ojos de pescado crudo a su hija, quien los come como caramelos.

Pero el tiempo ha pasado. Maola no está contenta de su encierro dentro de una mujer loca. Quiere partir, quiere ayudar a otros en su recorrido por pasajes inhóspitos. Se han acumulado los presagios: los perros comienzan a ladrar, la piel y el hígado de foca se deshacen. La niña en el kayak nombró a Marga, la interpeló por aquel nombre antiguo, enrareciendo el aire purísimo.

Un bloque de hielo se resquebrajó con resonancia de hierro. El frío exterior ha mermado considerablemente,  el fuego interior derrite el extenso glacial del miedo.

Miedo, miedo de caer entre los Hombres apresurados de llegar a cierto lugar. Miedo de perder la dirección del igloo. Miedo de contar la deshonra que la llevo a esos parajes.

Miedo a escuchar, ahí va la loca. Miedo a los harapos, miedo a su miedo, a las miradas, a las palabras. Miedo a un poeta que le regaló su muerte.

Miedo al temblor anunciador del vértigo. A la ventana entreabierta y al sol desvergonzado acariciando sus hombros. A las aceras en sombra; a los pasantes que ríen despreocupados, cuando algo puede acecharles……a los relojes suizos; a los relojes eléctricos que parpadean cuando se va el flujo; a la televisión que adormece el tiempo, al canapé confortable con su lienzo mal acodado y sus tripas afuera,  sangrando por las pezuñas de los gatos… a la frase común deshabitada; a la insinuación, al desvarío. Miedo de escuchar, escuchándose.

Al monologo ignorante del susto. Al suicida que aplaza el día hasta que perfeccione al extremo el cierre de la cuerda. Miedo a la cuerda que amarra, a la metáfora de los lazos del zapato que le recuerdan las cárceles donde no son permitidos.

Miedo a las escupías que dan sed y deshidratan. Miedo al vomito, a la sangre, a la esperma, a la orine, a la mierda que conoce mejor que ella los conductos, recovecos, interacciones entre el exterior y ese interior decorticado por los médicos, y los aparatos de resonancia magnética. Esa inmensa mierda en forma de nostalgia y ausencia de los exiliados.

Miedo al ciclón, no por el destrozo, miedo a su ojo calmado que cubre como un techo la cabeza asustada. Miedo al después cuando se aglomera, se acelera el movimiento, a  la reconstrucción.

Miedo a pasar por las aduanas donde extraños, desde peceras, visualizan documentos de poco estima, de poca narración de causas. Miedo a esas puertas  de aduana donde chillan las llaves de la casa que ha dejado atrás, a la que nunca regresará; a los que dan la bienvenida al nuevo infierno.

Miedo al mediodía que se va rápido, al atraso,  a preparar la cena para cuando lleguen los que incursionan entre inútiles recetas de dantescas oficinas.

Miedo al ruido de una palabra que condene, juzgue, que marca.

Miedo al dentista disfrazado de mudo, espejo en mano, atareado en desenmarañar de la úvula las palabras, la lengua ensalivada. Miedo al líquido mentolado que transforma el aliento en cachorrillo domesticado, mientras el médico exige cheque.

Miedo al beso que entrechoca los dientes, miedo a la mordida que no sangra y envenena los labios. Miedo al tren expreso que enfila por la mente y todo sea olvido, polvo de olvido, olvido de muerte.

Miedo a la muerte por sorpresa, a que no sea atroz ni enigmática. Solo un sueño y desilusiones permanentes. Enorme miedo a padecer miedo, tanto agobio, incertidumbre vana. Tanto cuento, como si no supiéramos que basta dejarse ir, dormir en el vientre de la madre, abandonarse  al ruidoso, ambicioso, estremecido corazón que se va apagando hacia una  noche silenciosa, infinita.

Miedo al día, nunca a la noche. Miedo al reflejo, nunca al puñal. Miedo de necesitar al otro. Miedo a ser otro y serlo e ir padeciendo la mediocridad como si fuese una fina espuela en la lucidez.

Miedo al comentario sobre el cáncer y no al humo que asciende, a la nicotina que amarilla el índice. Miedo a la escasez de tabaco en un día feriado, los estanquillos cerrados, el bolsillo vacío.

Miedo a la tinta que gotea de la pluma y traza dibujos y presagios en la carta temblorosa de las verdades.

Miedo a borrar el olor  del amante, de cada bandido que  arrebata. Miedo a confesar  públicamente la penetración osada de un dedo en cierta vagina hambrienta de golpes secos. Miedo al falo, casi temor a su ausencia y denunciar que es  ignorante de las letras que acompañan los ovarios.

Miedo al café del alba, a las llamadas telefónicas, al conocido que pregunta ¿qué haces el sábado? para empantanarte durante horas con un sinnúmero de conflictos tribales de los que huyes a diario con una soledad importante.

Miedo a que se vea que tienes miedo o que tendrás en el minuto siguiente. Miedo al desespero, a la espera, a las filas de espera, a los grandes comercios. Miedo al fuego, al frío, a que se asemejen los sentidos y no sepas cuando duela.

Miedo a las luces blancas de los hospitales, sobre mercancía humana, bien empaquetada para los trepanadores de cráneo de todas las ideologías. Miedo a los aparcamientos subterráneos, al metro, a la caída en los rieles, al túnel que traga. Miedo a la cabeza que da vueltas. A las piernas que flaquean, a la flojera de la angustia, al mal de cabeza, a la orden, el autoritarismo, a la sed que se extiende en la garganta.

Miedo al oculista, al proctólogo y su dedo, a mojarse en la consulta del ginecólogo, a que se vea que vas a desmayar. Miedo a las corridas de toro, a las cacerías donde corre la sangre. Miedo a los viajes, nunca ir, más bien a no querer regresar. Miedo a la emoción que mueve arrítmicamente el corazón y palidece, sin saber, si compartes cabina con un terrorista que saltará junto a la carga mortal.

Miedo a la vejez, a los pesados, a la carencia, a la letra recomendada, a la falta de papel, tabaco, filtro para hacer un cigarrillo donde chupar recuerdos.

Miedo a llamar a la  madre y saber que ha muerto otro en la isla. Miedo a los mendigos que juzgan, a sus respiros que matan. Miedo a decir, a callar. A las buenas personas, a ser, no ser, a ganar, a perder. Un miedo totalizador que invalida.

Miedo a los amigos que se acercan y se pierden de forma violenta. Miedo al vientre que se infla de aire, de agua, de excesos, de grasa, de semen, de embarazos vitales.

Miedo a la pulsión de muerte en cada balcón de un cuarto piso, en cada andén…y caer en la vida.

Maola está profundamente decepcionada de que Maga no se acoja a la vida y con odio le rasga el abrigo, la abofetea y se va.

La Antártica roza las mejillas de Marga, cuando emprende la marcha junto a los acantilados, y bordea el barranco. Demasiado grandes sus manos, demasiado rebelde su pelo, demasiada respiración de poros dilatados.

La agreste costa, frente al Mar de la Mancha lacera. Gaviotas y gavilanes marinos anuncian que su hija espera junto a un ángel que ha envejecido, ambos quieren trasmitirle las maldiciones necesarias.

Javier Guzmán Simón

Hoja de Superviviente

Nacido el 16 de octubre de 1980, salió al mundo como aquel que molesto ha sido expulsado de la bienaventuranza; con el cuello erguido y los ojos muy abiertos, esperaba ya su primer desengaño. Fue siempre un niño callado, a su madre se le helaba la sangre cada vez que decía que callaba y observaba, o que él quería probarlo todo en este mundo, pues cómo saber que es malo o bueno si no se prueba.

De personalidad adictiva y obsesiva, su mayor placer al igual que Ana Mª Matute, que siempre ha pensado que el mejor tiempo es el tiempo perdido; lo único en lo que no ha perdido ni un ápice de niñez es en su curiosidad enfermiza.

No recuerda momento en su vida en que no haya estado rodeado de música, poesía o literatura. Quizá fuera ésta una de las razones que en un principio le llevó a plantearse la filología clásica como carrera; pero su forma de estudio vigente en ese momento era el estructuralismo, y esto le llevó a pensar que necesitaba más la filosofía.

Prolongación Ancestral (fragmento)

 

Ella se me fuga
trato de sostenerla entre mis manos
es irremediable, se desparrama,
rueda entre mis dedos,
me viste con su cuerpo
sólo por un instante
pues se va entre los vericuetos
rueda sobre mi piel y continúa por otros senderos
desconocidos,
quizás olvidados y ocultos.
La voracidad germinativa va penetrando y traspasa todas las rendijas, es como si se transformara, pues surge de las
aberturas menos propicias,
introduciéndose casi adormecida,
no importa que se sienta aprisionada,
ella continúa su andar infinito.

Muerde y se escudriña entre presagios, bostezos,
pero su avance es indetenible.
Reconcilia los parajes visitados,
destrenza las respiraciones ahogadas
que en su presentación de despedida
trata de desaparecer, pero tropieza con otros subterfugios,
y se introduce produciendo las crecidas más enormes
                                                / de su andar
entre planicies y terrenos accidentados.

Obviamente es un vestuario sustituible,
donde su imagen ritualmente retorna a su aspecto inicial.

Se entreabren todas las compuertas y ella aparece
                                                  / con su sobreabundancia
y su rostro resplandeciente y su cabellera
                                                  / a todos los vientos chorreando
hasta los confines menos recordados y visitados
                                                  / por sus enormes brazos.

Allí estará ella, en ceremoniales ondulaciones,
golpeando las deshilachadas escamas de los tegumentos
adormecidos de todos los obstáculos que se presentan
                                                  / en estas nuevas escapadas.

La desnudez de su cuerpo la distingue
y la uniformidad de su color resalta su vigor,
algunas veces la he visto con una indumentaria traslúcida
que se disgrega
en todo su contorno,
dando un aspecto de veladura.
Era como el corporis misterium,
es decir, la imagen que entra en el espejo.
Era como ver las escenas de acuarelas subtropicales
                                                  / de John Marin
o de Wislow Puvis de Chavannes
con sus pinturas pálidas, difuminadas y sobre todo
                                                  / reflejando el clasicismo.

Siento la percepción absoluta de su presencia deslizándose
                                                           / calladamente,

como si fuera un ave nocturna
deambulando fantasmalmente
desapareciendo
entre recovecos.

Así como en parajes y refugios de improvisados andamiajes.

Escucho muy quedamente cómo su cuerpo se escurre,

sembrando vaciedad,
mutilando misterios penetrados
como sonidos de flauta.

En ocasiones su sonido se percibe entre los corredores,

gravitando en conversaciones
murmullos persistentes,
es una letanía en contrapuntos,
ella es indolente, continúa su perdido andar,
sus pasos semejan muchos caracoles
que tropiezan entre sí.

La congruencia de sus pasos mutila mis quejidos,

trato de escapar y me refugio en esos parajes
que ya había olvidado,
su transparencia me atrapa,
me hundo en su cuerpo,
soy invadido por sus anillos movedizos,
busco la sombra inmóvil de alguno de sus brazos
y su claridad anula mi visión.

Su desplazamiento se sumerge como un enorme pulpo,

sus ojos somnolientos se mezclan
con los cristales rotos
de los vitrales de la catedral,
descendiendo a removidos subterfugios,
donde los peldaños de las escaleras se mezclan
con gotas de lágrimas de sus ojos carnosos,
cuando la luna va desapareciendo detrás
de muchas nubes voladoras,
como enormes lagartos anacrónicos,
semeja a la corneja que huye a su madriguera
por los acechos del zorro.

Reaparezco después de haberme ocultado y mi ausencia
                                                      / ha vuelto a cristalizar

sus brazos,
sus rizados cabellos me cubren con su
                                           / liquen traslúcido.

Voy penetrando en su saltarín cuerpo,

desaparezco en su interior,
mis manos tratan de sostener su avance,
prosigue caminando y me lleva a lugares intransitables.

Su inmensa figura es una sombra que crece y se extiende
                                                      / por instantes,

me va reabsorbiendo mientras mi cuerpo navega
a grandes extensiones,
siento resquebrajamientos de mi osamenta.