Ediciones Itinerantes Paradiso se suma con este número a las fiestas editoriales de Miami, además de alegrarse con la buena voluntad de las personas que han tenido a bien colaborar con nosotros, como siempre. Por eso, en este número, antes que avanzar una opinión editorial, nos limitamos a presentar nuestra colección habitual de reseñas literarias, tanto en moneda dura como en moneda local. Les deseamos a todos muy buena suerte con sus proyectos y adelantamos los propios; y entre lo que ofrecemos esta vez, destacamos la reseña crítica de Maldicionario, el libro de poemas de Margarita García Alonso que se encuentra en nuestros planes editoriales. La reseña fue escrita por Javier Guzmán Simón, que aquí se prueba en las lides del criterio literario; y qué mejor que con uno de estos nuevos proyectos de EdItPar. Eso es todo por ahora, sin más, buena suerte y ojalá y les guste.

Apología de Javier Guzmán Sin sobre el Maldicionario de Margarita García Alonso

Reseñas.... en moneda dura

Diego Fischer, Al encuentro de

Juana de Ibarbouru

El silencio de Galileo, la última broma de López Nieves y Siderius Nuncius

....y en moneda local

Sakuntala la Mala contra la Tétrica Mofeta, por Juan Cueto Roig

Temblor de luz, Elena Iglesias

Prolongación ancestral, Tony Cuartas

Noticia de Rodolfo Pérez Valero

Apoloa del Maldicionario de Margarita García Alonso (extracto), por Javier Guzmán Simón             (Poema)

Ninguna buena poesía ha tenido cánones, sino que los ha construido; y puede que Margarita garcía Alonso no escriba con una intención de arte puro, el verso por el arte; pero aquellos que escribimos lo hacemos porque existimos, existimos porque sufrimos, sufrimos porque vivimos y vivimos para escribir. Alonso, como todos, conjura fantasmas con sus versos cual hechizos contra los malos espíritus; porque, como a todos, le duele existir. Rompe el sujeto poético, "el vivir en los pronombres" de Salinas; pero para qué queremos los pronombres si el amor y su poesía tienen uno muy claro, "yo y Aans".

Es muy posible que a los mojigatos ya les enfade Maldicionario, el título de su poemario; no les faltará razón, pero se equivocan si creen que se trata de un eterno glosario para la maldición de Dios. Se trata más bien del diario de aquella que se siente maldita, condenada a su sufrimiento; una mujer que “Nunca había gustado la frutilla que crece en los barrancos, antes de ver sus ojos”. Su verso es a veces lánguido y lacio, excesivamente intenso; pero sus versos tienen la profundidad de la palabra de Dios… Si se conoce el sentido hebreo del concepto de palabra, se sabrá que el nombre es la esencia, es la promesa, es el conjuro. La palabra obra como el rocío, cala aunque sea desdeñable; y si es de Dios se cumple, puesto que la palabra de Dios da la existencia y la quita. Esta es la razón de la profundidad de sus palabras, puesto que no parlotea como un loro, sino que habla de esencias.

¿Acaso no lo ven?, al igual que el antiguo judaísmo entendía el mal físico como una respuesta al pecado del impío; Marga les pregunta a sus ancestros qué atroz pecado cometieron para que se cebara en ella generación tras generación, hasta los hijos de los hijos de los hijos y de sus tataranietos. Se siente inocente de pecado, y como aquel ciego que a Cristo llevaron, pregunta: “tengo el alma deforme de nacimiento, ¿quién cometió el mal, yo o mis padres?” Pero su mal no es físico, sino moral; si fuera impía aceptaría su castigo, mas su pecado es sólo haber nacido. 

 

Cont.

 

Y su huida, es como la huida de la historia del Hombre; como la historia de la metafísica, ir hollando caminos que violentan el cosmos, para huir de sí mismos. El hombre es lo más pavoroso, que produce pánico, angustia e intimida; es la violencia un rasgo fundamental de su existencia, mas se pone en camino y transciende los límites en su vivir esencial en lo pavoroso. Aquí es donde se desenvuelve realmente su esencia, en que se abre camino siempre, en todos los dominios del ente; y por ello, por enfrentarse al imperar que somete, es arrojado de todos los caminos, llegando a su único puerto: la Nada. Por ejercer esta violencia ella deviene en “sin ciudad” ni lugar, sin salida, sin norma ni límite; sin construcción ni orden, porque en cuanto creadora ha de fundar en toda ocasión el lugar para su historia. En su transgresión se atreve contra la furia de la tempestad e irrumpe violenta con el lenguaje y las pasiones: la violencia abre caminos, pero le porta a la in-esencia, que carece de salidas; sólo fracasa ante la muerte.

En sus versos se oye la universalidad de lo humano, es la maldición de la fragilidad humana; fragilidad que sucumbe a cualquier mal, pues no tiene un lugar propio en el universo, ha de hacérselo; y Marga, como tantos otros, lo creó en torno a otras fragilidades, como es amar al que del mismo barro ha sido hecho. Sometidos a toda minusvalía física, a todo mal moral, y al mal más radical: la muerte. Uno de sus mejores textos es sin duda El síndrome de Groenlandia. Más de alguno recordará ese tono que hace alrededor de noventa años llenó la literatura y la cultura de locas quimeras, de miles de "manifiestos" dadá y surrealistas. Este “Síndrome” es el manifiesto que inaugura un milenio, el nuestro, el XXI. Al igual que en los anteriores, casi centenarios, una palabra se repite incesante; antes era “aullido” de libertad, de masacre, de sangre, de razón; ahora, tras el 11 de Septiembre y 11 de marzo en Nueva York y Madrid, la palabra que se repite es “miedo”; al miedo, a la vida, a la posibilidad de la muerte. Una existencia que se puede resumir en " temo, ergo sum". Un miedo que ha paralizado las manos y farfulla de continuo, por si al callar dejara de ser el mundo. Es uno de esos que nos persigue como nos busca lo Santo, lo absolutamente otro, lo absolutamente desconocido. Sólo como Dios es capaz de acosarnos.

Marga tiene la capacidad de manipular la realidad, pero de una manera inaudita. Es capaz de hacer real su subjetividad, desdibujando lo real, que aparece gris y sin consistencia. Ella consigue hacer, como si de Dios se tratara, real lo que siente a cada verso. ¿Le importa a Ud. si es verdad o no? A mí me resulta absoluta y plenamente indiferente, pues a cada verso que crea su alma, crea verdad, crea bondad, y sobre todo lo crea desde la belleza ínsita en su alma.

Sakuntala la mala contra

la tétrica mofeta

por Juan Cueto Roig

Autor: Daniel Fernández

Ed. Silueta, Miami

 

El título alude a los estrafalarios apodos que Reinaldo Arenas usó en varios de sus libros para referirse (con el primero) a Daniel Fernández, y a sí mismo con el segundo. La mayor parte de la novela está narrada en forma de diálogo, de entrevista más bien.

El apodado Sakuntala busca la ayuda de Daniel (el periodista), para aclarar malentendidos y defenderse de las calumnias de [Reinaldo] Arenas. El texto está colmado de nombres (ficticios y reales) del mundo intelectual, fáciles de identificar, sobre todo, por los que conocen la obra de Arenas y por los que vivieron en Cuba durante las décadas del 60 y 70. Y aunque el autor nos aclara que es una novela, y por tanto, ficción; también nos asegura que aunque el lector pueda percibirlo de otra manera, todo lo dicho por el personaje o por mí a lo largo de estos diálogos es absolutamente verídico y hasta comprobable en algunos casos.


Lo que en cualquier otro escritor sería un simple ajuste de cuentas, o una excusa para exponer su verdad (su verdad literaria y la de de su vida), el arte y oficio de Daniel Fernández hace de estas confesiones autobiográficas una novela de excepcional calidad; una interesantísima crónica de la vida cultural habanera durante las dos primeras décadas del castrismo, una época de la que, según Sakuntala la Mala, «tenemos no sólo el deber, sino el derecho de poner las cartas sobre la mesa, y que, para contar ese mundo era necesario haberlo vivido de verdad». Y quién mejor para contarlo que Daniel Fernández, que sufrió persecución y encarcelamiento por sus convicciones y por su obra.

La Mano de Dios

 

¡Noticia!: Se estrena en España La mano de Dios, el cuento de Rodolfo Pérez Valero que ganara el Premio Semana Negra de Gijón, y que fuera publicado en primicia en nuestro número anterior. En México también se trabaja en otra versión del cuento, esta vez como monólogo. El cuento es una suerte de thriller, que "sigue el recorrido de un grupo de emigrantes de Centroamérica y México hacia Estados Unidos. ...y donde hay contrabando de drogas, venta de armas, prostitución, esclavitud sexual, guerra entre pandillas, y todo debido a la vulnerabilidad de los inmigrantes".

Temblor de luz
Por Ignacio T. Granados Herrera

Temblor de luz es el poemario de Elena Iglesias editado por La Torre de Papel, en el que se hecha de menos la sobriedad de sus diseños; porque en efecto, la portada no le hace justicia y no prepara al lector para lo que contiene. La poesía de Iglesias se muestra aquí poderosa y clara, como uno de los mejores momentos de la poesía contemporánea; recuperando aquel aliento melancólico que fuera propio de la poesía femenina, y que mal visto le puede granjear injustas críticas. Pero por eso mismo, el libro logra imponerse con dignidad; renuncia a toda épica que no sea existencial y desdeña el intelectualismo banal, que tanto daño hace a lo contemporáneo.

Tampoco contiene grandes catedrales silenciosas ni pasillos vacíos por donde transiten las ánimas; sino que se reduce a ser poesía de mujer, una hermosa y fina poesía, con altos grados de ternura, mucha belleza.

El libro abre con una dedicatoria a Dulce María Loinaz, y el primer poema desborda una trágica teatralidad; luego ella habla con su madre, en un momento de intimidad casi ofensiva, que apela a la sensibilidad con imágenes perfectas y cristalinas. Hay ecos en este libro de grandes leyendas, que se ve que alimentan la poética de su autora de modo muy vívido; pero por sobre todo eso, un lirismo que conduce directamente a la catarsis de tan logrado, y justo por ese modesto regreso a una tradición mal vista. Hay que recordarlo, porque este libro renueva hasta las discusiones sobre la poesía actual; y la tradición de poesía femenina, de las poetisas, ha sido muy maltratada por la crítica. Se debe a ese afán intelectualista en épocas del Modernismo latinoamericano, cuando la poesía femenina se distinguía por su calidez y sentimentalismo. Hoy, después de las luchas por derechos civiles y la igualdad, ese intelectualismo se ha extendido a lo femenino; pero se olvida que fue esa femineidad la que dio base al feminismo, y lo que probablemente dio las páginas más bellas de esa poesía modernista.

Ese es el callado mérito de este libro de Iglesias, que nos recuerda que el subjetivismo y el verso libre lo que pretendían era liberar el más profundo lirismo, a través de la imagen perfecta. Temblor de luz habla entonces de la dignidad de la poesía, esa a la que aludía Lezama Lima; es esa fuerza que impresionó a Charles Baudelaire y le inspiró sus Pequeños poemas en prosa. Todo eso está en los genes del Modernismo latinoamericano, aunque escondido; Iglesias lo recupera hoy y lo descubre con la levedad de un gesto, en el que desgarra toda su sensibilidad.

Al encuentro de Juana de Ibarbouru, Narciso entre los cardos.
Ignacio T. Granados Herrera

La poetisa uruguaya Juana de Ibarbouru integra una pléyade especial, integrada por mujeres de carácter fuerte y transgresor; la de la poesía femenina latinoamericana, abierta con figuras como Gertrudis Gómez de Avellaneda en Cuba y Sor Juana Inés de la Cruz en México. Ibarbouru, además, pertenece a ese período de finales del siglo XIX y comienzos del XX; cuando la impronta del Modernismo, ya establecido como un canon, conciliaba al convencionalismo con la remota idea de una mujer escritora. A esta pléyade específica pertenecen figuras como Delmira Agostini, Dulce María Loinaz, y Alfonsina Storni. Pero eran todavía pioneras, así que a todas les tocó enfrentar no pocos prejuicios; y después, toda esa grandeza, menospreciada por el intelectualismo de la vanguardia y el machismo secular, se perdió en el concepto despectivo de poesía femenina; es decir, poesía sentimental y pacata, escrita por mujeres. Pero esas mujeres fueron las grandes precursoras del feminismo actual, así que son más fuertes que cualquier prejuicio.

Ahora, el uruguayo Diego Fischer nos recrea la vida y obra de quien fuera coronada como Juana de América, en esa tradición de juegos florales en que el Modernismo fue gentil y afecto a la cultura popular. Al encuentro de las Tres Marías: Juana de Ibarbouru más allá del mito pretende ser una biografía novelada; mejor que eso, es una biografía ilustrada con viñetas dramáticas, que recuerdan las iluminaciones con que los monjes medievales facilitaban la comprensión de un texto. El libro relata el ambiente que rodeó a Ibarbouru, las contradicciones de su vida familiar, la vanidad y el descuido comprensible de unos deberes que la constreñían en su humanidad esplendente; no por gusto, la figura del escritor era por esos tiempos un mito extraño y escandaloso, en franca contravención de los convenios sociales, y peor aún en el caso de las mujeres. Pero sobre todo resalta esa figura trágica y desenfadada, que se atrevió a escribir los versos más esplendorosos; la que todo lo sacrificó a la belleza, como un narciso que decae entre los cardos de la vida. Esa otra contradicción es lo que más impacta de este libro, que integra documentos preciosos como las cartas de la autora con Miguel de Unamuno, tratando de encontrar el beneplácito de la prestigiosa Generación del 98 española. Este libro recuerda cómo ese nombramiento de "Juana de América" no fue exactamente un exceso nacionalista; contó con el apoyo de personalidades como el mexicano Alfonso Reyes, el colombiano José Vargas Vila y el peruano José Santos Chocano.

Sobre Juana de Ibarbouru se cirnió la envidia, a la que ella se negaba con cándida espontaneidad; y con la misma languidez de una figurilla Art Noveau, buscó el sosiego en los narcóticos, que recrearon para ella la misma tormentosa intensidad y belleza de su poesía. En algún verso refleja ella esta atracción peligrosa [Visión de hatchís]; en el más conocido de todos llega a la franca impudicia [Tómame ahora, que aún es temprano]; y en otro aún desciende a la vena más popular, recordando a otros denostados que la seguirían [Porque es áspera y fea [.../] yo le tengo piedad a la higuera].

Eran otros tiempos, es cierto, y la poesía retenía mucha frescura; ese amaneramiento suyo era como un énfasis, por el que los escritores podían reconocerse en los sentimientos de la gente real con frases gentiles y elegancia. Como testimonio de ese tiempo, este libro repasa la intensidad de esa vida, y lo hace con un lenguaje claro y llano; como para ayudar a esclarecer ese mito irrescatable del narciso perdido entre los cardos.

Prolongación Ancestral, la metáfora existencial de Tony Cuartas   (Poema)

Este es un poemario, que como tal ya comporta la dificultad de reseñar la poesía; al menos si no se quiere caer en ese fraude del llamado impresionismo crítico, que sólo sirve para justificar cualquier cosa con una simple impresión. Esa modalidad tiene sus méritos y también sus funciones, pero no haría justicia a una propuesta como la de Prolongación ancestral; un larguísimo y único poema, que ya de por sí se nos regala como un monolito perfecto en su extrema unidad. Con setenta y dos páginas de texto, el libro como objeto final adolece de cierta ingenuidad en su factura; pero traspasado el umbral se adentra uno en aquel otro y viejo modo de hacer poesía, que ya tristemente declina. El poema, dedicado a la Habana, es tan hermoso en su letanía, que le sobran los prólogos; que sólo revelan una suerte de desconfianza, quizás justificada en su profunda intelectualidad, pero que no cuenta con esa exquisita luminosidad de la belleza que logra.

Como en los viejos poemas épicos, aquí se trata del andar la Habana, la ciudad vuelta mito; pero pisando cada uno de esos escalones suyos por los que se asciende a la facultad que la justifica como mito. No es gratuito eso en Cuartas, que pertenece a un grupo marcado generacionalmente por ese mito ya constituido de su ciudad; sus referencias, y cómo no, son los cuatro puntales que sostienen al universo intelectual de la Habana; desde la imagen perfecta de La ciudad de las columnas de Alejo Carpentier, a los monstruos benignos que la paseaban, Don Hilario González, Guillermo Cabrera Infante o José Lezama Lima. Por eso, aunque sobren un poco en su función de prólogo, sí se puede acudir a las ideas de que se sostiene; el exergo de JL Borges en que "...la primera metáfora es el río", o el mismo prologuista [Omar Casas] cuando habla de la "Habana convulsada donde los tigres acechaban las noches de los bares"; o como dice el editor [Armando Añel] sobre la "proliferación de imágenes de índole vallejiana, lezamiana, surrealista".

Cuartas, en fin, nos propone una incursión por aquellas imágenes superpuestas que adensan el aire onírico de la ciudad, tan perdida como amada... y añorada. De ahí esa prolongación, donde como diosa se extiende sobre su propio futuro inexistente, desde un presente que tampoco existe; porque sólo existe la luz que la recuerda y la busca por entre las neblinas de su amanecer, azul y con olor de salitre. No es que no sea retorcido, es que hasta quizás por ello sea bello; es decir, verdadero y bueno, aplicándole el platonismo que explica la pasión imaginativa de este nuevo intelectualismo. Sea pues, andemos la Habana que nos prolonga en sus cunetas y sus farolas; la sal en los ojos y el agua en el olfato, la herrumbre en nuestros labios; todo eso lo justifica, caminar una vez más.

El silencio de Galileo, la última broma de López Nieves

Seguir la carrera literaria de Luis López Nieves se está haciendo muy divertido, por esa capacidad suya para crear ficciones históricas. Se trata de una modalidad que el mismo autor llama "historia trocada", y consiste en trocar el pasado con ficciones; que además de revelar su profundo dramatismo, rescatan el género de aventuras, jugando con alturas como las de Pérez Reverte y Alejandro Dumas. La primera incursión de Nieves en este sentido fue Seva, un cuento que recreaba la ocupación de Puerto Rico por los Estados Unidos, y que llevó al autor a la celebridad y el reconocimiento.

Con el libro de cuentos La verdadera historia de Juan Ponce de León, Nieves descubre la intensidad y aventura de las investigaciones históricas, además del género epistolar; y con el último libro antes de El silencio de Galileo le incluye la fluidez de la correspondencia electrónica, el e-mail como cuerpo y marco narrativo. En ese sentido, lo que logra este libro con ese recurso epistolar es asombroso; desde la simultaneidad de situaciones tumultuosas que se entrecruzan, rescatando para la lectura el placer del vértigo. También con esa novela, El corazón de Voltaire, Nieves se concentra en un equipo de investigadores; que parece que perdurarán por varios libros, al estilo de las antiguas novelas de aventuras de Salgari y Dumas. Es en El corazón de Voltaire donde surge la historiadora Ysabeau, frustrada por no poder penetrar un monasterio benedictino durante una investigación. El silencio de Galileo es la reivindicación de Ysabeau, que ahora es la protagonista absoluta y tiene toda la investigación para sí; aunque la acompañan otros compañeros de la aventura, porque ante todo son amigos que comparten la pasión científica.

Ysabeau es un personaje que encantará al feminismo contemporáneo: Una doctora que triunfa en un mundo abiertamente masculino, sin devaneos sentimentales y algo inescrupulosa; también con cierta arrogancia y determinación, que sin embargo la hacen cómica y gentil. En un pasaje, Ysabeau llega a hacer una proposición ambigua a un funcionario de gobierno; temeridad que la lleva a la cárcel, de donde la rescata una legión de académicos, presidentes y embajadores. No es para menos, a esas alturas ya está claro que se trata de una intriga política que dura cuatrocientos años y envuelve un secreto de estado; así que como buena historiadora, Ysabeau se plantea penetrar una sección secreta de los Archivos del Parlamento Holandés, como antes lo pretendiera con un cenobio. Es sin dudas uno de los personajes más complejos y atractivos de López Nieves, seña inequívoca de su madurez literaria, no sólo en genio sino también oficio.

El silencio de Galileo se concentra en probar que una familia aristocrática —son dos las que se lo discuten— desciende directamente de Galileo Galilei; también que él fue el inventor indiscutido del discutido telescopio. Por el camino, las más grandes intrigas, con ese estilo de las grandes novelas de aventuras; también, por supuesto, los resultados más desconcertantes, las contradicciones más divertidas y la aventura inigualable de leer todo eso. Según el título, el tema de la novela es el dramático mutismo de Galileo cuando la Inquisición lo enjuicia; sin embargo, esto no resulta más que una leve justificación para armar el entramado de este juego colosal. Como siempre, Nieves se vale de su erudición y su inteligencia para sostener una trama poderosa; como el método es de "historia trocada", ya se sabe, hay que tomarlo con sumo cuidado; sin embargo, sí es cierto que Nieves logra hacer de la historia un asunto ameno y entretenido, que deja la pureza para puristas y entendidos.

El silencio de Galileo, De Novus Siderius Nuncius?

Como una extraña metáfora, el silencio del científico es cierto

en esta novela, y conmociona la existencia de una mujer que se

sabe inteligente, independiente y poderosa.

No hay manera de tratar una novela de López Nieves sin un desborde de notas marginales, la mayoría inconexas; que dada la variedad, complejidad y extensión, quedan fuera de toda crítica que pretenda alguna objetividad. Es sin dudas el residuo del arte verdadero, que se reproduce y extiende; como alentando ese rescate del ensayo estrictamente literario —¡oh, Borges, Reyes!—, como una suerte de reverencia al genio original. Esta vez se trata de El silencio de Galileo, que alude al dramático mutismo del inventor del telescopio ante el juicio inquisitorial; aparte de esta imagen tan dramática está la otra del Siderius Nuncius, el libro clave que impulsó el dominio de la ciencia moderna y su pensamiento. A lo largo de la novela, hay una sutileza sobre la condena al padre del telescopio; cuyo delito no fue tanto el de negar las creencias vigentes como el peligro de descubrir a los ojos del hombre el rostro deseado de Dios.

El terror eclesiástico no es una ligereza, como ninguna de esas extravaganzas teológicas que hoy nos asombran; en él latía la experiencia de la Torre de babel, la primera vez que los hombres dijeron que el cielo era el límite; y también la prudencia de Dios ante el arrebato de Moisés, a quien sólo accede a mostrar su espalda y como al paso. De pronto todo se aclara, tomando axiomas de todas partes, muy heterodoxo todo; como aquella advertencia etrusca de evitar la perfección, porque ésta era ya la muerte. Con nombre de periódico espacial, la gran noticia del Siderius Nuncius sí revela a los hombres el rostro de Dios; que consiste en esa misma vastedad en que resulta el Cosmos, como el último sefiroth de la Cábala Judía, después de su contracción portentosa en Titsum según Lulio. No será casual que lo avistado sean las cuatro lunas de Júpiter; es decir, la femineidad en que trasciende el poder misterioso de Dios.

Así, como el angélico de Aquino, Galileo comprende en un momento crucial que él ha sido un privilegiado; también que su privilegio es costoso, y decide retraerse como el verdadero Krathós que es el místico. El homenaje más profundo de esta novela, es así tan retorcido que parece ocultado a propósito; o tan desmesurado como si el mismo Dios lo escribiera con los dedos ignorantes de un escriba, para lo que utiliza las secretas artes del Espíritu. Dentro de la novela, pues, late la otra historia, esta vez sagrada y hermética, es una Cábala; pero ya es sabido, nunca se guarda un secreto mejor que cuando se exhibe impúdico, que ya se dijo que el Espíritu es a veces retorcido.