El día que mataron a Kennedy yo celebraba en Mar del Plata mi primer cumpleaños.Al igual que Lyndon Johnson me sentía optimista y pletórico de proyectos. Durante mi primera juventud he sido un salvaje que buscaba divertirse a como diera lugar. A veces por boca de algún amigo me llega el eco de mis hazañas que contemplo espantado y ajeno. Tengo muchas cosas de las que arrepentirme y sin dudas mi librito "La roja calva del diablo" integra la lista.No me arrepiento de haber viajado, persiguiendo a la aventura como un modus vivendi.
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Caminando sobre la cuerda floja, al límite de la forma, bailando en el ladrillito de la provocación, los poemas de Chago reflejan el ardor de una circunstancia excepcional –el exilio—, la sabiduría de quien está de vuelta, la sangre fría del nómada posnacional. En cualquier caso, la perplejidad que generan, el entusiasmo que despiertan, la línea de reflexión que proponen, son consecuencia de una experiencia vital en perpetuo renacimiento. Este último libro del poeta es un poco, otra vez, su ópera prima, fuente de eterna juventud, escepticismo encojonao: Aquí la poesía ruge como el león de la Metro Goldwyn Mayer, pero no se queda quieta y se lanza sobre nosotros. “Filosos versos de punta y hacia el cielo”. No se los pierdan. |
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I- El ontológico Es posible leer Erótica en clave histórica, lo que pudimos o debimos ser; pero eso sería desperdiciar el placer de disfrutar lo que de hecho somos, el regalo más preciado a nuestro hedonismo. Esta novela es, en esencia, nada más que eso, placer en estado puro; y es en ello que significa una ruptura con el realismo banal de la literatura cubana, en su naturaleza de juego. En términos estrictamente literarios, esto se explica con referencias a la Rayuela de Julio Cortázar y a todo Cabrera Infante; al primero, por el desorden y la displicencia con que se resuelve el libro; al segundo, con una facultad para el lenguaje paródico [La muerte de Troski según...], que enfatiza su naturaleza juguetona en un esquema de informe historiográfico. También, sería en ello que resida su facultad para este rompimiento con esa condición fatal del realismo cubano; porque como indica ya en su nombre, se opone a la violencia ética que supone el deber —pecado del idealismo estoico— con ese placer del Ser en sí mismo, sin mayor trascendencia. En ese sentido, la violencia ética, como Ananké, cuestiona al Ser, como Polifemo a Odiseo, con una mirada carente de perspectivas; pero éste —rico en ardides— lo burla con su propia negación, que es la clave de la victoria de Thamacún; ese desvanecimiento antes que la oposición directa, porque sólo quien tiene miedo cree en el miedo y trata de inspirarlo. Queda claro, en todo caso, que no leer esta novela en clave histórica no significa desconocer su alcance ontológico; porque precisamente en su cualidad de negación es que logra la mejor descripción de la tensión binaria que nos ha conducido a la frustración histórica. Es decir, esta novela es muy valiosa como recuperación de las facultades intrínsecas al arte y la literatura; la de una reflexión o experiencia de conocimiento, que por parabólica [analógica] no se pierde en la retórica ni el suprematismo ético. Eso es muy complejo y sutil para la primariez racional, que tanto acude al sentido recto y el lenguaje funcional; por eso, los idealistas y estoicos son tan pesados y tienden a lo político, en busca de fáciles sufragios. II- El Antropológico
Puestos al objeto, pues, Erótica es Idamanda misma, su protagonista; porque es la pasión de Richard del Monte, su partenaire, y es en ello el país más real del mundo, el cuerpo deseado que posee a su poseedor. De ahí la frase más célebre de esta heroína, “Yo soy la mujer de mi marido, y mi marido es mi mujer”; lo que supone una suerte de lesbianismo como concreción en que se niega la historia y se libera al hombre de sí mismo. Yin sobre Yin, Ser intrascendente, levedad del papalote con el cordel [Ananké] picado por la cuchilla oportuna de la oportuna decisión. |
El sentido de esta historia sería entonces —o al menos incluiría— el elogio puro, el cuerpo de Idamanda como epicúrea Pharmacopea; ese es el poder que se sobrepone y puede manejar hasta la procacidad del Cerdo, en un encuentro épico en el que sólo puede vencer Richard del Monte en su capacidad corporativa —el Ser—, al poseer a Idamanda y poder amarla de mujer a mujer. Ya en la inteligentísima portada del libro queda claro este enfrentamiento, con un cerdo trajeado que se prepara a embestir unas provocadoras piernas de mujer; es obvio que van a ganar esas piernas, pero esa es la historia que hay que leer en la novela, por más que no se vea en sentido recto. Como adelanto, Idamanda no desconoce al Cerdo, juega con él; ella es de Richard del Monte, que no la vence sino que se realiza en ella. Esa paradoja es la extensión de la novela, un relato maravilloso; cuya intriga no está en la trama sino en los hilos que la tejen, no es el oro sino el anillo. El Cerdo es un personaje capital en el imaginario que establece Erótica, ya desde que es también un ciudadano de El Hecho; que es Thamacún, una isla ni remotamente imaginaria, aunque sí virtual, y que es como se conoce a Erótica, además de Playa Hedónica, Cumberland y varios otros nombres. Erótica es un toponímico de profundo valor antropológico, y con antecedentes importantes; no ya en la apropiación que hace el autor de Cabrera Infante, y que puede ser apócrifa pero nadie sabe. Ya antes, otra firma importante de la literatura cubana [Lorenzo García vega] se refirió a Playa Albina; que es Miami, porque en esta tensión binaria de Realidad Vs Realidad, Miami juega un papel fundamental; es el Aleph de los cubanos, el eje que determina sus existencias, tanto las exiliadas como las inciliadas. En ese sentido, Miami es intelectualmente un antro de vulgaridad, violencia y arrogancia, prefigurada en la procacidad del Cerdo; que existió realmente en El Hecho [Thamacún] como un residuo de la Cuba real que persiste en el Gran Salto Adelante que significó la virtualidad para Thamacún, la realización de Erótica. En Miami se puede caer —es un ejemplo— víctima de la procacidad del Cerdo, que siempre es propia; por eso se la padece, y en el sufrimiento se le imagina como esa extensión carcelaria de la que se escapa pero que aún nos persigue. Richard del Monte, en cambio, se encuentra con Idamanda, y ese hecho ilumina la playa con su hedonismo potencial, negado al otro; porque en el amor de Richard del Monte Idamanda lo defiende, juega con el Cerdo y le enfrenta esas piernas invencibles. |
Como reflexión al fin y al cabo, la literatura de esta novela es poderosa y eficaz; no sólo por su lenguaje sino en su estructura misma, y los recursos de ese lenguaje. Como Ópera al fin y al cabo, goza con el aria inigualable de la entrada de Meneíto; un personaje que con algo de la Estrella de Cabrera Infante [Ella cantaba boleros] ilumina de belleza y sublimidad con un burlesco popular y fresco. La bibliografía de referencia que usa Erótica no sólo es aguda e incisiva, también retiene todo el poder de la parodia de que se hablara antes; y propone a Armando Añel como uno de los teclados más originales y finos de esa basta generación —y dice “basta”, no “vasta”— de escritores producidos por la revolución cubana. Donde resalta este poder es en la dramática sutileza de la legislación propia de Erótica, y que explica su sentido liberador y hedónico; la importancia de la Rivadavia, el erotismo de la carne del salmón, decretos sobre la desmitificación de la corbata y su uso, el comer el pollo con la mano y luego chuparse los dedos, y otros aún; esos son ejemplos de la facultad de la literatura para incidir en la historia justamente a partir de su negación tajante, que es con lo que logra moderarla. Es por el alcance ontológico que Erótica es también una épica, aunque no una epopeya del héroe; es una condición ya dada, no una por alcanzar, y no es diferente del Nirvana búdico, o de la felicidad —que no la inocencia— adámica, un estado de conocimiento. Idamanda, como Eva, es la extensión que realiza a Richard del Monte [Eu-Eua]; no, por tanto, el héroe clásico que se sobrepone al martirio, y que aún pervive en el antihéroe que es el héroe moderno; él es el no héroe, el Ser en sí [pasivo]; y de ahí su amor por Idamanda, que es así su país. Es por eso que esta novela no debería leerse en clave histórica, ni siquiera ética, de eso que pudimos o debimos ser; eso la afectaría en su alcance universal, porque los problemas de que habla Erótica no son propiamente cubanos —aunque lo cubano los exacerbe con su maldita excepcionalidad— sino humanos. Temas como el de la diferencia, en el capítulo Apología de la curiosidad, toman lo supuestamente excepcional cubano, pero como un tópico; de ahí que eso cubano sirva como parámetro para la negación, quizás por su carácter exacerbado, pero que no es ni remotamente exclusivo como seña de identidad. Después de todo, se trata de que, como en el restaurante, uno sea uno mismo; no una extraña idea de lo que alguien que nos desconoce supone para nosotros, sino una maravillosa vindicación de Epicuro.
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Ojo de pez y otros relatos©: Rodolfo Martínez Sotomayor El proceso creativo es tan diverso como la personalidad. Cada artista tiene un universo interno irrepetible, que al ser genuino, hace que su obra sea cincelada con recursos individuales que marcan su estilo. En su primer libro de cuentos Ojo de pez y otros relatos (Editorial Silueta, 2010), la escritora argentina Susana Della Latta es ya portadora de un estilo propio. Una voz distinta que nos adentra en un caleidoscopio narrativo, con imágenes de ese mundo que por momentos parece lúgubre y en otros los destellos de luz llegan en forma de cuentos breves escritos con precisión de relojería. La intertextualidad viene acompañada, en algunos relatos, de reminiscencias de famosas joyas de la plástica, y es que la autora es, además, una pintora que parece intentar hacer trazos de colores con la palabra. Los cuentos de Susana Della Latta poseen una prosa carente de artificios. Una narrativa original que fluye a un ritmo poético placentero para el lector. Con algunos de los cuentos recogidos en Ojo de pez y otros relatos asistimos al horror de ciertos hechos cotidianos; en otros la belleza del arte y la sensibilidad se anteponen a la rutina de la vida. Sus personajes pueden ser fantasmas, lunáticos, suicidas, o gente simple, pero todos de una complejidad psicológica descrita con genuina intensidad. |
El protagonista, en fin, trata de convencerse de que envejecer tiene su gracia; y el narrador le impone un rictus de amarga ironía, preguntándole si la tiene. Es, sin dudas, un relato del culto, no sólo de culto; el autor se diluye en el drama interior de su propio Ulises, es dublinesco. Como relato sobre el culto, y con ese aire dublinesco, es inevitablemente un libro de escritor para escritores; lo que no es necesariamente un defecto ni le hace desmerecer, porque parte de lo nuevo es que todo el mundo escribe y por lo menos se aspira a una cultura vastamente libresca. Con un público así asegurado, el del snobismo ya convencional, el autor nos permite caminar con su protagonista, se recrea en su tragedia personal; y ya con esa referencia al Dublín de Joyce, se luce en una prosa ligera, funcional y elegante. Esta Dublín de Vila-Matas tiene además sus arrabales, como toda ciudad, aunque sea imaginaria; y en esas extensiones del drama sigue siendo un magnífico libro, casi denso pero más tratable que el odiseísimo de su ídolo. Así vemos que a pesar de todos los humanismos y las antropologías, de lo que no hay dudas es de que Occidente sigue siendo eurocéntrico; gracias a Dios, porque es Occidente lo que ha podido nuclear todas esas fantásticas invenciones de la periferia. Esta Dublín, además, tiene la gracia de adaptarse al drama, de ser parte de la representación; porque no es la tierra de este Ulises, aunque sí sea su Itaca, sin contradicción. Dublín es como el icono que se reverencia, la promesa de una otredad muy añorada; entrar a Dublín es llegar a una experiencia extraída, un poco o muy retorcidamente, de aquella otra del original que venera. En más de algún momento, estas referencias le sirven a Vila-Matas para hilvanar cavilaciones existenciales pero no menos librescas; como cuando el protagonista se refiere a un pasaje de Italo Calvino, que a su vez se refiere a un pasaje del Decamerón, y se resuelve en un sentencioso Mark Strand que contrapone la búsqueda de la levedad al peso de existir. En otros pasajes alega ser "el hombre que es todos los hombres" [Borges], y así de continuo; porque, no hay que olvidarlo, ese mundo que se pierde es ese mundo libresco del siglo XX, y él es un editor. El libro es entonces una grave pirueta, que aspira a retener la gracia y lo consigue; y en el drama que propone lo que vende es la nostalgia por un modo de hacer las cosas que ya no existe. Más allá del objeto dramático inmediato, este otro aire redunda en lo dublinesco; menos triste que el protagonista, es su atmósfera, y está también magníficamente lograda. |
Arrebatos carnales, de Francisco Martín Moreno
No obstante, ha de reconocerse, la portada es bien explícita, y nadie puede decir que entrara engañado; sólo que siguiendo esos mitos intelectuales de la falsa democratización de los medios, tratar de sobreponerse a los prejuicios sólo logra confirmarlos, y aquí el sexo es gancho y no carnada. La diferencia siempre es de intereses, y tiene que ver con la vastedad de los mismos; y el caso de Francisco Martín Moreno no alcanza el rango de los clásicos de la historiografía y la biografía, que es el único que admite ese adusto género. La dificultad estriba en la perspectiva, porque el título propone un conjunto de biografías interesantes, de aspectos interesantes en la vida de personajes interesantes; pero al contrario, en su intento por amenizar con dramatizaciones, se pierde en chanchullos y suposiciones que asume como determinaciones históricas. La misma historia de inicio dilapida a la pareja imperial de México, Maximiliano y Carlota; en un drama narrado por uno de sus personajes secundarios, que sólo se recrea en detalles algo pintorescos pero sobre todo procaces y simplificadores. La segunda historia ya es intolerable, comenzando en una escena fantástica en que Porfirio Díaz enfrenta el juicio divino; y eso que lo anuncia como "el enterrador del liberalismo del siglo XIX", título que le hace honor a su importancia histórica. Saltarse una historia como ésta para ver cómo sigue el libro supone una negación del hedonismo, que es condición esencial para que una lectura valga la pena; en todo caso, sólo confirma la amenaza inicial, con una tercera historia en que el sacerdote José María Morelos abre con un destemplado monólogo acerca de su amor por Francisca Ortiz. Poniendo las cosas en perspectivas, el libro no puede ser un desastre comercial; no en una época de falsa democratización [populismo] de las élites y especializaciones de la cultura, que no se alcanzan por sufragio real sino por mero efectismo mediático. Ese es el caso de este libro de Francisco Martín Moreno, que es autor de best-sellers y periodista, además de esa extraña profesión que es ser conferencista. Martín Moreno se presenta como líder de opinión —que parece ser una postmoderna enfermedad venérea—, y aporta una fórmula para el éxito fácil; inconsistente y pasajero, pero éxito al fin, que es lo que importa, y en un contexto en que graduarse de Hig School es lo que abre las puertas doradas del éxito. Ese es precisamente el problema de este libro, que carece del genio imprescindible a tan rico género como es la biografía histórica; teniendo en cuenta que tan espesas aguas están negadas a la ligereza y la premura del periodismo, incluso si es investigativo y del llamado "de profundidad". No por gusto, lo que mejor florece en esos pastos es la crónica y la biografía políticas, que en su inmediatez no son lo que interesa a este libro; que no obstante conviene como referencia aleatoria, tan sólo por la serie de retratos ilustres que reúne en su galería. |