Finkelstein's

El día que mataron a Kennedy yo celebraba en Mar del Plata mi primer cumpleaños.Al igual que Lyndon Johnson me sentía optimista y pletórico de proyectos. Durante mi primera juventud he sido un salvaje que buscaba divertirse a como diera lugar. A veces por boca de algún amigo me llega el eco de mis hazañas que contemplo espantado y ajeno. Tengo muchas cosas de las que arrepentirme y sin dudas mi librito "La roja calva del diablo" integra la lista.No me arrepiento de haber viajado, persiguiendo a la aventura como un modus vivendi.


Me radiqué en distintos paises trabajando como peón de albañil, peón de peones, fregaplatos, carga y descarga y extra de cine salvándole con mi fulgurante intervención ese bodrio de "todo sobre mi madre" a Pedro Almodóvar. Detesto a La Ignorancia y a toda su prole: La Maldad, La Vulgaridad, El Oscurantismo y El Prejuicio.
Lucho por ser un hombre bueno y no ando contando los centavos.


Al contemplar una botella de vino veo sólo una cosa: Felicidad; y ésta es el único deseo pertinente que solicitarle al genio de la lámpara, al diablo, a Dios o a la vieja de la esquina en caso de que se nos presenten con un trato ventajoso.Amén.

En este número, nuestro editorial se limita a recordar nuestra política de dividir las reseñas en Moneda dura y local; aludiendo a la diferencia entre los libros que se concentran en su entorno inmediato como mercado local, y los producidos por grandes sellos, de alcance internacional. Eso sí, no como medida de discriminación; pues una de las grandes alegrías que incluímos aquí es el protagonismo de la reseña de la novela Erótica [moneda local], del escritor Armando Añel. Una novela que merece mayor alcance que el local, y a lo que aspiramos a contribuir, en la medida de lo posible, con su realce.

También, y tratando de encontrar nuevos desarrollos, introducimos la columna de L. Morgan Finkelstein [Finkelstein's]; un argentino alborotador y desgreñado, cuya espontaneidad le permite el juicio ácido e iconoclasta. Que levante más de una ceja, como atrevido, es lo que espera y consigue de continuo.

Presentación de Ojo de pez y otros relatos, de Susana Della Latta.

Teatro HavanaFama

752 SW 10th Avenue, Miami, FL
Teléfono: (786) 319-1716

Jueves 27 de Mayo / 2010 - 7:30 pm

        

Entrada gratis

Filosos versos de punta

©: Armando Añel

 

Siempre que se lo propone –y se lo propone siempre— Santiago Méndez Alpízar no deja indiferente a nadie. Me refiero específicamente a su poesía, que alguien, tal vez yo mismo, ha calificado de demoledora. La demoledora singularidad de los poemas de Chago, como también se conoce a este poeta del centro de Cuba, pero residente desde 1996 en Madrid, no acepta lecturas intermedias, o condescendientes. Es la marca de la casa de los escritores auténticos, que han conseguido escapar del tecnicismo bobalicón y la grisura retórica, circunstancia que demuestra esta vez, y una vez más, Bagazo: Poemas iberos [Efory Atocha Ediciones, Madrid, 2010].

Estamos ante una escritura al límite. Nadie debe engañarse. Por el frío de las calles de Madrid deambula un poeta que llama al pan, pan, y al vino, vino. O se inventa nombres descarnados, brutales, con los que llamar al pan y al vino, o los arroja al aire “dispuesto a frotar con la llaga el sentimiento”. En Bagazo la reiteración descansa en la sorpresa, un vacío que la palabra ocupa regodeándose en sus bordes, pujando por salir nada más haber entrado. De manera que el lector acude a un  espacio contentivo, pero que lanza sobre todo y sobre todos sus salpicaduras abrasivas. “Voy, vengo, y en todas direcciones no hay donde tocar, sólo edificios”. “Eran los sueños que sacaban al niño de dormir con la cabeza en el escusao”. Una escritura que duele.

Caminando sobre la cuerda floja, al límite de la forma, bailando en el ladrillito de la provocación, los poemas de Chago reflejan el ardor de una circunstancia excepcional –el exilio—, la sabiduría de quien está de vuelta, la sangre fría del nómada posnacional. En cualquier caso, la perplejidad que generan, el entusiasmo que despiertan, la línea de reflexión que proponen, son consecuencia de una experiencia vital en perpetuo renacimiento. Este último libro del poeta es un poco, otra vez, su ópera prima, fuente de eterna juventud, escepticismo encojonao: Aquí la poesía ruge como el león de la Metro Goldwyn Mayer, pero no se queda quieta y se lanza sobre nosotros. “Filosos versos de punta y hacia el cielo”. No se los pierdan.

Fe en disfraz, de Mayra Santos
Otro gesto de la misma belleza

©: Ignacio T. Granados Herrera

 

Como principio y perspectiva, esta novela está escrita por una mujer negra, es una historia de mujeres negras, y comprende problemas de arquetipos y belleza.

A partir de ahí, queda claro que tiene un aliento reivindicativo, cierto discurso; aunque, para su bien, lo resuelve en un drama intenso y bello hasta lo enfermizo, que sólo a veces deja eruptar la ira que contiene. Mayra Santos dedica aquí su pasión por personajes históricos y algo esperpénticos a una personalidad ficticia; que sin dudas, y de algún modo, logra canalizar sus propias inquietudes existenciales. En su contra, la novela se puebla de datos y referencias estrictamente históricas; aludiendo incluso con agradecimiento a profesores e investigadores de cierto prestigio, que habían contribuido al rescate de valores propios de la raza negra. A su favor tiene que, aunque eso la debilita como ficción, logra que sólo sea un defecto pasajero; tras el que se encuentra una de las estructuras dramáticas más originales y poderosas de la literatura contemporánea.

La trama se ancla en el espectro de Xica da Silva, en una obsesión como la que atrajo a la autora hacia Nuestra señora de la noche; pero aquí, como un personaje más vasto y rico, se da la libertad de encarnarlo y recrearlo como una fatalidad propia. El planteamiento final es lúgubre hasta lo tierno, con una mujer que piden que la saquen del arnés de su destino; un gesto bello en el patetismo, aunque para eso haya que aguantarse las descripciones más tópicas y el auto elogio sobre la hermosura especial y la sensualidad de la mujer negra. Una escritura muy madura respecto a la redacción funcional de su novela anterior, en ésta sin embargo sigue pesando la preocupación social y política; que lastra a los escritores con la responsabilidad de nuevos monjes predicantes, en ese encargo trascendente de transmitir el evangelio. En lo que respecta a esa preocupación socio política, quizás la autora misma no se da cuenta de esa cierta obscenidad del mundo que describe; un paisaje de universidades con presupuestos que esquilman a gobiernos y estudiantes, para engordar profesores como obispos con las sinecuras de sus investigaciones. Pero es cierto que eso mismo sirve para definir el marco cerrado del mundo algo opresivo de los protagonistas; como la abadía cisterciense para el Baskerville de Umberto eco, o Babel para todos los hombres —que son el mismo— de Jorge Luis Borges.

De cualquier forma, hay una enorme belleza en ese aire enfermizo de la trama, que juega con el valor erótico del sadomasoquismo; y que sin embargo, sin caer nunca en la vulgaridad, puede entrar en las más explícitas descripciones sexuales, como otro gesto de esa misma belleza. Fe en disfraz es un libro cerrado como una joya, con uno de los relatos más apasionantes de los últimos tiempos; como un diamante no muy exquisitamente tallado, pero sí lo suficiente como para que reluzca sus propios lujos.

¿Seva vive: Hamlet o López Nieves?

©: Ignacio T. Granados Herrera

Seva es el cuento que prácticamente lanzó a Luis López Nieves a la fama, y es una ficción que obviamente recrea la realidad; sólo que esa recreación de lo real no ocurre en una mirada crítica, sino trastocándola profundamente, dando lugar a una nueva. La crítica no para mientes en comparar el fenómeno Seva al que en su momento fuera la transmisión de La guerra de los mundos; y al menos en el radio de Puerto Rico, la reacción fue similar, desatando uno de los debates más encendidos sobre la realidad inmediata del país y sus referencias históricas. Quizás ahí radique el valor fundamental de lo que es sólo un cuento, al canalizar un problema obviamente latente en la mente y el imaginario puertorriqueño.

En rigor, el cuento relata un supuesto intento de ocupación de Puerto Rico por el ejército norteamericano anterior al oficial; y en esa ficción, la respuesta del país no es tan pasiva sino tan virulenta como lo desea el independentismo boricua. La repercusión inmediata del cuento cuestiona profundamente la realidad política, y habla de la complejidad de la mente y la cultura puertorriqueñas; porque aunque el independentismo sea la opción política menos favorecida en esa realidad política, el pasionario que despertó dice otra cosa. En efecto, la rápida y desproporcionada reacción dice que el asunto no es tan simple, y que eso es un issue no resuelto en la proyección política local; más allá de su legitimidad, racionalidad y viabilidad, el valor del cuento radicaría en esa eficacia para reconocer un problema y sencillamente recrearlo.

Que ese cuento desatara tal nivel de reacción habla de valores propios de la literatura, más que de la fe ideológica de su autor; porque aunque en Seva subyace un discurso, del que se puede disentir, lo cierto es que todo el mundo reaccionó al mismo, y de forma pasional y virulenta. De paso, el cuento proporcionó al autor el estilo para otras cosas menos pasionales; un tratamiento de la correspondencia como cuerpo susceptible de narración dramática, que ha dado lugar a una de las trilogías de aventuras más apasionantes de la literatura contemporánea. Como dice uno de los protagonistas de este docudrama, "Seva vive en la mente de Luis López Nieves"; quizás eso sea lo único necesario para hacer todas las determinaciones ontológicas que se dirigen a la realización culminante del Ente [Puerto Rico]. Es, eso sí, genial, que con un simple movimiento de dedos sobre el tecleado un hombre ponga a todo un país en vilo; esa es una cuestión sólo digna del príncipe Hamlet que concibió Shakespeare, y una de las pruebas del valor de López Nieves.

I- El ontológico

Es posible leer Erótica en clave histórica, lo que pudimos o debimos ser; pero eso sería desperdiciar el placer de disfrutar lo que de hecho somos, el regalo más preciado a nuestro hedonismo. Esta novela es, en esencia, nada más que eso, placer en estado puro; y es en ello que significa una ruptura con el realismo banal de la literatura cubana, en su naturaleza de juego. En términos estrictamente literarios, esto se explica con referencias a la Rayuela de Julio Cortázar y a todo Cabrera Infante; al primero, por el desorden y la displicencia con que se resuelve el libro; al segundo, con una facultad para el lenguaje paródico [La muerte de Troski según...], que enfatiza su naturaleza juguetona en un esquema de informe historiográfico.

También, sería en ello que resida su facultad para este rompimiento con esa condición fatal del realismo cubano; porque como indica ya en su nombre, se opone a la violencia ética que supone el deber —pecado del idealismo estoico— con ese placer del Ser en sí mismo, sin mayor trascendencia. En ese sentido, la violencia ética, como Ananké, cuestiona al Ser, como Polifemo a Odiseo, con una mirada carente de perspectivas; pero éste —rico en ardides— lo burla con su propia negación, que es la clave de la victoria de Thamacún; ese desvanecimiento antes que la oposición directa, porque sólo quien tiene miedo cree en el miedo y trata de inspirarlo.

Queda claro, en todo caso, que no leer esta novela en clave histórica no significa desconocer su alcance ontológico; porque precisamente en su cualidad de negación es que logra la mejor descripción de la tensión binaria que nos ha conducido a la frustración histórica. Es decir, esta novela es muy valiosa como recuperación de las facultades intrínsecas al arte y la literatura; la de una reflexión o experiencia de conocimiento, que por parabólica [analógica] no se pierde en la retórica ni el suprematismo ético. Eso es muy complejo y sutil para la primariez racional, que tanto acude al sentido recto y el lenguaje funcional; por eso, los idealistas y estoicos son tan pesados y tienden a lo político, en busca de fáciles sufragios.

II- El Antropológico

 

Puestos al objeto, pues, Erótica es Idamanda misma, su protagonista; porque es la pasión de Richard del Monte, su partenaire, y es en ello el país más real del mundo, el cuerpo deseado que posee a su poseedor. De ahí la frase más célebre de esta heroína, “Yo soy la mujer de mi marido, y mi marido es mi mujer”; lo que supone una suerte de lesbianismo como concreción en que se niega la historia y se libera al hombre de sí mismo. Yin sobre Yin, Ser intrascendente, levedad del papalote con el cordel [Ananké] picado por la cuchilla oportuna de la oportuna decisión.

El sentido de esta historia sería entonces —o al menos incluiría— el elogio puro, el cuerpo de Idamanda como epicúrea Pharmacopea; ese es el poder que se sobrepone y puede manejar hasta la procacidad del Cerdo, en un encuentro épico en el que sólo puede vencer Richard del Monte en su capacidad corporativa —el Ser—, al poseer a Idamanda y poder amarla de mujer a mujer. Ya en la inteligentísima portada del libro queda claro este enfrentamiento, con un cerdo trajeado que se prepara a embestir unas provocadoras piernas de mujer; es obvio que van a ganar esas piernas, pero esa es la historia que hay que leer en la novela, por más que no se vea en sentido recto. Como adelanto, Idamanda no desconoce al Cerdo, juega con él; ella es de Richard del Monte, que no la vence sino que se realiza en ella. Esa paradoja es la extensión de la novela, un relato maravilloso; cuya intriga no está en la trama sino en los hilos que la tejen, no es el oro sino el anillo.

El Cerdo es un personaje capital en el imaginario que establece Erótica, ya desde que es también un ciudadano de El Hecho; que es Thamacún, una isla ni remotamente imaginaria, aunque sí virtual, y que es como se conoce a Erótica, además de Playa Hedónica, Cumberland y varios otros nombres. Erótica es un toponímico de profundo valor antropológico, y con antecedentes importantes; no ya en la apropiación que hace el autor de Cabrera Infante, y que puede ser apócrifa pero nadie sabe. Ya antes, otra firma importante de la literatura cubana [Lorenzo García vega] se refirió a Playa Albina; que es Miami, porque en esta tensión binaria de Realidad Vs Realidad, Miami juega un papel fundamental; es el Aleph de los cubanos, el eje que determina sus existencias, tanto las exiliadas como las inciliadas. En ese sentido, Miami es intelectualmente un antro de vulgaridad, violencia y arrogancia, prefigurada en la procacidad del Cerdo; que existió realmente en El Hecho [Thamacún] como un residuo de la Cuba real que persiste en el Gran Salto Adelante que significó la virtualidad para Thamacún, la realización de Erótica. En Miami se puede caer —es un ejemplo— víctima de la procacidad del Cerdo, que siempre es propia; por eso se la padece, y en el sufrimiento se le imagina como esa extensión carcelaria de la que se escapa pero que aún nos persigue. Richard del Monte, en cambio, se encuentra con Idamanda, y ese hecho ilumina la playa con su hedonismo potencial, negado al otro; porque en el amor de Richard del Monte Idamanda lo defiende, juega con el Cerdo y le enfrenta esas piernas invencibles.

III- La épica

 

Como reflexión al fin y al cabo, la literatura de esta novela es poderosa y eficaz; no sólo por su lenguaje sino en su estructura misma, y los recursos de ese lenguaje. Como Ópera al fin y al cabo, goza con el aria inigualable de la entrada de Meneíto; un personaje que con algo de la Estrella de Cabrera Infante [Ella cantaba boleros] ilumina de belleza y sublimidad con un burlesco popular y fresco. La bibliografía de referencia que usa Erótica no sólo es aguda e incisiva, también retiene todo el poder de la parodia de que se hablara antes; y propone a Armando Añel como uno de los teclados más originales y finos de esa basta generación —y dice “basta”, no “vasta”— de escritores producidos por la revolución cubana. Donde resalta este poder es en la dramática sutileza de la legislación propia de Erótica, y que explica su sentido liberador y hedónico; la importancia de la Rivadavia, el erotismo de la carne del salmón, decretos sobre la desmitificación de la corbata y su uso, el comer el pollo con la mano y luego chuparse los dedos, y otros aún; esos son ejemplos de la facultad de la literatura para incidir en la historia justamente a partir de su negación tajante, que es con lo que logra moderarla.

Es por el alcance ontológico que Erótica es también una épica, aunque no una epopeya del héroe; es una condición ya dada, no una por alcanzar, y no es diferente del Nirvana búdico, o de la felicidad —que no la inocencia— adámica, un estado de conocimiento. Idamanda, como Eva, es la extensión que realiza a Richard del Monte [Eu-Eua]; no, por tanto, el héroe clásico que se sobrepone al martirio, y que aún pervive en el antihéroe que es el héroe moderno; él es el no héroe, el Ser en sí [pasivo]; y de ahí su amor por Idamanda, que es así su país. Es por eso que esta novela no debería leerse en clave histórica, ni siquiera ética, de eso que pudimos o debimos ser; eso la afectaría en su alcance universal, porque los problemas de que habla Erótica no son propiamente cubanos —aunque lo cubano los exacerbe con su maldita excepcionalidad— sino humanos. Temas como el de la diferencia, en el capítulo Apología de la curiosidad, toman lo supuestamente excepcional cubano, pero como un tópico; de ahí que eso cubano sirva como parámetro para la negación, quizás por su carácter exacerbado, pero que no es ni remotamente exclusivo como seña de identidad. Después de todo, se trata de que, como en el restaurante, uno sea uno mismo; no una extraña idea de lo que alguien que nos desconoce supone para nosotros, sino una maravillosa vindicación de Epicuro.

Ojo de pez y otros relatos

©: Rodolfo Martínez Sotomayor

El proceso creativo es tan diverso como la personalidad. Cada artista tiene un universo interno irrepetible, que al ser genuino, hace que su obra sea cincelada con recursos individuales que marcan su estilo. En su primer libro de cuentos Ojo de pez y otros relatos (Editorial Silueta, 2010), la escritora argentina Susana Della Latta es ya portadora de un estilo propio. Una voz distinta que nos adentra en un caleidoscopio narrativo, con imágenes de ese mundo que por momentos parece lúgubre y en otros los destellos de luz llegan en forma de cuentos breves escritos con precisión de relojería.

La intertextualidad viene acompañada, en algunos relatos, de reminiscencias de famosas joyas de la plástica, y es que la autora es, además, una pintora que parece intentar hacer trazos de colores con la palabra. Los cuentos de Susana Della Latta poseen una prosa carente de artificios. Una narrativa original que fluye a un ritmo poético placentero para el lector.

Con algunos de los cuentos recogidos en Ojo de pez y otros relatos asistimos al horror de ciertos hechos cotidianos; en otros la belleza del arte y la sensibilidad se anteponen a la rutina de la vida. Sus personajes pueden ser fantasmas, lunáticos, suicidas, o gente simple, pero todos de una complejidad psicológica descrita con genuina intensidad.

Dublinesca, de Enrique Vila-Matas
©: Ignacio T. Granados

 

 

El sólo nombre de Dublín ya genera la niebla, y de ahí el leit motiv de esta novela; que es una obra de culto, un estoico homenaje a ese mito literario del siglo XX que es el Ulises de James Joyce. Esta vez se trata de un editor en el ocaso, sumido en el demodé al que lo arroja el siglo XXI, y que trata de llevar con elegancia su pasión juvenil por los libros.

El protagonista, en fin, trata de convencerse de que envejecer tiene su gracia; y el narrador le impone un rictus de amarga ironía, preguntándole si la tiene. Es, sin dudas, un relato del culto, no sólo de culto; el autor se diluye en el drama interior de su propio Ulises, es dublinesco. Como relato sobre el culto, y con ese aire dublinesco, es inevitablemente un libro de escritor para escritores; lo que no es necesariamente un defecto ni le hace desmerecer, porque parte de lo nuevo es que todo el mundo escribe y por lo menos se aspira a una cultura vastamente libresca. Con un público así asegurado, el del snobismo ya convencional, el autor nos permite caminar con su protagonista, se recrea en su tragedia personal; y ya con esa referencia al Dublín de Joyce, se luce en una prosa ligera, funcional y elegante. Esta Dublín de Vila-Matas tiene además sus arrabales, como toda ciudad, aunque sea imaginaria; y en esas extensiones del drama sigue siendo un magnífico libro, casi denso pero más tratable que el odiseísimo de su ídolo. Así vemos que a pesar de todos los humanismos y las antropologías, de lo que no hay dudas es de que Occidente sigue siendo eurocéntrico; gracias a Dios, porque es Occidente lo que ha podido nuclear todas esas fantásticas invenciones de la periferia.

Esta Dublín, además, tiene la gracia de adaptarse al drama, de ser parte de la representación; porque no es la tierra de este Ulises, aunque sí sea su Itaca, sin contradicción. Dublín es como el icono que se reverencia, la promesa de una otredad muy añorada; entrar a Dublín es llegar a una experiencia extraída, un poco o muy retorcidamente, de aquella otra del original que venera. En más de algún momento, estas referencias le sirven a Vila-Matas para hilvanar cavilaciones existenciales pero no menos librescas; como cuando el protagonista se refiere a un pasaje de Italo Calvino, que a su vez se refiere a un pasaje del Decamerón, y se resuelve en un sentencioso Mark Strand que contrapone la búsqueda de la levedad al peso de existir. En otros pasajes alega ser "el hombre que es todos los hombres" [Borges], y así de continuo; porque, no hay que olvidarlo, ese mundo que se pierde es ese mundo libresco del siglo XX, y él es un editor.

El libro es entonces una grave pirueta, que aspira a retener la gracia y lo consigue; y en el drama que propone lo que vende es la nostalgia por un modo de hacer las cosas que ya no existe. Más allá del objeto dramático inmediato, este otro aire redunda en lo dublinesco; menos triste que el protagonista, es su atmósfera, y está también magníficamente lograda.

Arrebatos carnales, de Francisco Martín Moreno

El sexo, gancho sin carnada

©: Ignacio T. Granados Herrera

 

 

Este libro se anuncia como el relato de "las pasiones que consumieron a los protagonistas de la historia de méxico"; pero promete mucho y cumple poco y mal, quizás porque sobrevaloró su material; es decir, pensó que con tan grandes ingredientes no necesitaba la pericia de un gran maestro, que juntara las especies y lograra un buen cocido.

No obstante, ha de reconocerse, la portada es bien explícita, y nadie puede decir que entrara engañado; sólo que siguiendo esos mitos intelectuales de la falsa democratización de los medios, tratar de sobreponerse a los prejuicios sólo logra confirmarlos, y aquí el sexo es gancho y no carnada. La diferencia siempre es de intereses, y tiene que ver con la vastedad de los mismos; y el caso de Francisco Martín Moreno no alcanza el rango de los clásicos de la historiografía y la biografía, que es el único que admite ese adusto género. La dificultad estriba en la perspectiva, porque el título propone un conjunto de biografías interesantes, de aspectos interesantes en la vida de personajes interesantes; pero al contrario, en su intento por amenizar con dramatizaciones, se pierde en chanchullos y suposiciones que asume como determinaciones históricas.

La misma historia de inicio dilapida a la pareja imperial de México, Maximiliano y Carlota; en un drama narrado por uno de sus personajes secundarios, que sólo se recrea en detalles algo pintorescos pero sobre todo procaces y simplificadores. La segunda historia ya es intolerable, comenzando en una escena fantástica en que Porfirio Díaz enfrenta el juicio divino; y eso que lo anuncia como "el enterrador del liberalismo del siglo XIX", título que le hace honor a su importancia histórica. Saltarse una historia como ésta para ver cómo sigue el libro supone una negación del hedonismo, que es condición esencial para que una lectura valga la pena; en todo caso, sólo confirma la amenaza inicial, con una tercera historia en que el sacerdote José María Morelos abre con un destemplado monólogo acerca de su amor por Francisca Ortiz.

Poniendo las cosas en perspectivas, el libro no puede ser un desastre comercial; no en una época de falsa democratización [populismo] de las élites y especializaciones de la cultura, que no se alcanzan por sufragio real sino por mero efectismo mediático. Ese es el caso de este libro de Francisco Martín Moreno, que es autor de best-sellers y periodista, además de esa extraña profesión que es ser conferencista. Martín Moreno se presenta como líder de opinión —que parece ser una postmoderna enfermedad venérea—, y aporta una fórmula para el éxito fácil; inconsistente y pasajero, pero éxito al fin, que es lo que importa, y en un contexto en que graduarse de Hig School es lo que abre las puertas doradas del éxito. Ese es precisamente el problema de este libro, que carece del genio imprescindible a tan rico género como es la biografía histórica; teniendo en cuenta que tan espesas aguas están negadas a la ligereza y la premura del periodismo, incluso si es investigativo y del llamado "de profundidad". No por gusto, lo que mejor florece en esos pastos es la crónica y la biografía políticas, que en su inmediatez no son lo que interesa a este libro; que no obstante conviene como referencia aleatoria, tan sólo por la serie de retratos ilustres que reúne en su galería.